Luis de la Fuente y la necesidad de respuestas menos previsibles

Imagen gracias a: El País (América)

Luis de la Fuente y la necesidad de respuestas menos previsibles

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El artículo aborda el tono y el estilo de las ruedas de prensa en el fútbol, y pone como ejemplo a Luis de la Fuente, presentado por Movistar como una figura del rock, para reflexionar sobre los clichés, la incomodidad de ciertas frases y la importancia de “hablar en el campo”.

Desde hace un tiempo, el autor se ha enganchado a las ruedas de prensa de futbolistas y entrenadores. En ese terreno, el tiempo parece jugar un papel particular: cuando menos se espera, llega la llamada y aparecen entrevistas marcadas por lugares comunes, un sentido común rígido y una actitud hacia los periodistas que recuerda al catenaccio, con dos perfiles enfrentados. Uno busca titulares absurdos y el otro procura evitarlos.

El fútbol aparece como uno de los últimos refugios frente a una “plaga” ya conocida en otros ámbitos culturales: la del ingenioso que responde rápido, el tipo ácido e imprevisible, el que se equivoca, y el que solo puede ser ambiguo porque se sabe demasiado listo. También está el modernísimo que está de vuelta de todo y saluda por la mañana sin dejar claro en qué sentido lo dice. Para el autor, esa necesidad constante de “decir algo más” se convierte en un ejercicio de exceso: palabras que pretenden demostrar que no son gente común, sino divertida y fuera de lo normal, cuando en realidad lo que se busca es otra cosa.

En ese marco, el texto se centra en Luis de la Fuente. Movistar quiso presentarlo en sus promociones por medio país como Mick Jagger, pero el autor insiste en que no: es Luis de la Fuente. Lo describe como un señor calvo de gafas y recuerda un titular incómodo que le atribuye a una entrevista en La Voz de la Galicia: “Lamine y Nico Williams todavía no están para jugar 90 minutos”. A partir de ahí, plantea la necesidad de recuperar un tono grisáceo, aburrido y monocorde que sirva de contraste frente a los talentosos, los ingeniosos y los pesados con su propio talento. La idea central es que, de vez en cuando, también debería haber respuestas de mierda, porque la brillantez no es tal cuando uno se esfuerza en demostrarla.

El artículo añade que, aunque nadie lo ha dicho aún en la selección, el autor espera que se formule pronto la frase “hay que hablar en el campo”. Sostiene que es verdad: hay que dialogar, discutir y ser imaginativo dentro del terreno de juego y no en una entrevista. En esa línea, menciona a Messi como ejemplo de futbolista que, delante de un micrófono, resulta “aburrido y plano”, aunque al mismo tiempo se le atribuye ser el genio del fútbol mundial del siglo XXI, el más imprevisible y capaz.

La reflexión continúa con la idea de que no es malo ser talentoso, sino querer serlo todo el rato y en todas partes. También se reivindica el valor de un lenguaje económico y absurdo en el caso de los futbolistas, profesión que el autor considera sospechosa ante ciertos públicos. Para ilustrarlo, cita a Vujadin Boskov con la frase: “Fútbol es fútbol”.

El texto incluye, además, el papel de la cortesía en las frases hechas. Presenta “partido a partido” como un refugio antiaéreo si se mira bien; “el míster decidirá” como una manera elegante de no admitir que el míster no tiene control; y “hay que seguir trabajando” como una fórmula que debería aparecer en lugares variados como ministerios, tanatorios, universidades privadas y grupos de Whatsapp de padres. Para el autor, esa es la única verdad democrática que queda: seguir trabajando aunque nadie sepa muy bien para qué.

Finalmente, el artículo se encamina hacia el cliché del momento: a las tres de la madrugada del lunes, cuando los españoles estarían más felices tras los excesos del fin de semana, se recurrirá a la idea de que gane España a Arabia sin bajar del autobús, y se verá qué ocurre. El autor remata con la convicción de que esa expectativa también forma parte de lo divertido.

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