El “remad, remad” de Noruega: el vínculo global que explica el cariño por su selección

Imagen gracias a: El País (América)

El “remad, remad” de Noruega: el vínculo global que explica el cariño por su selección

NOTICIAS

La afición internacional por Noruega se alimenta de un canto colectivo que acompaña a Erling Braut Haaland y a una idea central: la unión de un país pequeño, diverso y construido sobre la confianza. Entre la memoria histórica, la búsqueda de paz y la energía de la juventud, el himno de las gradas se convierte en un símbolo compartido por grandes y chicos.

Un fenómeno global y bastante inesperado es que el equipo de fútbol de Noruega ha conquistado los corazones de millones de personas, incluso para quienes viven allí, el impacto también ha sido una sorpresa.

El origen de ese afecto aparece en el tejido social y en la confianza, un valor especialmente apreciado. En las gradas se escuchan esos dos golpes de tambor, cuando sus barras gritan ro, ro, (remad, remad), simulando que reman un imaginario bote vikingo con la esperanza de alcanzar la victoria. La pregunta es por qué un equipo que antes era poco conocido logra conectar con tanta gente.

Llevo cincuenta años aprendiendo a ser noruego. El invierno es largo, desde noviembre hasta marzo, hasta que regresa el sol y la gente recupera la sonrisa, porque se abren tiempos más cálidos. Noruega limita con Suecia, Finlandia y Rusia; aunque en territorio es uno de los países más grandes de Europa, su población es pequeña, de 5,6 millones de personas. Se trata de un país amante de la paz y con instituciones que trabajan por la paz y los derechos humanos, como el Centro Nansen para la Paz y el Diálogo, del cual fui director. El Comité Nobel de Noruega otorga el Premio Nobel de la Paz. Además, su apoyo militar y económico a Ucrania es enorme, y su postura calmada pero firme ante las amenazas de Estados Unidos de retirarse de la OTAN también se hace notar.

Esa imagen de país pacífico no borra su pasado: Noruega participó en el tráfico de personas esclavizadas y en la explotación del azúcar como parte del reino Dinamarca-Noruega. La asimilación forzada del pueblo sami es una de las mayores manchas del país, y el proceso de verdad y reparación ha sido lento. Durante la Segunda Guerra Mundial, el territorio estuvo ocupado por los nazis y el país también tuvo un rol en el Holocausto.

El final de la guerra trajo una oportunidad para sanar heridas y construir un país distinto. Cientos de estudiantes noruegos recibieron becas para estudiar afuera y regresaron con conocimientos que el país necesitaba para levantar una sociedad de bienestar común. Años después conocí a uno de ellos, cuando era embajador de Noruega en Chile tras el golpe militar. Frode Nilsen hizo las gestiones necesarias para que mi padre saliera de la cárcel y fuera recibido como refugiado en Noruega.

El gran salto hacia adelante llegó con el descubrimiento del petróleo: no solo creó empleos, sino que permitió algo que muchos países envidian, el fondo soberano petrolero. Allí se guardan ingresos del petróleo para las futuras generaciones y el Estado solo puede gastar al año en torno del 3% de su valor. Esto impulsa estabilidad social y económica, con un consenso multipartidista orientado a cuidar los derechos sociales y políticos. Los debates grandes suelen girar en torno a si usar o no más dinero de ese fondo, con la conciencia de que los recursos no son para siempre y de que el mejor capital es la juventud.

Dentro de unos días se cumplirán 15 años de la masacre de Oslo y de la isla de Utøya, cuando un terrorista noruego mató a 77 personas, muchas de ellas jóvenes que participaban en un campamento de verano. Las acciones de ese día estuvieron causadas por el odio e intolerancia hacia lo diferente. La respuesta, en cambio, fue ejemplar: Jens Stoltenberg, entonces primer ministro, unió al país cuando dijo: “No dejaremos que el miedo nos aplaste. Y no dejaremos que el miedo al miedo nos silencie”. Una sobreviviente de la masacre, citando a una amiga, expresó el sentir de Noruega: “Si un solo hombre puede mostrar tanto odio, imaginen cuánto amor podemos mostrar todos juntos”.

Noruega también es multicultural. La migración, las familias mixtas y las nuevas generaciones han transformado la composición de la sociedad, y más de uno de cada cinco habitantes tiene origen inmigrante. Esa diversidad se refleja en la selección de fútbol, con jugadores como Antonio Nusa, de padre nigeriano y madre noruega, que hizo un gol ante Costa de Marfil, y Oscar Bobb, de origen gambiano y noruego, que fue parte de la histórica victoria contra Brasil. Y no es solo Noruega: según COMPAS, un centro de investigación de Oxford, casi uno de cada cuatro jugadores en este mundial nació en un país distinto por el que juega.

Volviendo a la pregunta inicial, ¿por qué el mundo está enamorado de Noruega, de ese “remad, remad”? Primero, porque el mundo es mucha gente y solo se puede hablar desde las propias emociones. El aprecio por el país, con sus aciertos y errores, tiene que ver con el espacio que existe para participar en la sociedad. Aquí ni siquiera las estrellas se colocan por encima de los demás.

Un ejemplo claro es Erling Braut Haaland, al que la prensa noruega cariñosamente llama “el toro de Jæren”, por su pueblo donde creció, aunque nació en Leeds, Inglaterra. Es un joven cuyo éxito no lo ha vuelto insoportable ni arrogante. En la cancha camufla sus intenciones hasta el momento adecuado, y cuando llega el pase, aparece esa magia que muchos ya han visto.

Haaland encuentra un eco en la barra del “remad, remad”. Con esa perfecta imperfección, el canto ha hipnotizado a grandes y chicos, jóvenes y viejos, diplomáticos y trabajadores. Todos quieren formar parte de ese encanto, de esa norueguidad global. También llama la atención cómo subraya que el equipo funciona como un conjunto de talentos: una nación que rema. Aunque el invierno sea largo y perder resulte difícil, la idea es que el sol volverá.

No se trata de que el mundo esté enamorado de Noruega porque sea perfecta, sino porque es pequeña, feliz y diversa, y porque celebra sin aplastar a nadie. En ese sentido, el “remad, remad” no solo acompaña al fútbol: invita a remar. Subirse a ese barco vikingo, con la expectativa de acercarse a Valhalla, queda como metáfora de una primavera que, de todas formas, terminará llegando.

Si quieres más información visita Poder en los Medios

Compartir