
Imagen gracias a: El País (América)
La fiebre de los cromos: más que completar un álbum
Para muchos, coleccionar puede parecer un gasto inútil de tiempo y dinero. Sin embargo, la verdadera satisfacción está en el misterio de la búsqueda y en la adrenalina que produce encontrar el hallazgo que faltaba.
Para la mayoría, visto desde fuera, coleccionar puede interpretarse como una pérdida de tiempo y de dinero. Pero lo que casi nadie alcanza a comprender es que el disfrute principal nace de otra parte: vivir el misterio de la búsqueda y sentir la adrenalina del hallazgo.
En mi caso, el Mundial pudo haber terminado con los penaltis que eliminaron a Holanda. Tres finales perdidas y las tres últimas caídas en los penaltis: por eso uno se queda con Holanda. El torneo también pudo cerrarse con aquel penalti doloroso a las seis de la mañana, saboreando la épica de la tragedia en el camino hacia la cama. En las cosas menores, la amargura de hoy puede transformarse en poesía mañana, y en eso se sostiene la ilusión de algunos.
Pensé que mi Mundial iba a terminar ahí, en esa hora azul que aclarea el cielo y que inspiraba los versos de Sylvia Plath. Mientras tanto, me movía delante del armario donde cuelgan todas mis camisetas de Holanda: la del 74, de algodón y eléctrica; la del 83, elegante y perdedora; la del 88, veloz y vanbástica; la del 14, limpia y fosfórica. Pero si el Mundial no terminó en ese punto fue porque todavía quedaban cromos.
Llevo cuatro años, desde el último Mundial, invirtiendo horas y horas en recorrer los rincones más oscuros de eBay, Wallapop y todocolección. Revisaba cromos antiguos y atesoraba la ilusión de cerrar dos colecciones que me inventé. La primera consistía en reunir todos los cromos de las selecciones holandesas desde que Panini inició la colección del Mundial en 1970. Tenía que buscar cromo a cromo, uno por uno, un total de casi doscientos. De Cruyff 74 hasta De Jong 26. Esta semana llegaron los últimos: los veinte holandeses de esta Copa del Mundo. Están relucientes, los futbolistas sonríen y no imaginan la debacle del último penalti; quedan congelados en el tiempo, o mejor dicho, fuera de él.
La segunda colección era, en cierto modo, el reverso psicoanalítico de aquella selección naranja de derrotas y desgracias. Soñé con reunir los cromos de la selección campeona de cada Mundial: el Brasil de Pelé; la Alemania de Beckenbauer; la Argentina de Kempes; la Italia de Rossi; la Argentina de Maradona; la Alemania de Mathaus; el Brasil de Romario; la Francia de Zidane; el Brasil de Ronaldo; la Italia de Cannavaro; la España de Iniesta; la Alemania de Kroos; la Francia de Mbappé; la Argentina de Messi. Cada cromo, llegado desde distintas ciudades de Europa, iba sumándose a mi álbum de tapas azules.
Cuando me di cuenta, ya solo quedaba uno para completar esa colección: un único cromo, el escudo de Francia 98. Vi que un coleccionista lo vendía intacto, sin esquinas dañadas, perfecto. Lo compré. Entonces ocurrió algo inesperado: cuando llegó desde Italia el sobre postal con el último cromo, de repente entendí que aquello era el fin. Las búsquedas tranquilas de madrugada terminaban; se cerraba la aventura de encontrar y conseguir, entre compras o subastas, los cromos de aquel fútbol lejano. Comprendí que ningún cromo, ninguna colección completa, iba a igualar la pasión que había movido la búsqueda de esas 250 pegatinas viejas. Aquello era, en el fondo, una debacle.
Para entenderlo mejor, estos días le escribo a Rafael Bitrán. Dicen que es el mayor coleccionista de cromos antiguos de Argentina. De joven, recién titulado como profesor de Historia, vio en la casa de sus padres una bolsa de arpillera, muy bien guardada y escondida, donde estaban los soldaditos de su infancia. Hacía muchos años que no la tocaba. Entre los soldaditos había una pequeña bolsa con algunos cromos de su vieja colección. Al verlos, sintió una punzada: algo muy fuerte, un placer enorme. Una sensación extraña que él llama dialéctica del tiempo y el espacio imposible de explicar. Según me cuenta Rafael, parecía que el tiempo no había pasado; él seguía siendo aquel niño que amaba sus cromos. La única diferencia visible eran sus manos, más grandes.
Le hago dos preguntas. La primera: ¿qué es un cromo? Responde que puede ser muchas cosas a la vez. Racionalmente, explica, fue un objeto que entre fines del siglo XIX y los años 30 aparecía acompañando cigarrillos, chocolates o caramelos, y que a partir de los años 40 comenzó a independizarse en sobres para que los niños jugaran con ellos y los coleccionaran. Pero realmente, dice, es algo más: un objeto de deseo, un misterio, un elemento de socialización, un vínculo familiar, un viaje al pasado sin máquina del tiempo, un rescate del mundo analógico en tiempos de virtualidad dominante. También es una invitación al juego, a conectar con esa infancia que el sistema de mercado intenta asfixiar para que no perdamos tiempo en lo no productivo. En definitiva, un oasis de inocencia.
La segunda pregunta es qué es coleccionar. Contesta que, racionalmente, es un pasatiempo ordenado y sistemático, con ansias de completitud. Pero realmente es algo más: una cosa secundaria en la vida que, aun así, permite divertirse, entretenerse, conocer gente, soñar y salir por momentos de la alienación productivista. Para la mayoría, visto desde fuera, puede parecer una pérdida de tiempo y de dinero, algo ilógico e infantil. Sin embargo, lo que casi nadie entiende es que el principal placer está en vivir el misterio de la búsqueda y sentir la adrenalina del hallazgo. Para él, eso es mucho mejor que la posterior posesión.
Hoy abro mi álbum de tapas azules. Hay un hueco en el mundial del 98. Y al final de todo, un sobre postal con siete sellos italianos permanece sin abrir. Continúa así, tal vez porque encierra aquello que un día fue y luego se fue: lo que uno teme abrir y no encontrar.
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