Kearny, cuna del fútbol en Estados Unidos: del origen escocés a la nueva era del Mundial

Imagen gracias a: El País (América)

Kearny, cuna del fútbol en Estados Unidos: del origen escocés a la nueva era del Mundial

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En una nación dominada por otras pasiones deportivas, el fútbol busca consolidarse como fenómeno de masas con el Mundial por segunda vez. Kearny, en Nueva Jersey, concentra el inicio de esa historia en el siglo XIX, impulsada por la nostalgia de inmigrantes escoceses y una tradición que, con el paso de las generaciones, conectó ligas locales, figuras como Tab Ramos y el crecimiento del soccer en el país.

Las canchas del muelle 5 del parque del puente de Brooklyn, con el skyline de Manhattan al otro lado del río.

En un país que convive con deportes de mayor presencia mediática, la organización por segunda vez de un Mundial aparece como una oportunidad decisiva para que el fútbol se convierta en un asunto de masas. El recorrido comienza en Kearny, en Nueva Jersey, donde el balompié echó raíces en el siglo XIX, alimentado por el recuerdo de inmigrantes escoceses.

La historia remite a Tab Ramos, leyenda del fútbol estadounidense, cuando se mudó desde Uruguay y conoció la ilusión de vestir una camiseta naranja “como la de Holanda”. En aquel primer acercamiento a un equipo del país recién adoptado, a los 10 minutos el entrenador lo sacó del partido: era demasiado bueno para medirse con ese grupo. Tenía 12 años.

Tras aquel intento, Ramos se integró en un equipo del pueblo vecino, el Kearny Scots, fundado por inmigrantes escoceses tan pronto como en 1895. El club aún compite en la liga estatal como prueba de una pasión arraigada en la zona. Allí también se disputaron, 10 años antes, algunos de los primeros partidos internacionales jugados en el país, en un entorno que hoy corresponde al aparcamiento de un restaurante de moda, a la sombra de una fábrica que estuvo donde antes se levantaba.

Kearny es una localidad de clase obrera de 40.000 habitantes a la orilla de Nueva Jersey del río Hudson. Está cerca de Nueva York, en pleno territorio The Sopranos, y mantiene una identidad comunitaria marcada por sus raíces, aunque también se transforma por nuevas oleadas de peruanos y ecuatorianos, cuyos restaurantes se alinean en la calle principal.

El apodo Soccertown USA, que además da título a un documental de 2019 sobre la historia de amor de Kearny con el balompié, no se explica solo por la llegada de ingleses y escoceses. También pesa el legado de la quinta de Ramos: tres jugadores de Kearny —él mismo, el portero Tony Meola y el centrocampista John Harkes— participaron en los mundiales de 1990 y 1994 con la selección de Estados Unidos.

A esas dos etapas se les atribuye el regreso del interés por el fútbol en un país que antes había apagado la chispa tras fogonazos previos. El primer impulso llegó hace un siglo: Estados Unidos tuvo una liga fuerte y alcanzó en 1930 su mejor registro en el primer Mundial, al terminar tercero con una plantilla que incluía a otros tres vecinos de la zona de Kearny.

El segundo estallido se produjo en los años 70, cuando el Cosmos de Nueva York fichó a Pelé. El astro, en declive, disputó tres temporadas en estadios repletos con hasta 70.000 aficionados. Andrew Kilpatrick, historiador oficial del Cosmos, recuerda que el equipo “se inventó la idea de los galácticos” por la cantidad de estrellas que atrajo, y señala que Donald Trump, entonces un joven de Queens, era “fan” del club.

En 1985 desaparecieron tanto el Cosmos como la liga en la que competía, víctima de su propia avaricia. Esa doble caída dejó a los hinchas de ciudades como Kearny con la tarea de sostener la llama.

Cuatro años después de aquella ruptura, Ramos dio el pase del gol de Paul Cagliuri contra Trinidad y Tobago, que en 1989 garantizó a la selección masculina la primera participación en un Mundial en 40 años. En el libro American Soccer Nation, recién publicado, Mark Franek explica que los cronistas deportivos locales bautizaron esa acción como “el disparo que se escuchó en el mundo entero”, en homenaje a Ralph Waldo Emerson.

