
Imagen gracias a: El País (América)
Entre un Mundial y otro: por qué el fútbol se mete en la vida
A medida que se acerca la final contra Argentina, el autor reflexiona sobre la manera en que el fútbol afecta emocionalmente, recordando su propia felicidad ligada a este deporte y episodios mundialistas que marcaron a su generación.
Mientras llega la final contra Argentina, el autor se detiene a pensar en por qué el fútbol altera tanto. Considera que, aunque no determine la vida cotidiana, sí influye de forma decisiva en la felicidad. En esa reflexión aclara que no se refiere a los hinchas argentinos capaces de hipotecar o incluso vender su casa para acompañar a su selección durante un Mundial, porque en su caso, dice, su mujer no le permitiría llegar a ese extremo.
Recuerda que en algún momento escribió que nunca había sido tan feliz como jugando al fútbol, y que ella se lo remite de vez en cuando comparándolo con días como el de su boda o el nacimiento de sus hijos. No logra explicarlo del todo, pero admite que incluso ha deseado que el fútbol le gustara un poco menos para poder disfrutarlo sin la angustia que le provoca cada jugada de peligro, especialmente cuando llega un Mundial.
En ese contexto, trae a colación anuncios del descanso de un partido de hace más de medio siglo, el recordado España-Yugoslavia del 74 en Frankfurt. En esa campaña se prometía saber cómo quedaría el España-Yugoslavia, con la revista satírica del deporte Barrabás. Después aparecían repeticiones más interesantes del primer tiempo gracias a la red de asistencia SEAT, aunque allí solo se mostraba el gol de Katalinski, el que dejó sin el mundial de Alemania.
Como consuelo, sostiene que no es para tanto y que existen situaciones peores, mencionando a los hinchas argentinos. También rememora un caso en un hospital de México durante el Mundial del 86, a partir de una foto en la portada de este periódico: sobre una mesa de operaciones, un grupo de cirujanos intervenía a un paciente, sin que recuerde si era por apendicitis o por una rotura de menisco. La imagen mostraba a una persona anestesiada, con su vida en manos de profesionales que habían hecho un juramento hipocrático, con la carne abierta por la cintura o la rodilla. Junto a equipos electrónicos para comprobar el pulso cardiaco, había un televisor reproduciendo el partido de México en el momento programado para la intervención. En la foto, el personal sanitario parecía más pendiente del juego que de evitar extirpar una apéndice sana o confundir la rodilla correcta con la incorrecta.
El autor se imagina al cirujano principal con el escalpelo en la mano cuando el mexicano Negrete marcó de media chilena uno de los goles más bellos y decisivos de la historia. Señala, eso sí, que la información de aquella imagen no indicaba cómo terminó la operación.
Luego, al hablar de una serie de columnas mundialistas que hoy concluye, explica que en ocasiones las profecías se cumplen, también en el periodismo. Cuenta que empezó a escribir sin tener claro qué contar y que el teclado fue guiándolo como por un sendero, construyendo relatos sobre sus neuras futboleras, recuerdos tejidos a partir del gol de Katalinski que martirizó a su generación. Describe esos recuerdos como los únicos que no se borran de su disco duro cerebral, “a prueba de virus”. A partir de ahí, fue uniendo presente y futuro en cada crónica.
La primera vez le salió bien: al “apeamos a Austria” a modo de venganza tras la derrota en Argentina 78. Después, dice que ya estaba obligado a aumentar la apuesta en cada columna: así vencieron a Bélgica en cuartos de final, en referencia a sus verdugos en México 86, y derrotaron a Francia en Semifinales, aunque señala que les dejaron en la cuneta en Alemania 2006. Para que la profecía se cumpliera, era necesario que el rival en la final fuera Argentina y no Inglaterra. A los británicos ya los habían derrotado con el famoso gol de Zarra en el Mundial de Brasil 50, su mayor hazaña hasta el reciente ciclo de éxitos.
Indica que las señales apuntaban a que debía ser Argentina: solo se midieron una vez contra la albiceleste en el Mundial de Inglaterra 66, y les mandaron para casa. También recuerda que entonces fueron como campeones de Europa, igual que ahora. Con todo, concluye que queda por cruzar los dedos y confiar en que el vaticinio se cumpla.
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