Imagen gracias a: El País (América)
México cae y deja un saldo emocional para el Mundial
La eliminación de México en la Copa Mundial provocó tristeza en las gradas del Estadio Azteca, pero también abrió una reflexión sobre lo que significan las derrotas cuando el equipo realmente importa. En una carta cruzada, Martín Caparrós y Juan Villoro repasan el torneo de Qatar 2022 y lo conectan con el nuevo Mundial que afrontan EEUU, México y Canadá.
Aficionados mexicanos lloraron en las gradas del Estadio Azteca tras la eliminación del equipo en la Copa Mundial.
Las derrotas dolorosas, como la de México, dejan una compensación extraña: se sufre porque ese equipo importaba de verdad, y aun así se cae sin dejar de admirarlo.
Este texto funciona como un intercambio entre dos referentes de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación íntima y pública con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar en 2022. Cuatro años después, retoman esa misma serie, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con la misma pasión el día a día del Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.
Martín escribe:
México llevó a un carrusel de emociones y dominó a Inglaterra sin lograr la victoria. Tras cuatro victorias sin encajar un gol, la defensa mostró dificultades para resolver los contragolpes verticales. Aun con dieciséis remates a gol, no alcanzó para igualar el marcador, en gran parte porque los ataques fueron previsibles: centros enviados a un área dominada por la defensa inglesa.
En su carta, Martín también contrasta la situación con Argentina. Señala que Argentina parece demasiado segura de su campeonato, mientras que la selección mexicana vivía con el complejo opuesto: le costaba creer en sí misma. Aun así, Javier Aguirre consiguió armar un equipo competitivo, algo que parecía imposible apenas cuatro meses antes, aunque la ilusión terminó con un baño de pragmatismo.
Sostiene que Inglaterra hizo muy poco en el encuentro, al punto de que Rangel tuvo escaso trabajo; sin embargo, recibió tres goles. Añade que los ingleses, con su forma de dosificar el veneno, supieron imponerse pese a la baja iniciativa.
El público acompañó con un estruendo formidable y abucheó a Infantino cuando apareció en la pantalla del estadio. Según el texto, se gritó como si la táctica dependiera de la garganta, pero eso no alteró a una Inglaterra flemática. Con poca iniciativa y aun con Kane perfectamente maniatado, Inglaterra encontró la manera de superar el compromiso.
Juan responde:
Explica que la alegría futbolística se tradujo en una caída de 33% en los crímenes, aunque advierte que da miedo volver a la realidad. Se pregunta si quedan motivos para que un mexicano siga mirando el Mundial: por el momento, dice, se atraviesan horas bajas, aunque el balance continúa siendo positivo.
Recuerda que al inicio se pensó que el torneo sería un desastre: los traslados excesivos, los cambios de clima y altura, los precios considerados de delirio y las manipulaciones de la FIFA hacían prever un panorama negativo. Sin embargo, el fútbol mostró anticuerpos frente a los virus que intentan liquidarlo.
Describe la dramaturgia del Mundial como el reverso de la del Fausto de Goethe: allí se parte del cielo hacia el Diablo; en este caso, se pasa del infierno de los preparativos al paraíso en la hierba. En ese relato, Mefisto aparece en reuniones con Trump y en la venta de boletos, esparciendo azufre en los palcos y repartiendo los partidos con machete: gran tajada para Estados Unidos y migajas para Canadá y México. Luego, se convierte en espectador de lo que ayudó a crear. Aunque el Mal queda como marca de agua en la pantalla, lo importante son los hechizos nacidos con los pies.
Juan menciona partidos de gran voltaje emocional: Inglaterra-Serbia, Países Bajos-Marruecos y Argentina-Cabo Verde, en los que hubo grandes goles. Añade que Portugal y Colombia recordaron que un juego vibrante puede cerrarse 0-0, en ese caso por cortesía del VAR.
Plantea que los malos partidos, pocos por suerte, cumplen el papel de efecto de contraste y permiten recordar que el fútbol también puede ser horrendo. Ilustra la idea con la imagen de un niño que debuta ante un Francia-Paraguay, señalando que ese partido puede vacunar de por vida contra la fiebre del balón.
Luego conecta el talento con la evitación de errores. Le gusta que Martín hable de la gambeta, aunque no sepa si Haaland podría hacerla porque, dice el texto, tiene el mérito de no intentarla. También Paraguay, señala, entiende sus limitaciones y se abstiene de ir al frente. Considera que sería invencible si el fútbol se jugara sin pelota, y resume su especialidad en mantener la portería en cero hasta que llega lo de ayer. De tanto refugiarse en su propia área, los paraguayos terminan concediendo un penalti: para Juan, quien solo se dedica a sobrevivir acaba suicidándose de la manera más lenta posible.
En el partido Francia-Paraguay, describe a Francia como una maquinaria de disparos de alto calibre: a treinta metros de la portería, Mbappé y Dembélé están cerca del gol. Recuerda lo que Batistuta le dijo a Maradona cuando lo vio burlar a tantos ingleses: “Yo habría disparado de treinta metros, de veinte y de diez”. Y afirma que Diego solo soltó la pelota frente a las manos del portero.
El texto sostiene que el dribling, el regate o la gambeta escasean desde hace mucho. Menciona a Vinicius Jr. y Lamine Yamal como ejemplos de poetas. Dice que Vinicius Jr. disfruta tanto la pelota que se “emborracha” con ella, comparándolo con Dylan Thomas y sus últimos quince whiskies. Sobre Lamine Yamal afirma que deslumbra, pero no siempre concluye la jugada o la concluye de manera rara, al estilo de César Vallejo: vanguardista radical, capaz de terminar un verso con preposición. Indica que sus botines guardan una magia todavía futura.
Frente a la muralla de Paraguay, Francia apenas pudo intentar disparos. Mbappé, agrega el texto, se consoló diciendo que también se saben sumir en la mierda. Juan afirma que conoce, por haber vivido en Francia, lo que esa palabra significa para Francia. Recuerda que el general Cambronne perdió en Waterloo, pero supo mandar a la mierda a los ingleses. Y cierra con una idea: en realidad, esa palabra podría haber sido dicha por el niño que vio el juego y nunca más se asomará al fútbol.
Juan retoma otro “efecto de contraste”. Señala que Marruecos, que dominó a Brasil en su primer partido, decidió volverse sorpresivo y se dejó controlar por Canadá, país de jugadores de hockey sobre hielo; pero, como al fútbol le gustan las paradojas, terminó goleando 3-0.
También menciona que el Brasil-Noruega no fue un carnaval. Añade que Ancelotti recuerda los tiempos en que Dunga obligaba a Brasil a jugar con el freno de mano puesto: cedió la iniciativa a Noruega y terminó perdiendo.
Concluye que los partidos de tedio son el impuesto moral del aficionado: permiten sentir que se merece otros mejores. Y vuelve al inicio: las derrotas dolorosas, como la que acaba de sufrir México, ofrecen una rara compensación. Se sufre porque ese equipo en verdad importaba. Se pudo creer en él. Cayó sin que dejáramos de admirarlo.
Te abraza
Juan
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