Mientras tanto, la FIFA ya había elegido a Estados Unidos como organizador del siguiente campeonato, con una condición: la federación debía crear una liga profesional. Los anfitriones cayeron en octavos ante Brasil, y Ramos sufrió un codazo de Leonardo que le provocó una fractura craneal y lo dejó fuera durante seis meses, en el peor momento: tras pasar por el Figueres, jugaba en el Betis, equipo que acababa de subir a Primera. La lesión lo apartó de casi toda esa temporada.

Estados Unidos cumplió el acuerdo con la creación de la Major League Soccer (MLS), que treinta años después sigue siendo su principal competición. Ramos volvió a aparecer en el inicio del proyecto: fue el primer jugador contratado por la MLS, bajo una regla que distingue a la liga de sus primas mayores europeas. En la MLS, la liga —y no los equipos— realiza los fichajes. Tampoco existe descenso y parte de las renovaciones de principio de temporada se deciden en un sorteo, que permite que los mejores jugadores terminen en los peores equipos.

Domènec Torrent, entrevistado por teléfono y exasistente de Pep Guardiola en el Barcelona, el Bayern y el Manchester City antes de mudarse a Estados Unidos para dirigir al New York City FC, explicó que ese sistema funciona como incentivo para las aficiones y también como alivio para los técnicos: “vas con menos presión”. Al llegar, Torrent encontró “una liga mucho menos técnica que la de ahora, muy a la americana, volcada en el espectáculo, basada en atacar continuamente sin preocuparse de defender”, y añadió que “eso ha cambiado”.

Ramos pertenece a una etapa anterior del crecimiento. Jugó hasta 2002 en los Jersey MetroStars, franquicia que en 2006 fue comprada por una marca de bebidas energéticas alemana para convertirse en los New York Red Bulls. Se trata de uno de los 30 equipos de la MLS —15 por cada costa— y su sede se vincula con Harrison, no lejos del lugar donde, de niño, lo apartaron de la cancha por ser demasiado bueno.

Como parte de la comunidad futbolística estadounidense, Ramos y otros actores han convivido durante años con lo que Franklin Foer define como “la mafia anti-soccer”. En los días previos a la inauguración del Mundial —del que el país es organizador junto a Canadá y México— surge la pregunta sobre si el torneo será el impulso definitivo que todavía no termina de llegar.

En paralelo, el crecimiento del fútbol se sostiene con figuras mediáticas y el aumento del peso comercial. David Beckham invirtió en el Inter de Miami, último campeón de la liga, y, sobre todo, Lionel Messi. El astro argentino aterrizó en 2023 en el equipo y su llegada se describió como un vendaval deportivo y comercial, con la promesa de marcar un antes y un después en la implantación social del soccer. Con entre 70 y 80 millones por temporada, sumando salario y patrocinios y otros ingresos, Messi se convirtió en el jugador mejor pagado de una liga que limita la participación de extranjeros y el dinero que se puede gastar en ellos.

Jorge Mas, fundador y mayor accionista del Inter, señaló en una conversación telefónica que el objetivo “se ha cumplido por 10” y añadió que la afición existe, además de considerar que traerlo a él y a otros grandes ex del Barca ha contribuido al crecimiento del deporte en Estados Unidos.

Ramos, menos dado a la exageración, reconoció que “el soccer ha cambiado muchísimo a nivel profesional”, pero advirtió que “su implantación familiar sigue siendo escasa”. “Yo diría que en los hogares americanos el fútbol sería el octavo o noveno deporte de la lista. Caso distinto son los extranjeros; nosotros venimos siempre con él dentro”.

El contexto del Mundial también incluye tensiones y dudas logísticas: los precios de las entradas y del transporte al estadio de Nueva Jersey para la final están por las nubes; además, se discuten las condiciones de algunos terrenos de juego en instalaciones destinadas a otros deportes, como el béisbol y el otro fútbol, el americano. En Nueva York, Zohran Mamdani, alcalde, erudito del balompié y accionista del Oviedo, propuso rifar mil entradas a 50 dólares entre vecinos, mientras el soccer gana terreno paulatinamente en las calles, impulsado por inmigrantes y mujeres. En el muelle 5 del parque del puente Brooklyn, las canchas con vistas al skyline de Manhattan aspiran al premio del campo con mejores vistas del mundo.

