
Imagen gracias a: El Universo
El Mundial 2026: dos visiones, una sede y un contraste marcado
A pocos días de iniciar el Mundial 2026, con 48 equipos y 104 partidos repartidos entre tres países, el debate se centra en el “Mundial de TV” y el “Mundial fuera del rectángulo”. La organización, la experiencia para el visitante y el uso posterior de las infraestructuras aparecen como factores decisivos, con un antecedente que marcó un antes y un después: Catar y su modelo de torneo compacto.
Ya restan solo 28 días para el Mundial 2026 de 48 equipos y 104 partidos en Norteamérica. La gran pregunta que domina la conversación es cómo se vivirá este torneo en sus dos dimensiones: la que observa el público por televisión y la que ocurre fuera del encuadre.
Por un lado está el Mundial pensado para la TV: estadios concebidos para lucir, campos de juego impecables y una puesta en escena de gran escala, acorde con el carácter cinematográfico que suele acompañar a un megaevento de la magnitud del Mundial. Por otro lado, existe el Mundial que va del rectángulo hacia afuera, el que no se ve en pantalla, donde pesan factores como la logística, el acceso entre sedes y el impacto real de la organización sobre quienes viajan.
Jorge Arriola, hincha peruano que asistió a catorce mundiales y que verá su decimoquinto en Norteamérica, sintetiza la diferencia con una frase contundente: “El público es el decorado; el mundial es para la televisión. Aunque es lógico: al estadio van 60.000; por TV lo miran 1.000 millones”.
En la historia, los países que se postulan para organizar un Mundial suelen perseguir objetivos similares: mostrar sus virtudes como nación, ganar imagen y prestigio, deslumbrar al visitante y posicionarse como potencia económica. En ese camino se impulsa inversión en estadios, rutas, aeropuertos y otras obras, con la expectativa de recuperar lo invertido a través del turismo o los negocios. La experiencia de Catar, en ese sentido, funciona como ejemplo de una apuesta especialmente eficaz.
Catar impuso el concepto de “mundial compacto”: ocho estadios ubicados en una sola urbe, Doha, cercanos entre sí y conectados por el metro. Se trató de un metro construido para el torneo y pensado para quedar luego en beneficio de la población. La lógica era simple: la cercanía permitía que el traslado entre partidos fuera rápido y cómodo, con una distribución que permitía imaginar encuentros en diferentes horarios entre estadios como el Capwell, el Monumental y el Modelo, según el ejemplo planteado. Además, el metro fue gratis.
Ese modelo se completó con un entorno festivo y sereno, seguridad, servicios, precios asequibles, estadios refrigerados, un centro de prensa de gran tamaño, entradas a valores módicos y facilidades de todo tipo. En el balance general, se destacó especialmente la amabilidad árabe como una comprobación positiva.
La idea ya había sido anticipada doce años antes por Gabriel Batistuta, quien jugó allí: “Dos cosas son seguras: todo estará perfecto y será muy cómodo; en media hora se va de un estadio a otro”. La intención era mostrar, encantar y sostener un torneo con una propuesta integral.
Bajo ese enfoque, un Mundial tiene tres vértices: PAÍS – ORGANIZACIÓN – FÚTBOL. En los tres aspectos, Catar alcanzó “los 10 puntos”, según el planteamiento del texto. Se recuerda, además, que allí se disputó la mejor final de la historia: la de Francia y Argentina.
Frente a esa perfección, el Mundial 2026 que tendrá Canadá, Estados Unidos y México se presenta como su antítesis. Se describe como un evento disperso, sin una sede única clara, difícil de seguir y condicionado por la magnitud territorial. Para dimensionarlo, se plantea que entre los 50 países europeos se compone un territorio de 10′531.751 km², mientras que entre Estados Unidos, México y Canadá suman 24′700.000 km², casi dos veces y media Europa. En esa lógica, el torneo se vuelve “elefantístico” e incómodo: un partido en Ciudad de México y otro en Vancouver, o uno en Nueva York al día siguiente.
El desplazamiento entre sedes, según el texto, puede demandar unas 11 o 12 horas en total, sin considerar costos, visados y otros gastos. La comparación que se establece es con una Copa América: sería como jugar hoy en Buenos Aires, mañana en Bogotá, pasado en Santiago de Chile, al día siguiente en Caracas, luego en Asunción y el otro juego en Quito.
