
Imagen gracias a: El País (América)
Un Mundial con el vecino como rival
Durante años, México se sintió superior a Estados Unidos en el fútbol; con el paso del tiempo, la relación cambió y ahora el torneo se vive con tensiones sociales y comerciales, mientras en las gradas se venden cantos y banderas como parte de un negocio.
Activistas protestaron contra el Mundial con un balón que mostraba la cara de Donald Trump en Ciudad de México el pasado 16 de mayo.
Durante décadas, el fútbol fue el único espacio en el que México lograba imponerse a Estados Unidos. La falta de interés de los vecinos por este deporte era tal que, incluso cuando jugaban como visitantes, lo hacían con comodidad: en enero de 1954, los dos encuentros de eliminatoria para el Mundial de Suiza se disputaron en México y terminaron con goleadas de 4-0 y 3-1, celebradas como una recuperación simbólica de Texas.
Con los años, México perdió ese privilegio de derrotar a la superpotencia. La paradoja es que, en parte, contribuyó al avance del rival. Los inmigrantes mexicanos llenaron estadios en Chicago, Los Ángeles y Nueva York, y con esa presencia se impulsó la creación de una liga competitiva.
En Estados Unidos viven cerca de 40 millones de personas de origen mexicano. Esa nostalgia se ha convertido en un negocio rentable: los “hispanos” pagan fortunas para cantar Cielito lindo y enarbolar la bandera tricolor desde las gradas. México, además, juega de local en casi todos los estadios de la Unión Americana, salvo señaladas excepciones de Alaska y Hawái.
Esa situación ha sido aprovechada por la Federación Mexicana de Fútbol: la selección disputa el 90% de sus partidos amistosos en Estados Unidos, lo que ha generado descontento en el país. El “equipo de todos” se ha transformado en un producto de exportación y no sorprende que el 28 de marzo recibiera abucheos en la reinauguración del estadio Azteca.
Gracias a los inmigrantes y a los logros de la selección femenil, el fútbol dejó de ser un deporte de nicho en Estados Unidos. El Mundial de 1994 se impulsó mediante argucias diplomáticas de Henry Kissinger; en cambio, el de 2026 parte con una audiencia asegurada y una organización que resulta extraña: un anfitrión con protagonismo y dos anfitriones en segundo plano.
Tras haber albergado dos de los mejores campeonatos de la historia —el de 1970 con Pelé y el de 1986 con Maradona—, México recibió 13 partidos de 104 disponibles. La pregunta que queda es qué se ha hecho para merecer esa “propina”.
Ser mexicano, se afirma, es un deporte extremo. Aunque la selección acumula más derrotas en la historia mundialista, la pasión no disminuye. Aun así, el Mundial despierta un interés de intensidad baja: quienes viven en Estados Unidos temen redadas de la patrulla migratoria en días de partido y quienes viven en México se indignan por los precios de los boletos, comparados con el Club Epstein en su versión vip.
Nunca un Mundial se había realizado en un contexto bilateral tan tenso. En un acto sin precedentes, Washington pidió la extradición de 11 políticos mexicanos presuntamente vinculados con el narcotráfico, entre ellos, el gobernador de Sinaloa. En el marco de esa relación, se subraya que Estados Unidos es el principal consumidor de drogas y el principal vendedor de armas del planeta, mientras México es el principal proveedor de fentanilo.
Esa agenda bilateral, compleja y asimétrica, encuentra su reflejo en el fútbol: el país al que México ha goleado durante décadas dispondrá de 78 partidos, muchos más que los nuestros. La participación se describe como la de “comparsa” o, incluso, como la de un mesero que sirve cócteles margarita en la boda del hombre que le robó la novia.
Se plantea que los mundiales recientes han tenido un arranque en el purgatorio: Rusia y Qatar ganaron sus sedes con sobornos, y Estados Unidos obtuvo la suya mediante una investigación del FBI sobre esos sobornos. Para mostrar unidad regional y ampliar el mercado, objetivo máximo de la FIFA, se incluyó a México y Canadá.
Mientras tanto, un país que no estará en la cancha gana una contienda silenciosa, demostrando que existen otras formas de participar en el Mundial. En los puestos callejeros de la Ciudad de México, las camisetas con el verde oficial de la selección cuestan de 1.999 a 3.499 pesos; las pirata van de 200 a 300 pesos. Se indica que ambas son idénticas y que vienen de lejos.
La identidad se adapta a las circunstancias: se anuncia que se apoyará a la selección con camisetas hechas en China.
Si quieres más información visita Poder en los Medios

Mirra Andreeva se impone en Roland Garros y conquista su primer Grand Slam a los 19 años
7 jun
El Mundial 2026: dos visiones, una sede y un contraste marcado
14 mayA un mes del Mundial 2026, México critica su papel secundario ante Estados Unidos y el impacto político de Trump
11 mayDe Qatar 2022 a Norteamérica 2026: las transformaciones que cambiarán la experiencia de los hinchas
28 may
Hatton mantiene el liderato en Valderrama y Sergio García y Jon Rahm recortan distancias en el LIV Andalucía
6 jun
Real Madrid se despide de la Liga ACB tras caer ante La Laguna Tenerife en cuartos, 18 años después
6 junCarlos Garcés impulsa su nacionalización peruana y sueña con integrar la Bicolor
7 jun
06 de junio de 2026: resumen de noticias en la hemeroteca de EL PAÍS
6 jun
Curazao encara su debut mundialista tras una racha negativa en la previa
6 jun