La atención también se dirige a la selección. Christian Pulisic, jugador del Milan y figura de la convocatoria, expresó que el equipo busca “cambiar el fútbol en este país” y que jugar un Mundial en casa es la mejor oportunidad. Michael Mara, director ejecutivo del Thistle FC, se mostró más escéptico: los últimos partidos bajo Mauricio Pochettino dejaron un mal presentimiento, según contó en los campos de entrenamiento del Thistle, el club de categorías juveniles de Kearny. Mara insistió en que “aquí todo gira en torno a la comunidad” y que “no es tanto competir, como sentir que perteneces”.

Tom McCabe, coguionista y coproductor del documental Soccertown, enmarcó la historia como “una historia en la intersección entre inmigración, industria y deporte”. Explicó que las fábricas inglesas y escocesas instaladas en Nueva Jersey contaban con sus propios equipos y añadió la idea de “tres edades del soccer” en Estados Unidos: una primera era dorada que llega hasta el Mundial de 1930, con una liga profesional próspera que reclutaba jugadores de Escocia e Inglaterra por mejores salarios durante la semana, y que terminó con la Gran Depresión cuando las empresas dejaron de invertir en deporte.

La segunda edad fue la de los “clubes étnicos”, integrados por alemanes, ingleses, italianos o portugueses. La tercera, según McCabe, llegó con Pelé y el auge del fútbol juvenil aficionado en los suburbios, cuando el soccer encontró un lugar competitivo en un panorama donde los deportes dominantes se van relevando para que sus ligas no se solapen.

McCabe dejó abierta la posibilidad de una cuarta edad, vinculada al Mundial “de este verano”, y señaló que, aunque vive en Londres, cuando vuelve a Kearny suele pasar por la tienda de Mara, inaugurada tres años atrás en el centro.

Esa tienda funciona como punto de encuentro en la vida diaria del fútbol local. En la visita, el ambiente era propio de hora punta: se había publicado el álbum del Mundial y la compra de cromos era constante. Christian Escandón, dependiente, explicó que la camiseta más vendida es la de Ecuador por el crecimiento de su comunidad y por el amistoso de junio en el estadio de los Red Bulls contra Alemania.

En ese mismo entorno apareció Glendon Cateau, ingeniero robótico en la planta de Amazon de Staten Island, cuya “vida” es el fútbol, y más concretamente el Real Madrid, como mostró al levantar la camiseta y revelar un tatuaje con el escudo. Cateau entrena a chavales de 12 años y ese día le tocaba hacerlo por la noche.

Mientras, en canchas cercanas, niñas del Paisley, el equipo femenino de Kearny, jugaban ante una formación con indumentaria más llamativa. Mara, desde la banda, comentó que les gusta ganar a clubes recién creados cuyos padres pagan fortunas para que sus hijos se distraigan con el fútbol.

El “tercer tiempo” se vivió en el bar del Scots-American Club, descrito como un templo con una colección de bufandas, banderines, camisetas, trofeos y memorabilia, además de una pista para el lanzamiento de herraduras en el patio. La sociedad del club comenzó a admitir mujeres “como quien dice hace 10 minutos”, explicó Eddy Duffy, su encargado, un escocés septuagenario. Duffy llegó a Kearny hace 49 años con su esposa Alice, quien atendía como voluntaria tras la barra desde hacía 25 años. Alice, que conserva su acento, dijo que es del Celtics y que Eddy es del Rangers, ambos equipos de Glasgow, y recordó que durante los derbis que se veían por televisión cada afición se ubicaba en una esquina del bar, con el espacio entre ambos reducido a medida que se acumulaban las botellas hasta terminar abrazados.

Más tarde llegó parte de la banda de gaitas de St. Columcille, con más de 100 miembros, que ensaya en el piso superior. La tamborilera Katie McGonigal, bisnieta del fundador e hija del director actual, explicó que, aunque tuviera dinero, “mucho dinero”, no cambiaría ver los partidos del Mundial en el club por asistir a alguno de los 16 estadios donde un récord de 48 selecciones jugarán repartidas por tres países. Aun así, como el resto de la parroquia del Scots, esperaba con especial ilusión un amistoso de Escocia contra Bolivia, programado para el sábado en el estadio de los Red Bulls, al que el club fletaría varios autobuses.