Esa dinámica llevaría a que los visitantes se concentren en una zona, sigan a su selección y, en muchos casos, limiten su recorrido. El texto también sostiene que Estados Unidos no sería el lugar más adecuado para montar un Mundial por su enorme extensión territorial, por la falta de una cultura futbolística consolidada aunque haya evolucionado futbolísticamente, y por el espíritu del país, que prioriza un afán recaudatorio.
En esa línea, se mencionan precios y costos específicos: entradas a miles de dólares, parqueos en los estadios a 225 dólares, vuelos entre ciudades a precios exorbitantes, un tren de Nueva York a Nueva Jersey que acerca al estadio con un aumento de 12,90 a 150 dólares, y habitaciones de hotel mínimas a 410 dólares. El torneo, de acuerdo con el texto, no estaría orientado a exhibir bondades del país ni a promocionar el deporte como en muchos antecedentes, sino con un sentido comercial. También se introduce el temor a que una persona pueda ser arrestada o deportada ante situaciones confusas.
El Mundial fue adjudicado a Estados Unidos para calmar su ira. En 2010, cuando se definió la sede de la edición 2022, Catar venció a Estados Unidos por 14 votos a 8. Se afirma que el resultado generó perplejidad: un territorio pequeño que “entra 845 veces” en el país de Washington y con 185 habitantes por cada arrebatamiento del Mundial. La reacción fue interpretada como “compra de votos”.
Esa acusación indignó a la Casa Blanca y Barack Obama ordenó en 2011 una investigación profunda al FBI para determinar qué había sucedido y quiénes habían votado por Catar, presuntamente por estar sobornados. Al no poder establecerse la compra de votos, se indagó a quienes participaron en la votación. Loretta Lynch, entonces fiscal general de Estados Unidos, condujo personalmente el caso y, tras meses de pesquisas secretas, el 27 de mayo de 2015 se realizó una redada en Zúrich (Suiza) durante un congreso de la FIFA que debía elegir al presidente de la entidad. El operativo fue conocido mundialmente como FIFA Gate.
Como consecuencia, más de cuarenta de los más altos dirigentes del fútbol fueron arrestados, acusados de cohecho, fraude y lavado de dinero. Se señala que estaban implicados en decenas de millones malhabidos y que varios fueron sentenciados por un tribunal de Nueva York. Según el texto, la mayoría de los corruptos provenía de Sudamérica, donde se habría creado el modelo de la estafa, y se califica al caso como el mayor escándalo de corrupción de la historia del fútbol.
El impacto del caso también se vinculó a Joseph Blatter y Michel Platini, entre otros efectos colaterales. Gianni Infantino, apenas ungido presidente de la FIFA, habría buscado apaciguar la furia norteamericana (indicando que él vive allí) y le adjudicó este Mundial, que se describe como el más rentable de la historia. Se afirma que no habrá obras específicas ni inversiones, sino ingresos, y que el campeonato no lo hace el Estado norteamericano, sino la empresa privada, como en el Mundial de 1994. Aunque en junio y julio podría hacer un calor infernal, el texto remarca que los estadios no estarán refrigerados.
Además, se señala que por primera vez en la historia mundialista no hay comité organizador local y que la FIFA se encargará de toda la organización, consciente de la falta de cultura futbolística estadounidense y de la posibilidad de inconvenientes, como los ocurridos en la Copa América 2024 y en el Mundial de Clubes 2025.
El artículo recuerda el caso de Ramón Jesurún, presidente de la Federación Colombiana, vice- de la Conmebol y miembro del consejo ejecutivo de la FIFA. Tras la final de la Copa, Jesurún se disponía a bajar al campo para la entrega de premios con sus credenciales en orden, pero fue impedido por la persona que custodiaba la puerta, que no sabía, no entendía o creyó que ya había pasado el tiempo suficiente. El dirigente colombiano se quejó, discutieron, lo empujaron, cayó al suelo, salió su hijo en defensa y ambos terminaron presos y con traje naranja. Se describe que fue una agresión a un hombre de 71 años delante de su esposa, su nuera y sus nietos, y se menciona que su foto esposado recorrió el mundo. El texto aclara que no era periodista, sino el número dos de la organización, y concluye que esas situaciones pueden ocurrir.
Finalmente, se menciona que el Bank of America proyecta un impacto económico de 30.000 millones de dólares solo en Estados Unidos, y se plantea que por ahí habría que entender el trasfondo del torneo.
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