
Imagen gracias a: El País (América)
La alegría de lo inesperado en el Mundial
Un gol “regalado” por Corea del Sur alcanza para desatar una celebración enorme, reflejando el tamaño del malestar previo. En esta carta, Juan Villoro y Martín Caparrós vuelven a mirar el Mundial que disputan EEUU, México y Canadá, con historias que van del sincretismo de las tribunas a David contra Goliat, pasando por la discusión sobre lo invisible.
Esto, querido lector, es una conversación entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una charla con la celebración del Mundial de Qatar en 2022. Cuatro años después, retomaron esa misma serie, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con la misma pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.
Martín querido:
El Mundial de los zapatos rosas trajo nuevas modas, entre ellas, la de manifestar la alegría lanzando gente por los aires. Hay estadios donde se teme recibir un proyectil; en México, se vive como si tú fueras el proyectil.
Como el país sede tiene pocos partidos, la competencia del festejo se vuelve un objetivo. El gol fortuito que se consiguió ante Corea del Sur provocó que cuatrocientas mil personas celebraran al Ángel de la Independencia. Además, aparecen sustitutos sentimentales: cuando México no juega, se dice que son asiáticos. Guadalajara adoptó a la selección coreana con el mismo fervor con que Monterrey adoptó a la japonesa. En las tribunas se aprecia un museo del sincretismo: el K-pop convive con el mariachi y los disfraces de cosplay con los sombreros norteños.
A pesar de los agravios de la FIFA, en su país el Mundial genera una dicha cercana al paroxismo. Un gol regalado por Corea del Sur basta para que se sea intensamente feliz, lo que, a su juicio, habla del tamaño del descontento: hace falta estar muy decepcionado para alegrarse con tan poco.
También se mencionan otros motivos de celebración. Se recuerda la desigualdad futbolística que ha derivado en goleadas de abuso, como la de Alemania 7-Curazao 1. Curazao representa a un país de 150 mil habitantes, menos poblado que el barrio del autor. Su participación en el Mundial parecía un sacrificio tan cruel como el del Toro de la Vega. Sin embargo, el fútbol se presenta como prueba de que están equivocados: frente a Ecuador, el portero de Curazao, Eloy Room, jugó en estado de resurrección y atajó quince disparos para mantener intacta su cabaña.
A este Mundial le sobran países, lo que permite que regrese la vieja fábula de David contra Goliat. En días de embrujo, el débil se sale con la suya. Así, Cabo Verde y el Congo empataron ante España y Portugal. Estas gestas se consideran heroicas no porque las selecciones africanas fueran de pronto más fuertes, sino porque lograron su cometido sin dejar de ser inferiores: el truco de David es que nunca será más fuerte.
Se cuenta que en 1974, durante el Mundial de Alemania, el padre del autor abandonó su gabinete de filósofo para sumirse en las turbulencias de la cancha. En un tiempo en que escribir de fútbol parecía una vulgaridad innecesaria, se atrevió a publicar un artículo sobre la utopía que de pronto encarna el césped. Tras repasar la crítica habitual del juego como “opio del pueblo”, defendió la posibilidad de imaginar un mundo alterno en el campo. En ese texto se afirma que el campeonato mundial se desarrolla en una unidad espacio-temporal que se inserta, como un paréntesis, en la vida cotidiana; allí, las jerarquías establecidas entre las naciones parecen suspenderse, y un modesto portero haitiano puede brillar ante los ojos del mundo, mientras un país dependiente y atrasado puede actuar como señor de sus poderosos amos. También se sostiene que los órdenes de dominio reales, mantenidos por siglos, pueden trastocarse y que la igualdad parece reinar en vez del dominio. Los empates de Cabo Verde y el Congo se presentan como respaldo a ese texto pionero.
El autor añade que cada país se impone metas acordes con sus posibilidades, y que la paciencia se vuelve histórica: Haití espera anotar el gol que no consigue desde hace 52 años, y Brasil busca volver al título que se le escapa desde hace 24 años.
Eso no se ve, pero se siente. Al hablar de lo que no se ve, se destaca un episodio que pone en duda la percepción humana. En el partido Japón-Túnez, hubo una jugada en la que la pelota pareció entrar a la portería tunecina y se activó la máquina. La inteligencia artificial recreó la imagen y confirmó que era gol. Sin embargo, la computadora detectó “algo más”: una partícula imperceptible de la pelota rozaba la línea.
Se plantea entonces la aceptación de una locura: la máquina juzga con un criterio superior al humano. Se sugiere que un águila o un camarón mantis, que ven luz ultravioleta, habrían detectado que la pelota tocaba la línea, pero ellos no jugaban el partido. En términos humanos, fue gol. A partir de ahí, se pregunta si es justo que los robots juzguen con un criterio que rebasa lo que registran los ojos.
En ese mismo sentido, se llama la atención sobre la cantidad de faltas que no se cobran. Se recuerda que una de las mayores contribuciones del fútbol femenil ha sido demostrar que aún existe el fair play: las mujeres juegan sin trampa. Esa honestidad, por contraste riguroso, hace que el fútbol masculino se vea como escenario de la simulación y de la farsa. Neymar quedará marcado tanto por sus goles como por su avidez para buscar y fingir faltas.
En consecuencia, el arbitraje toma una decisión sensata con resultados insensatos: para eliminar faltas teatrales, ahora no se marcan las más evidentes. Cada tiro de esquina provoca un aquelarre de abrazos y jalones en el área; si se aplicara el reglamento, todos acabarían en penalti. También se han visto jugadores con la camiseta desgarrada, como si los hubieran rociado con ácido sulfúrico, sin que el VAR revise el crimen.
“Lo esencial es invisible para los ojos”, escribió Saint-Exupéry. El Mundial lo pone en práctica de distintas maneras: las máquinas ven cosas que los humanos no ven, el árbitro no ve nada, pero de pronto aparece esa esquiva forma de la igualdad, que nunca ha existido y que no se deja de desear, la utopía.
Te abraza
Juan
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