
Imagen gracias a: El País (América)
El Mundial como escenario político: de Mussolini a Trump y de Qatar a España con Lamine Yamal
La historia de los Mundiales muestra una constante: el poder intenta aprovecharse de la pasión futbolística, aunque a la vez existen selecciones y futbolistas capaces de ir más allá del terreno deportivo. La edición que concluye en Nueva Jersey suma nuevos capítulos a ese vínculo entre deporte y política.
La trayectoria del Mundial está marcada por intentos del poder de servirse de la emoción que despierta el torneo. Sin embargo, también convive con el impacto que, por méritos propios, logran selecciones y futbolistas al trascender lo estrictamente deportivo.
Con solo cuatro palabras —“eso sí, sin franceses”—, Mariano Rajoy tensó el ambiente antes del España-Francia y devolvió la atención a un asunto que ya había sido protagonista en otro Mundial: el de 1998, celebrado en Francia. En aquella ocasión, la victoria del equipo liderado por Zidane se interpretó como un triunfo de la diversidad gala y pareció cerrar —solo pareció— el debate sobre si una selección étnicamente diversa podía representar a una nación europea.
El éxito de la black-blanc-beur, apodo popular de aquella Bleue que impulsó un breve clima de cohesión nacional alrededor de la idea de diversidad, es un ejemplo de cómo un Mundial puede quedarse en la memoria colectiva no solo por sus goles, sino por su carga política. Ese componente vuelve a aparecer ahora, con la intervención de Estados Unidos ante la FIFA en el Mundial que termina este domingo, una situación que hará que la competición se recuerde, más allá del fútbol, como una nueva demostración de arbitrariedad y abusos de poder asociados a la era Trump. También se proyecta una lectura simbólica si el domingo Donald Trump entrega la Copa del Mundo a España, un socio que critica con frecuencia, en presencia del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, al que también tiene como diana.
En numerosas ocasiones, la interpretación política del Mundial no nace del juego, sino de la voluntad de sus organizadores, que aprovechan la visibilidad para lanzar mensajes o reforzarse simbólicamente. Otras veces, el fenómeno surge de lo imprevisto. En Qatar 2022, el torneo, concebido como una operación de marketing, abrió un debate que fue más allá del terreno futbolístico: se discutieron los derechos de las mujeres y la criminalización de los homosexuales en el país árabe, además de la complicidad de los Estados democráticos.
Incluso gestos dentro del campo han cargado significado político. Los jugadores de Alemania posaron cubriéndose la boca con las manos durante el Mundial de Qatar de 2022 por la censura de la FIFA al uso del brazalete arcoíris en defensa de los derechos de las personas LGTBIQ+.
Cuando lo imprevisto se impone y otorga al Mundial una dimensión política —o incluso histórica—, el ejemplo más citado ocurre en México 86 con los dos goles de Maradona a Inglaterra: el primero, descrito como un dechado de pillería; el segundo, como una muestra de habilidad. En ese segundo tanto también se vio una forma de revancha futbolística argentina tras la derrota bélica en Las Malvinas. “Era como ganarle a un país, no a un equipo”, recordaría años después el Diez.
Así se ha ido escribiendo una historia política de los Mundiales, y la edición que este domingo se cierra en Nueva Jersey suma nuevos capítulos.
Ostentación de poder
Los casos de instrumentalización del Mundial por parte de poderes autoritarios se repiten. Benito Mussolini utilizó el Mundial de 1934 en Italia —que además ganó la Azzurra— para hacer propaganda del Estado fascista. El triunfo llegó derrotando en el camino a la España republicana, en la ruta que abrió lo que después se conoció como “la maldición de los cuartos de final”, hace ya tiempo superada. Además, Mussolini ganó con jugadores argentinos y brasileños nacionalizados.
El uso propagandístico también aparece en otros contextos: el triunfo albiceleste en Argentina 78, con Kempes como estrella, fue aprovechado por la dictadura de Jorge Rafael Videla para blanquearse. Más adelante, en Rusia 2018, Vladímir Putin mostró —o fingió— un acercamiento a Occidente mientras realizaba una ostentación de poder, incluida la imagen de todas las autoridades mojándose bajo la lluvia mientras él era protegido por un paraguas.
