
Imagen gracias a: El País (América)
Recuerdos futboleros del Mundial a través de la vida
Durante el Mundial, el autor rememora cómo los goles de distintos países se fueron colando en su infancia y en su manera de vivir el fútbol, desde noches en familia hasta celebraciones compartidas con vecinos.
Del Mundial 82, el autor conserva como principal imagen un cómic grande de tapas verdes, de rápido deterioro, que circulaba por casa. La historia estaba protagonizada por Naranjito, acompañado por otras frutas, especialmente un plátano. En el relato, malos terribles acechaban a Naranjito y le clavaban una jeringuilla que lo enfermaba. No recuerda balones, y nunca llegó a entender esa parte.
Su primer recuerdo futbolero concreto llega al bar Medusa de Sanxenxo, un año después, con el 12-1 a Malta. Su padre lo levantó y el autor “ruló” por el lugar entre los brazos de los amigos, que eran casi todos veinteañeros.
Del Mundial 86 recuerda que los padres despertaron a los niños muy temprano para contarles que Butragueño, en la tarde de Querétaro, había destrozado la defensa de Dinamarca con cuatro goles. La ilusión llevó a levantarse con ganas y correr hacia las televisiones para ver aquel momento en diferido. Querétaro aparece en el relato como un espacio mítico, comparable a Macondo o a una Arcadia interminable.
A la vez, el texto ubica la dimensión histórica de esa Copa del Mundo en la figura del argentino con el diez. El primer recuerdo de la infancia de Pablo Aimar se enlaza con una escena: su padre en el salón, gritando de forma histérica, dando saltos por el pasillo, aporreando las paredes, y tumbándose boca abajo en la cama para llorar en medio de una crisis nerviosa. La razón era que Maradona había realizado un quiebro excepcional en el centro del campo, se había zafado de dos rivales y comenzó a derribar jugadores ingleses en la mejor jugada de todos los tiempos. La narración subraya que Peter Shilton cayó en la portería porque la historia se había escrito apenas segundos antes. Después, el autor describe la magnitud del momento como algo que elevó a Maradona a la altura de grandes creadores y que, según el texto, hoy es Iglesia en Argentina. También se menciona el estallido del país cuatro años después del orgullo perdido en las Malvinas, cuando salieron millones a la calle mientras resonaba la voz de Víctor Hugo Morales con la frase: “¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés?”.
El relato continúa con más recuerdos de cada Mundial. El penalti que Jean-Marie Pfaff le sujetó a Eloy Olalla en México 86 se vivió desde una cama en la casa de los abuelos en Sanxenxo. En Italia 90, se recuerda la falta de Dragan Stojkovic y la de Míchel, en el bar Rías Baixas, durante años en la calle del Progreso. En Estados Unidos 94, el autor estaba solo en la casa con la televisión sin volumen y, en paralelo, la radio con los ayes de García que le provocaban temblor de rabia; allí se menciona el penalti a los cielos de Roberto Baggio en casa de Nel. En Francia 98, la cantada de Zubizarreta aparece en el relato como un momento vivido en una pantalla gigante en el viejo Dulcinea de Sanxenxo, con amigos en shock.
En Corea 2002, se rememora la fiesta de Al Ghandour en un piso de Pontevedra encima del río Lérez, en la casa de Iván y Nico, con Pedro Hermida tras una jarana veraniega y un bajón terrible a las diez de la mañana cuando se dieron cuenta de que se había acabado el vino frío y el Mundial. En Alemania 2006, la paliza de Zidane se sitúa en un piso de San Antoniño con Estrela, con la misma gente: Titigori y Mágico Vidal; se conecta con un recuerdo de cuatro años antes, en el ático de Sagasta, cuando se lloró abrazado de rodillas tras una volea del propio Zidane en Glasgow.
El texto describe el milagro de Sudáfrica 2010 en la finca de Lourido de Dani, tirados en sofás y pareos, con la imagen de romanos gordos a los que les faltan las uvas, los efebos y la decadencia. Se recuerda el descontrol después del gol de Iniesta, con todos ya sin voz.
En 2014, el autor señala que fue enviado especial del diario El Mundo. Recuerda haber visto en directo la paliza de Holanda y el golazo de Van Persie. Al llegar a Galicia desde Madrid en el Polito gris de Ana Biempica, escuchó por la radio, al cruzar el Telón de Grelos, uno a uno los goles de Alemania a Brasil, la soberana golpiza.
En 2018, el autor vio la final en el restaurante Zulema de Adina, donde anteriormente había visto la carrera estratosférica de Mbappé contra Argentina.
En 2022, ya estrenando piso en Madrid, el relato se centra en la final de “todos los tiempos”. El autor describe su duda de empezar a escribir para EL PAÍS tras la primera parte, cuando el marcador era 2-0 para Argentina, y cómo lo dejó por pereza para la segunda. Según el texto, luego pasó “lo que pasó” y le regalaron, franceses y argentinos, uno de los mejor artículos que escribió. Afirma que no habría dicho semejante “pavada” a su edad y que es de los pocos que puede releer sin querer tirarse por la ventana.
El cierre del texto es una invitación: no tirarse por la ventana, pero sí abrirlas durante el Mundial. El autor concluye que da gusto escuchar a muchos vecinos celebrando los goles de sus países y compartiendo con la propia felicidad.
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