
Imagen gracias a: El País (América)
Maradona convirtió el Mundial de México 86 en un mito para Argentina
A 40 años del partido Argentina-Inglaterra de México 86, el gol conocido como “la mano de Dios” y la jugada posterior que terminó en el “gol del siglo” explican cómo un episodio futbolístico terminó creciendo hasta volverse símbolo nacional.
Maradona marcó el gol conocido como “la mano de Dios” en el partido de cuartos de final del Mundial de Fútbol de México 86 ante Inglaterra.
En el Olimpo, el tamaño de los mitos parece exigir cercanía: Gardel y Maradona quedan unidos por la misma persistencia. El zorzal criollo insiste con “veinte años no es nada”, mientras que Diego, con el paso del tiempo, obliga a responder que 40 tampoco son nada. La emoción, por eso, conserva memoria: el Partido cumple 40 años el próximo lunes, y su aniversario vuelve sobre aquel Argentina-Inglaterra que, desde entonces, no dejó de aumentar su peso en la historia del fútbol.
El relato se apoya en la idea de que, para construir aquella gesta, hicieron falta astucia y virtuosismo en un nivel extraordinario. Mirado desde 2026, el texto señala que para que ese tipo de hecho ocurra no depende de VAR ni de la vigilancia tecnológica actual. Si el partido se volvió leyenda, fue porque en aquel momento existía margen para el misterio y la imaginación. La obsesión por la precisión trajo debates, pero también se llevó una magia que, en su momento, alimentó el romanticismo de las historias deportivas.
En los días previos, Carlos Salvador Bilardo veía una amenaza en la lectura política del partido. El exceso de emoción había expulsado del campo a muchos jugadores en la historia del fútbol rioplatense, y por eso repetía una frase corta: “Es solo fútbol, es sólo fútbol, es sólo fútbol”. La insistencia era su manera de intentar convencer. En esta ocasión, cuanto más se insistía en reducirlo a fútbol, más se volvía visible la magnitud de lo que se intentaba ocultar.
También Diego, el día anterior, respondió a los periodistas a gritos, reclamando que eran futbolistas y no políticos. Sin embargo, llegó el día y el silencio del vestuario parecía decir algo distinto. Adentro, la patria parecía presentarse con otra idea: “No solo es fútbol”. En las tribunas, el partido no empezó cuando el árbitro lo indicó. Antes del comienzo, las dos hinchadas se cruzaron a puñetazos, en un clima que no tuvo intermediarios: ni el escenario de Malvinas con bombarderos, ni el balón como apaciguador propio de México. A puñetazos, y después sí, el himno.
El artículo remarca que hay personas que parecen nacer para un día determinado. Diego eligió el 22 de junio de 1986. Para ese sentido colosal de oportunidad, necesitó una rabia competitiva que encendía cada jugada. Jugaba con una musa dentro, y a su energía futbolística le agregó una furia que representaba a toda Argentina. Esa fuerza fue tan grande que el futbolista terminó convirtiéndose en prócer. Y el texto afirma que, para quienes lo vivieron, existe un momento preciso en que ocurrió ese quiebre.
El autor sostiene que fue testigo y que no tuvo dudas sobre el primer gol: “dios había utilizado su mano”. Aclara que no se trata de discutir ética, sino de entender cómo los pueblos construyen mitos con emociones, no con criterios jurídicos. La urgencia era recomenzar el partido para que el gol quedara como hecho cerrado, sin tiempo para que el instinto lo dimensionara históricamente.
Entonces llegó el segundo gol: una secuencia futbolística descrita como una sinfonía de 10 toques en 10 segundos, que llega hasta hoy como referencia. El autor afirma que, al acompañar la jugada, supo de inmediato que estaba ante un antes y un después. La admiración se renovaba mientras el “cerebro del genio” iba aprovechando y descartando ideas, y los pies esquivaban piernas mostrando y escondiendo la pelota. Así crecía la “jugada de todos los tiempos”, ya incorporada como banda sonora del gol en el relato victorioso de Víctor Hugo Morales.
El gol marcó un disparador: desde ese instante, cada persona que lo vivió tuvo algo para contar, porque nadie olvidó el grito. El autor cuenta que, en vez de correr para abrazarlo, entró en el arco para sacar la pelota que Diego había metido, con una sola razón: la jugada era tan individual, tan propia, que incluso medio enojado se dijo “Grítalo solo”. Para él, ese fue el momento exacto en que Diego dejó de estar con nosotros; pocos segundos después, al abrazarlo, ya era universal y, a la vez, mito comparable a Gardel y prócer como San Martín.
Ahora se cumplen 40 años y Diego no está para soplar las velas, aunque el texto lo presenta como un recordatorio de que también tuvo rasgos humanos. Aun así, aquel día sigue siendo memoria emocionada para quienes aman el fútbol. También se subraya cómo el partido creció con el tiempo: en Argentina se entiende como revancha de una guerra. Si se le quita su dimensión patriótica y se lo convierte solo en fútbol, el artículo sostiene que el impacto alcanza al mundo entero, tanto a quienes nacieron antes como a quienes nacieron después, que continúan admirando aquello como una cima gloriosa.
Todo se atribuye a un genio que eligió un día para elevar el fútbol a obra de arte y convertirlo en el día D de la historia del fútbol argentino. Así queda planteado el cierre: los grandes mitos nacen cuando una pelota, que obedece a un hombre predestinado, logra explicar a un país entero y, además, ayudar a aliviar una herida.
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