
Imagen gracias a: El País (América)
El fútbol de 2026: hidratación obligatoria y un modelo más cercano al entretenimiento
Las pausas de hidratación, presentadas como un beneficio para los futbolistas, terminan marcando el ritmo de un juego cuya continuidad y cultura tradicional se ven cada vez más desplazadas por una lógica más americanizada.
El fútbol enfrenta un escenario de desgaste cultural que se hace visible en el silencio de los futbolistas y, con frecuencia, también en el de muchos entrenadores, mientras la prensa muestra complacencia y parte del público continúa aceptando un espectáculo que, para muchos, ya no conecta con la identidad de los seguidores de toda la vida. Esta distancia es especialmente notoria en Europa y Latinoamérica. No se trata de una desaparición inmediata del deporte, sino de una transformación profunda: cada vez se juega de forma distinta, con un estilo más americanizado que nunca, como si el fútbol se adaptara a reglas y dinámicas propias del béisbol, la NBA o la NFL.
El problema, tal como se plantea, es que el fútbol empieza a funcionar como un producto pensado para ser visto más que sentido. En ese marco, la dictadura televisiva y el consumismo imponen una fragmentación constante, comparable a la lógica de las series televisivas: se rompe la continuidad y el resultado favorece a quienes consumen el partido desde la pantalla, no a los hinchas que antes acudían al estadio para vivir el encuentro, aplaudir o reclamar según el desempeño de su equipo. Esa experiencia, ligada a la fidelidad tanto al asiento como a la media parte, queda lejos de lo que representa el Mundial.
En el formato actual, los encuentros ya no se dividen en dos tiempos, sino en cuatro. Además, las pausas de hidratación, justificadas como medidas para el “bienestar de los jugadores”, se vuelven obligatorias incluso cuando los estadios controlan la temperatura, como sucede en Atlanta. Los parones no solo se emplean para que los futbolistas descansen cuando sea necesario y para que los técnicos ajusten el plan de partido, en una lógica similar a los tiempos muertos del baloncesto, sino que también están diseñados para permitir la emisión de publicidad y rentabilizar los derechos de transmisión pagados a la FIFA.
Esa orientación se enlaza con las palabras atribuidas al presidente Infantino, cuando comparó el Mundial con el equivalente a 104 Super Bowls. En paralelo, fondos de inversión americanos han decidido apostar por el fútbol, especialmente por clubes europeos, al tiempo que buscan impulsar el crecimiento de la Major League Soccer con futbolistas como Leo Messi. En ese contexto, se recuerda que la Superliga quedó congelada, y que su defensa como competición cerrada se redujo a la del Madrid.
El cambio también se observa como un intento de modificar una cultura futbolística que tiene como principio la continuidad en el juego. Un ejemplo citado es el partido de Champions entre el PSG y el Bayern de Múnich disputado en París: por la calidad y el nivel del encuentro, la intervención del VAR pareció innecesaria, y el público se mostraba dispuesto a aceptar cualquier decisión del árbitro suizo Schärer. A la vez, se subraya que el propio reglamento defiende la fluidez y sanciona la simulación y las pérdidas de tiempo, tal como admite la propia FIFA.
La contradicción señalada es clara: se implantan normas que castigan las interrupciones y buscan acelerar el juego, pero al mismo tiempo se obliga a que el partido se estructure en cuatro tiempos, una circunstancia que termina afectando tanto a la cancha como a la grada, como ya se ha visto en 2026. Así, el fútbol pasa a formar parte de la industria del entretenimiento. El espectador aprovecha cada parón de tres minutos para levantarse, buscar comida, bebida o ir al baño, y volver cuando el balón ya está en juego, mientras aún se emiten anuncios por TV.
También cambia la composición de la grada. Las entradas se encarecen, muchas quedan fuera del alcance del aficionado de a pie y gran parte del público no puede comprender un “show time” que, en el relato, parece esperar únicamente espectáculos musicales como los de Bad Bunny. La situación lleva a plantear la pregunta “¿En qué momento se jodió el fútbol?”, en la línea de lo escrito por Mario Vargas Llosa. La preocupación se agrava si al encuentro acude Donald Trump, ya que entonces se deben activar las medidas de seguridad que rodean al presidente de Estados Unidos.
Se menciona que Trump no es bien recibido en el Madison Square Garden y que, seguramente, también evita una visita a Chicago, ciudad que no quiso ser sede del Mundial por considerar abusivas las condiciones impuestas por la organización. A la vez, los síntomas de desaprobación hacia la dirección que toma el fútbol se perciben cada vez más en el propio Mundial. No ocurre lo mismo con el interés por los jugadores: crece, por ejemplo, con el auge de colecciones de cromos en lugares como el Mercat de Sant Antoni de Barcelona.
La inquietud alcanza incluso a uno de los técnicos más reconocidos que ahora trabaja como comentarista, Jürgen Klopp. El entrenador alemán, recordado por el juego arrebatador que desarrolló en el Liverpool, resume el malestar con una crítica directa: “El fútbol está siendo tomado como rehén por ejecutivos en oficinas con aire acondicionado. Estas supuestas pausas de hidratación nos fueron vendidas como un escudo para el bienestar de los jugadores cuando no son más que una jaula dorada construida para los patrocinadores”.
El punto central, según el planteamiento del texto, es la continuidad en el tiempo. Cualquier corte en el partido impacta de forma decisiva en la gestión de factores como la presión, la tensión y la concentración, además de alterar picos físicos y de velocidad, distintos parámetros del juego y, por extensión, influir en la manera de calcular los datos. También se señala que afecta a la morfología de los futbolistas, condicionados por partidos que duran muchos minutos debido a interrupciones, cambios e intervenciones del VAR. En conjunto, se describe un cambio cultural tan brusco que incluso se teme por el futuro del fútbol.
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