
Imagen gracias a: El País (América)
Pogacar cava el “hoyo del Caníbal” y encadena su quinto Tour
El dominio de Tadej Pogacar en el Tour de Francia reaviva el debate sobre la presunta previsibilidad del ciclismo. En la sexta etapa, el esloveno dejó a Jonas Vingegaard a 2 minutos y 40 segundos y alcanzó su quinto triunfo en el Tour.
Algunos critican que Tadej Pogacar convierte el ciclismo en algo predecible. La discusión no es nueva: ya se levantaba con Eddy Merckx, hasta que el periodista Pierre Chany zanjó el asunto con una frase que quedó como referencia: “¿Acaso se ha planteado nadie si Molière dañó al teatro o Bach a la música? ¿Si Cezanne fue nocivo para la pintura o Chaplin arruinó el cine?“
El mito del ogro feroz tiene nombre propio: Eddy Merckx, capaz de ganarlo todo. Acumuló 525 victorias y dominó en llano, montaña, al sprint y en contrarreloj. Fue “El Caníbal”, el hombre de los cinco Tours, los cinco Giros y la victoria en la Vuelta, además de los tres maillots arcoíris y los 19 Monumentos. Su imagen quedaba marcada por el hambre y la ansiedad con la que se acercaba a la meta, siempre con una intensidad que parecía más irracional y animal que calculada.
En el club de los grandes, junto a Merckx, figuran Anquetil, Hinault e Induráin. Nadie más ha ganado cinco Tours hasta la fecha. Este jueves, en alguna cuneta del Tourmalet, Pogacar, con 27 años, abrió un nuevo capítulo del relato del Caníbal. En la sexta etapa del Tour, tras atacar y quedarse solo en las curvas empinadas, el esloveno selló su quinto Tour dejando a Vingegaard a 2 minutos y 40 segundos, como si lo condenara a una distancia mental difícil de recuperar.
Pogacar cruzó la meta haciendo la reverencia. Esa imagen se interpretó como un gesto hacia la historia de ese puerto. No fue el más largo, ni el más duro, ni el más bello, pero sí la quintaesencia del Tour desde 1910, cuando el periodista Alphonse Steinès, desafiando el miedo a los osos, con nieve hasta las rodillas y siguiendo a un pastor con un perro por un camino imposible, envió un telegrama breve al director de la carrera, Henri Desgrange: “Atravesado Tourmalet. Stop. Muy buena ruta. Stop. Perfectamente practicable. Stop. Steinès». Un mensaje que, además, evidenciaba el buen humor de la época.
En la ascensión al Tourmalet, Pogacar batió el récord en más de dos minutos. Realizó una demostración contundente sin dejar tiempo para recrearse en la estética del sufrimiento, siempre ausente en su rostro y en su manera de pedalear. Se vistió de amarillo, aunque antes de enfundarse el maillot explicó que no había corrido calculando: reconoció que estaba nervioso desde las siete de la mañana, que quería atacar desde lejos y pedalear a tope hasta la meta pasara lo que pasara. Y añadió que, si explotaba, explotaba, como marca de colmillo y huella de los caníbales.
Algunas voces vuelven a la idea de que el ciclismo se ha vuelto predecible, y el paralelismo con Merckx reaparece. Sin embargo, Pierre Chany ya había planteado la comparación con el arte para desmontar el debate: “¿Acaso se ha planteado nadie si Molière dañó al teatro o Bach a la música? ¿Si Cezanne fue nocivo para la pintura o Chaplin arruinó el cine?“. Con Pogacar, la pregunta queda otra vez sobre la mesa.
A partir de ahí, la reflexión se desplaza hacia los mitos. En Santander, el escritor Santiago Mazarrosa, autor de la novela Casilla vacía (Alianza, 2026), aparece como un puente entre pérdidas y despedidas. Mazarrosa es nieto de Felipe de Mazarrasa y Mazarrasa: nacido en 1915, otorrinolaringólogo, siempre soñó con ser enviado especial al Tour. Como ningún periódico lo enviaba, en el verano de 1954 decidió escribir las crónicas del Tour como si estuviera allí, entre Bahamontes y Bobet. Los lectores de Trabuchazo –su seudónimo en el periódico Alerta– se lo imaginaban incrustado en la caravana del Tour, aunque después, al recopilar las crónicas en un librito, confesó que coronaba cada fin de etapa durmiendo en su propia cama y que jamás fue a la carrera.
La idea final es que quizá pueda inventarse el Tour, y que eso incluso sea lo más sensato. Desde Coppi, Bartali, Anquetil, Poulidor, Ocaña y Pantani, hasta el nuevo Caníbal, cada quien puede elegir su mito y salir a buscarlo. Y como firmaba Trabuchazo en cada crónica: “¡Oficio de perros!”.
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