
Imagen gracias a: El País (América)
Djokovic, 39 años y una preparación basada en prevención, tecnología y “menos es más”
Novak Djokovic, citado este viernes con Jannik Sinner en las semifinales de Wimbledon, mantiene su rendimiento pese a los achaques y continúa compitiendo con una planificación milimétrica que combina trabajo físico funcional, recuperación y herramientas tecnológicas. Tras su triunfo ante Felix Auger-Aliassime en 5h 15m, el serbio explicó su enfoque: trabajar con el cuerpo, no contra él.
Novak Djokovic no ha sido históricamente el tenista más musculado, ni el más rápido, ni el de mayor potencia. Aun así, se ha distinguido por algo que lo coloca por encima: su fortaleza para sostener la exigencia máxima. Ulises Badio, fisioterapeuta argentino que acompañó el físico del serbio durante un lustro, lo resumía como “un Ferrari”. A sus 39 años, y con las inevitables consecuencias del paso del tiempo, Nole sigue enfrentándose de tú a tú a rivales con más juventud y continúa sorprendiendo por su capacidad para sobreponerse al desgaste.
La evidencia más reciente llegó el martes, cuando derrotó al canadiense Felix Auger-Aliassime en un partido de 5h 15m, el más largo que ha disputado nunca en Wimbledon.
Tras el pase a semifinales, Djokovic compartió su perspectiva con humor y resignación cuando le mencionaron comparaciones con Messi. Respondió que ojalá tuviera que jugar solo 90 minutos como él. Además, su intervención fue breve para lo habitual, de apenas cinco minutos, y se mostró con prisa por el siguiente compromiso: “En tres días juego contra el mejor del mundo”. Aunque en esta ocasión dispuso de dos días en la transición entre rondas, el serbio insistió en que, para un perfeccionista, cada segundo cuenta y que siempre busca anticipar la jugada uno o dos pelotazos antes, como quien domina el tablero de ajedrez.
“Intento trabajar con mi cuerpo, no contra él”, afirmó. Reconoce que su carrocería ya no es la misma, pero mantiene que su condición sigue siendo extraordinaria. Desde hace un par de años, los problemas y achaques se han vuelto constantes para el tenista de Belgrado, que aun así ha sostenido el rendimiento: será su octava semifinal de Grand Slam desde 2024. También valoró el margen extra de recuperación: “Tener un día extra es una buena noticia. Ya veremos… No sé que traerá el mañana”.
Boris Becker, que lo dirigió entre 2014 y 2016, recordó que el cambio de rumbo llegó antes de que esas rutinas se consolidaran. En 2010, Djokovic conoció al nutricionista bosnio Igo Cetojevic y modificó por completo su alimentación: eliminó el gluten y la carne. La base quedó en fruta, verduras, legumbres, frutos secos, semillas, comida integral y pescados blancos. “A partir de ahí, fui otra persona”, sostuvo, y añadió que “el azúcar provoca altibajos en la energía”. No cuenta calorías: “tan solo escucho a mi cuerpo”. Matiza que no se trata de seguir una dieta, sino de un estilo de vida.
Ese estilo integra un enfoque holístico y multidisciplinar que incluye yoga, meditación, ayuno y técnicas respiratorias. También recurre a gafas de cristales rojos y amarillos, dentro del biohacking, sin evidencias científicas.
En su estructura de trabajo también figura Miljan Amanovic, fisioterapeuta de máxima confianza y con conocimiento profundo de su cuerpo. Comenzó a trabajar con él en 2007, un año antes de que ganara su primer grande. Aunque continuó en la etapa de Ulises Badio, dejó de viajar por el circuito en 2017 por un infarto de corazón. Se reunieron en 2023. Amanovic sostiene que Novak es “un hermano para mí”. Su trayectoria comenzó en el baloncesto con Estrella Roja y, en paralelo al tenis, formó parte del equipo olímpico serbio en los Juegos de 2008, 2012, 2016 y 2021. Hoy, su función se centra en acompañar al serbio y en una preparación que evita las pesas y busca fuerza funcional y el core, además de ejercicios de estabilidad y estiramientos.
Djokovic resume su filosofía con una idea que repite: “Se trata de hacerlo de forma inteligente. He aprendido que menos es más”. Con el paso de los años, reduce las cargas y mejora la calidad. El descanso se vuelve clave: “La recuperación es más importante que entrenar”, añadió. Dos años atrás se rompió el menisco en Wimbledon y, un mes después, ganó el oro en París. Explicó cómo lo hizo: “Dormí la mayor parte del día e hice mucho trabajo en la camilla y en el agua”.
La prevención es el eje que guía su día a día desde que comenzaron los contratiempos musculares y articulares. Incluye una rotura abdominal y, en los últimos tiempos, una dolencia en el hombro derecho que le impidió ponerse a punto durante la gira de tierra batida. En Wimbledon, en cambio, llegó “más fresco” y lo reflejó especialmente en el duelo de cuartos. Era lógico esperar un bajón, como el que sufrió en enero cuando Carlos Alcaraz lo derrotó en la final de Melbourne; sin embargo, ante Felix Auger-Aliassime, de 25 años, mantuvo el ritmo hasta la resolución del quinto set y, en ese tramo, consiguió intercambios muy prolongados de lado a lado.
“A estas alturas, sigo siendo capaz de plantar cara a los jóvenes”, celebró. También señaló que intenta buscar lo que le aporte ventaja, incluida la mejor tecnología para el bienestar: cámaras hiperbáricas hasta criogénicas, inmersiones en agua fría, terapia con luz roja y terapia electromagnética pulsada. Subrayó que ha utilizado muchas cosas y que sigue empleándolas.
Además, recordó con un dato que Sinner debería tener presente que nadie ha ganado más partidos a cinco sets que él. En ese apartado, Djokovic suma 50, una cifra superior a Stan Wawrinka.
El contraste en esta edición se resume en un marcador simbólico: 7-0 y 0-7. El campeón de 24 grandes presume siete victorias y ninguna derrota, mientras que el de San Cándido, 15 años menor, acumula siete derrotas en los siete partidos que ha disputado hasta ahora. En los partidos que se han acercado a las cinco horas —más allá de las 4h 55m— se observa un caprichoso contraste competitivo: el serbio mantiene un registro impecable, mientras que el italiano sufre en escenarios que exigen un desgaste extremo.
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