Balón de Oro: cómo el prestigio revela el perfil de sus aspirantes

Imagen gracias a: El País (América)

Balón de Oro: cómo el prestigio revela el perfil de sus aspirantes

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El pulso por el máximo galardón individual del fútbol también funciona como una ventana para entender el tipo de jugador que proyecta cada candidato.

La pugna por conquistar el máximo premio individual del fútbol no solo define una carrera personal: también ayuda a dibujar el perfil de cada aspirante y a entender qué tipo de futbolista está detrás de la candidatura.

En el fútbol actual, los jugadores han aprendido a construir una imagen pública. La fama se convierte en una marca y, cuando se aproxima la votación del Balón de Oro, esa maquinaria de prestigio se amplía: el interés alcanza a jugadores, entrenadores y clubes, que se coordinan para colocar a su figura en el centro del relato.

En ese proceso, aficionados y comentaristas se enfrentan a una cuestión ética: hasta qué punto se justifica o se condena a un jugador en nombre del amor por su equipo.

Los candidatos que la opinión pública señala como aspirantes viven una doble exigencia. Están bajo el foco permanente, pero al mismo tiempo deben mantener la humildad necesaria para no quedar atrapados por el ego o por el propio interés.

El Balón de Oro, además, permite observar biotipos futbolísticos muy distintos. Hay quienes cambian de papel con naturalidad y quienes se especializan en uno solo, aunque en ocasiones se les valore más por su capacidad de “encenderse” en momentos concretos o por sostener una continuidad que ordena el funcionamiento del conjunto. En otros casos, la eficacia aparece como un interruptor: se activa y el jugador se vuelve determinante; después se apaga y hay que esperar a que regrese.

En el caso de los delanteros, todavía conservan una libertad particular para dejar asomar el instinto. Es un perfil capaz de asombrar, aunque su valor se concentra en funciones muy específicas. Lamine encaja en ese modelo: resuelve los problemas de un modo original, guiado por un instinto que le permite encontrar soluciones fascinantes, incluso si no supiera explicarlas. El interminable Messi es el antecedente de esa forma de entender el juego.

Otro ejemplo de lógica al servicio del equipo es Rodri. Su influencia no depende de sumar goles o asistencias, sino de aportar criterio colectivo y de afectar el funcionamiento de sus equipos.

También existen perfiles que se distinguen por la personalidad. Algunos cracks solo se sienten cómodos como primeros actores; si no ocupan ese lugar, no les interesa subir al escenario. Otros, en cambio, muestran un mayor espíritu de equipo y prefieren un papel más discreto, viviendo la profesión con menos exposición. El autor evita mencionar nombres para no generar ofensas.

En cuanto a movimientos y encajes mediáticos, Mourinho colocó a Mbappé en una de sus ruedas de prensa para reforzar el vínculo con un jugador que fortalece su candidatura con goles, aunque esa ventaja puede verse debilitada por la falta de títulos. Luis Enrique hizo algo similar con Fabián: el jugador acumula títulos, pero carece de el atractivo que el mercado demanda en este momento.

La situación de Flick en el Barça es más delicada, ya que se decantó por Lamine, aunque dentro del plantel hay más de un aspirante. Y aunque los candidatos no reclaman nada abiertamente, permanecen atentos a todo.

En ese panorama de nombres aún no aparece el de Harry Kane, respaldado por 73 goles y presentado como aspirante número uno para las casas de apuestas. El autor lo describe como un hombre tranquilo que no parece interesado en publicitarse, por lo que considera que queda fuera de su radar.

El texto sostiene que el ruido se ha impuesto al mérito: el Balón de Oro, pese a ser un galardón, funciona como un fenómeno que dispara celebridades incluso antes de la entrega. En un deporte colectivo como el fútbol, donde nadie puede ganar solo, cada año se confronta a individuos y clubes con una intensidad que convierte el entretenimiento en un pulso anual por el prestigio.

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