La camiseta como relato: de Proust a Italia 90

Imagen gracias a: El País (América)

La camiseta como relato: de Proust a Italia 90

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Una camiseta no solo evoca un gol, un título o un nombre propio: funciona como memoria íntima y biográfica. Entre coleccionistas y recuerdos, la historia de las viejas equipaciones aparece ligada a lo que quienes las usaron consiguieron y significaron.

Michel Platini celebró el gol ante Portugal en el minuto 119 de las semifinales de la Eurocopa 1984, un tanto que aseguró el pase a la final que terminaron ganando.

No es únicamente que una camiseta despierte el recuerdo de un gol, un título, un jugador o un ascenso. Hay algo más personal: una dimensión íntima y biográfica. Más de adentro que de afuera.

A Doug Bierton le regalaron su primera camiseta de fútbol al cumplir los siete años. Ese día, entre la tarta y las velas, abrió el paquete y la vio: era roja, con estilo marcado por el trébol Adidas, remolinos de fondo y el escudo del Manchester United. La felicidad fue inmediata y el chico se obsesionó no solo con el fútbol, sino con las camisetas. Con los años alcanzó el fetiche que venía acariciando desde niño: la camiseta de Alemania 90. Hoy, Bierton guarda más de doscientas mil camisetas en un almacén a las afueras de Mánchester. De ese total, unas siete mil, las más especiales, permanecen en los altos percheros de una cámara secreta refrigerada y con acceso limitado.

La pregunta que organiza el relato es por qué fascinan tanto las camisetas de fútbol. La reflexión se apoya en la lectura de Camisetas de fútbol. Los modelos emblemáticos del Archivo de Classic Football Shirts (Cinco Tintas), una obra que conecta con la empresa que Doug montó hace veinte años junto a Matt Dale, otro entusiasta de las zamarras. Entre ambos han sabido explotar una mezcla de nostalgia, estética, identidad, distinción y rebeldía que se percibe en una camiseta antigua. En la actualidad, cuentan con 250 empleados.

Doug sostiene que las viejas camisetas cuentan una historia: son una ventana a un tiempo y un lugar, a veces también a un momento vital personal y colectivo, que la prenda evoca con inmediatez. Como la magdalena de Proust en el paladar, la camiseta antigua actúa como una memoria capaz de provocar reacciones físicas de una intensidad difícil de entender para quienes no comparten ese “síndrome”. No se trata solo de que la camiseta recuerde; se trata de que guarda una biografía.

Al observar los modelos, Doug afirma que lo que vuelve inmortal a una camiseta no depende principalmente de los colores ni de las características del estampado. El elemento decisivo para que una equipación se recuerde es lo que hicieron quienes la vistieron: lo que consiguieron, lo que significó y el sentido que le dieron.

Así se enlazan recuerdos deportivos y estéticos: la Francia de Platini que ganó en el 84 con la franja roja en el pecho; Van Basten y su gol más increíble de una Eurocopa, con su rompecabezas geométrico y naranja; la Dinamarca de Laudrup, que emocionó en el 86 con su Hummel asimétrica y su voracidad ofensiva; Alemania ganando la Copa del Mundo del 90 con la deconstrucción gráfica de su bandera; Roger Milla bailando con el banderín de córner tras marcar con 38 años, con el león camerunés en el pecho; Bebeto, Romario y Mazinho acompañando a un bebé imaginario con la canarinha azul en el camino a la gloria del 94; Maradona levantando la copa con la albiceleste limpia de Le Coq Sportif; la DDR derrotando en el Mundial 74 a la Alemania Federal con cuello de pico; el penalti fallado por Baggio con el azzurro elegante de cuello vuelto; el “Maracanazo” del Brasil con una camiseta blanca ya nunca más utilizada; y la sangre que Luis Enrique chorró por la nariz con la camiseta blanca de los diamantes en el costado.

Ese “algo” en las camisetas es la memoria: el poso y el recuerdo melancólico de un momento que fue perfecto o lo pareció antes de que llegara el fútbol moderno. Esa arcadia se sitúa entre la Eurocopa del 84 y el Mundial del 90, cuando muchos consideran que las camisetas alcanzaron su forma más perfecta tras las décadas de los sobrios sesenta y los setenta de naranjas mecánicas.

La vida de Doug Bierton, según el enfoque del texto, parece divertida: aunque tenga un cuarto de millón de camisetas, conserva la fantasía infantil. Nació mientras miraba una y otra vez el VHS con los mejores momentos de Italia 90 hasta rayar la cinta. El sueño era reunir todas las camisetas usadas en aquel Mundial de su niñez.

En total, en Italia 90 hubo 44 modelos de camiseta en los campos. Doug explica que la dificultad de conseguirlas todas radica en que solo hubo réplicas oficiales de 17; para las otras 27, solo existen las de partido fabricadas para los jugadores. En los últimos seis años ha reunido 38 de las 44. Las seis que faltan son “ilusiones míticas” y, si alguna vez lograra completarlas todas, teme que se rompiera el “continuo espacio-tiempo”. Para conseguirlas, contacta con exjugadores y, si hace falta, localiza una camiseta de Costa Rica 90 en el garaje de un exjugador de Suecia.

En ese cierre aparece una cita atribuida a Proust: “Cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas del todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo”. En busca del fútbol perdido.

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