
Imagen gracias a: El País (América)
La desigualdad reflejada en el Mundial disputado en México
Durante los 13 partidos del Mundial 2026 celebrados en México se hizo visible una brecha entre quienes pudieron costear un boleto y quienes, por motivos económicos, terminaron desplazados hacia plazas públicas. El fenómeno, que ya había aparecido en otros Mundiales en México, habría intensificado su impacto en esta ocasión.
México es un país con una desigualdad estructural muy marcada. Esa realidad se percibió con claridad durante los 13 partidos del Mundial 2026 que se jugaron en nuestro país. La división más evidente se dio entre un grupo reducido que logró pagar boletos para ingresar a los estadios mundialistas y la mayoría que no pudo hacerlo.
Para vivir el Mundial en su propio territorio, la gran parte de los aficionados mexicanos acabó desplazada, por razones económicas, hacia las plazas públicas. Aunque este patrón seguramente había estado presente en los otros dos Mundiales que se realizaron en México, en esta ocasión pareció agravarse. La explicación puede abordarse desde tres frentes: elementos vinculados a la oferta, a la demanda y al modo en que ambos se relacionan.
En primer lugar, desde el lado de la oferta, se observa un cambio en la lógica con la que se conciben los estadios. Antes predominaba la intención de construir instalaciones más grandes para permitir el acceso de la mayor cantidad de personas posible. Un ejemplo clave de esa estrategia fue la sede de los dos Mundiales anteriores: el Estadio Azteca. Este recinto, planeado originalmente para recibir hasta 110.000 personas, llegó a ubicarse entre los de mayor capacidad del mundo. En su construcción, en la década de los sesenta del siglo pasado, el objetivo era ampliar al máximo el acceso.
Sin embargo, la tendencia se ha movido en sentido contrario. En lugar de aumentar capacidad, el enfoque reciente apunta a reducirla y segmentar a los espectadores. Tras la remodelación más reciente, el Estadio Azteca puede albergar a 87.000 personas, lo que implica una reducción del 20% respecto a su capacidad original. El motivo es la creación de nuevas secciones destinadas a lo que se conoce como “hospitalidad”: servicios orientados a ciertos usuarios dispuestos a pagar más por un trato especial, con acceso a comida, bebida y asientos preferenciales. Se ofrecen menos asientos, pero con mayor atractivo y rentabilidad para los propietarios, al dividir la oferta en distintos tipos de consumidores que pagan tarifas diferenciadas. En consecuencia, se facilita una mayor extracción del excedente del consumidor, es decir, la diferencia entre lo que una persona está dispuesta a pagar y lo que efectivamente paga. Con menos asientos disponibles en un estadio como el Azteca, el precio promedio de los boletos tiende a incrementarse.
En segundo lugar, del lado de la demanda también se registran transformaciones relevantes. Es probable que en 1970 y 1986 quienes asistían al estadio en una proporción importante fueran verdaderos aficionados al fútbol. Ahora la dinámica es distinta. Con el crecimiento de las redes sociales y, de forma especialmente marcada, después de la pandemia, la demanda por ciertos tipos de eventos —a los que se les llama “experiencias”— aumentó de manera significativa. Esto ocurre en conciertos y otros eventos de alto impacto como la Fórmula 1, donde el valor central está en ver y ser visto.
La difusión inmediata de la asistencia a estos espectáculos mediante cuentas de Instagram, TikTok y otras redes sociales ha convertido esos eventos en un foco de interés para influencers, artistas y personajes de la farándula, e incluso para políticos, que aprovechan su presencia para comunicar a sus seguidores que estuvieron en un acontecimiento relevante. Esta demanda, combinada con una oferta más limitada, encarece de forma considerable el precio de los boletos y desplaza a los aficionados que buscan asistir por motivos futbolísticos, quedando en desventaja frente a quienes están dispuestos a pagar precios más altos y tienen capacidad de compra para hacerlo.
Finalmente, el tercer componente es de carácter tecnológico y permite controlar con mayor precisión la interacción entre quienes ofrecen y quienes demandan boletos. Esa interacción, ahora controlada y mediada hasta cierto punto por la FIFA, otorga un poder monopólico relevante sobre la venta y la reventa. La fijación de precios dinámica dentro de los mecanismos de compra y venta favorece la segmentación e identificación inmediata de los consumidores con mayor disponibilidad a pagar, lo que se traduce en un aumento del precio promedio. La reventa no es un fenómeno nuevo, pero en esta ocasión los mecanismos existentes, al centralizar el proceso y ofrecer mayor seguridad en la compra-venta, permiten una mayor fluidez entre las posturas de oferta y demanda. Como resultado, se incrementa la extracción del excedente del consumidor y crecen los beneficios para los oferentes de boletos.
En resumen, el encarecimiento de los boletos para el Mundial fue parcialmente consecuencia de la desigualdad ya existente y, en parte, de la aparición de nuevos factores ligados a la oferta, la demanda y aspectos tecnológicos. En algún sentido, el fenómeno funciona como resultado y reflejo de los tiempos actuales: la segmentación económica, las redes sociales y la tecnología se combinaron para hacer más visible una desigualdad que ya era amplia en el país.
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