En el diálogo surgió un comentario sobre Katie como jugadora destacada y la idea de que “lejos” en el fútbol femenino en Estados Unidos es realmente lejos. Mientras la selección masculina atravesaba mundiales difíciles, las mujeres ganaron cuatro desde 1991. Aun así, sus estrellas tuvieron que protestar por el desequilibrio salarial: en 2022 iniciaron un acuerdo con la federación que les otorgó una compensación de 24 millones de dólares.

Salvo grandes figuras como Messi o Luis Suárez, los salarios no alcanzan los niveles comparables a Europa. Sin embargo, el dinero se mueve con más fuerza por la diversidad de competiciones, la mejora de instalaciones deportivas y la construcción de estadios de primer nivel. Por ese motivo, para muchos futbolistas nacionales y sudamericanos, Estados Unidos funciona como plataforma y trampolín para dar el salto al otro lado del Atlántico.

El camino también se volvió más frecuente en sentido contrario. Uri Rosell, catalán, fue pionero: llegó joven y no en el ocaso. En 2013 se convirtió en el primer español en ganar, con Kansas City United, un título de la MLS Cup. En 2024 colgó las botas en la plantilla del Galaxy de Los Ángeles y en la ciudad abrió una consultora para conectar jugadores con patrocinadores y marcas. Rosell sostuvo que la MLS ya no es solo una liga de “viejas glorias” y que cada vez apuesta más por jóvenes, con saltos desde MLS Next Pro para chicos de 18 o 19 años.

Creada en 2022, la MLS Next Pro funciona como una segunda división oficiosa de la liga principal. Para los chicos que entrenaban en los campos de Kearny bajo un cielo encapotado, es una vía hacia la profesionalización en un país de 350 millones de habitantes. También existe la posibilidad de acabar en otras ligas, consideradas inferiores a la MLS, aunque sin relación directa con ella.

Esa alternativa está más cerca de volverse realidad con planes anunciados por Ramos. El día anterior, en las instalaciones de su escuela, reveló su intención de crear, junto a Meola, una franquicia para fundar un club en Kearny, absorber las categorías infantiles y juveniles, construir un estadio y “hacer profesional” el equipo de su niñez.

El proyecto apuntaría a competir en la United Soccer League One (USL), que Ramos equiparó con “algo así como una cuarta división”. Si los planes avanzan, el Thistle FC se mediría contra el New York Cosmos. El club histórico de Pelé resucitó esta temporada (por segunda vez) gracias a Eric Stover, quien lo llevó a Paterson, localidad de Nueva Jersey con pasado fabril y eco literario por ser el lugar donde William Carlos Williams tituló su famoso poema épico.

Paterson, sin embargo, arrastra décadas de problemas sociales vinculados a drogas y delincuencia. Kilpatrick explicó que parte del proyecto pasa por revitalizar la comunidad a través del fútbol. El estadio Hinchliffe, en Paterson, es una joya art decó que, como muchas canchas del país, funciona antes que nada como campo de béisbol, descrito como el verdadero “pasatiempo estadounidense”.

Kilpatrick añadió que Paterson fue además escenario en 1880 de la fundación del primer club de fútbol de Estados Unidos. Así, tanto allí como en Kearny, se conectan pasado y presente del soccer, una denominación que, según el historiador, es “pese a lo que pueda parecer, culpa de los ingleses”.

La explicación remite a que, cuando fútbol y rugby eran deportes llamados “association football” y “rugby football”, respectivamente, los estudiantes de Oxford se referían al primero como soccer y al segundo como rugger. El primer registro de ese uso en el mundo occidental data de 1905, en una visita de los Pilgrims que vapulearon a un equipo local. Con los años, el fútbol ganó en Inglaterra la batalla semántica al rugby, pero en Estados Unidos ocurrió al revés.

El cierre del recorrido deja una última reflexión: es poco probable que el cambio de términos o de hábitos culturales se revierta pronto. Y, aun así, queda la pregunta de si el Mundial no funciona como un paréntesis que permite soñar con lo imposible, mientras se vive el hechizo del torneo y se dejan atrás, por un tiempo, los problemas cotidianos.

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