“El modelo siempre es el mismo. Aprovechando el enorme potencial simbólico y la exaltación identitaria del Mundial, el mandatario trata de presentarse como algo unido a la nación, como si fueran una sola cosa, sea Mussolini, la junta militar [argentina] o el emir de Qatar”, explica el historiador Alejandro Quiroga, director del Máster sobre Nacionalismo e Identidades Nacionales de la Complutense, que ha estudiado la dimensión política del fútbol. Quiroga añade que los líderes buscan un “reforzamiento de su imagen para consumo interno” y una “promoción de su régimen” que traspasa las barreras de su país.
La lectura no se limita a dictaduras. Quiroga aclara que también las democracias aprovechan políticamente sus Mundiales. Un ejemplo es España 82, concedido durante el franquismo, que terminó sirviendo a las autoridades para mostrar la modernización de un país recién incorporado al concierto de naciones democráticas.
Además, la elección de la sede suele interpretarse en clave política. Los anfitriones recurren a lo que en geopolítica se denomina soft power. Sudáfrica en 2010 o Brasil en 2014 se reivindicaron como potencias regionales a la luz del macroevento. En ese sentido, la pregunta sobre qué país albergará la final del Mundial de España, Marruecos y Portugal en 2030 se entiende como un asunto con recorrido político.
No obstante, los planes de los anfitriones no siempre se cumplen. Brasil, que quería mostrarse floreciente, se encontró con protestas contra un Mundial visto como dispendio en un país con necesidades urgentes. En Sao Paulo en 2014, pancartas reclamaban: “No queremos un Mundial, queremos hospitales”.
Y cuando se trata de una dictadura, el intento de sportwashing —entonces no se llamaba así— de Videla en Argentina se debilitó cuando periodistas extranjeros que cubrían el Mundial descubrieron los relatos de las madres de desaparecidos que seguían concentrándose en la Plaza de Mayo. Con los focos apuntando, la posibilidad de que se exhiba lo que el poder quiere ocultar queda abierta.
El Mundial de Trump
La lectura de este Mundial se vincula inevitablemente a Donald Trump, que intentó poner el torneo al servicio de su discurso sobre la supuesta recuperación de la grandeza de EE UU. Su intervención, llamando al presidente de la FIFA para favorecer a un jugador de Estados Unidos, se presenta como otro ejemplo de la falta de límites con la que ejerce el poder. Por ello, el Mundial de 2026 se recordará en parte como el Mundial de Trump, previsto para que este domingo entregue el trofeo al ganador.
Aun así, el análisis no se reduce a lo personal. Xavier Ginesta, referente al hablar de fútbol como negocio y fenómeno cultural, sostiene que este Mundial tiene dos rasgos que lo distinguen. El primero es la “hipercomercialización” del evento, que acerca ya el fútbol a los formatos del deporte de masas en Estados Unidos, condicionados al máximo por la publicidad. El segundo es el “triunfo de la interculturalidad” en un contexto de proliferación de discursos en su contra. Ginesta, autor de La disneyització del futbol (Eumo, 2021), indica que si se observa la diversidad que muestran la mayoría de selecciones ante audiencias televisivas globales, de las cuales Francia fue solo un ejemplo, queda claro que “el rancio concepto nacional” asociado al “patrón étnico” está “desfasado”.
Los significados de La Roja
Las selecciones también pueden servir como excusa para construir narraciones políticas, y España no es una excepción. Alejandro Quiroga, autor de Goles y banderas. Fútbol e identidades nacionales en España (Marcial Pons, 2014), subraya que el éxito de La Roja en 2010 se utilizó para vehicular mensajes a favor de las ventajas de la “integración” de la diversidad interna de España en un momento en que empezaba a emerger el conflicto catalán.
Quiroga recuerda que, en distintos momentos, el relato cambió: “Los mismos que unos años antes decían que eso de tener jugadores de todas las comunidades era malo, porque los vascos y los catalanes no sienten los colores, en 2008 y sobre todo 2010 pasaron a decir que Xabi Alonso aportaba a la selección esa fuerza vasca y Xavi esa elegancia catalana que tan bien mezclan con los rasgos del resto de territorios españoles”.
El impulso a ese entusiasmo por la diversidad se explica por dos factores. El primero, según Quiroga, es que se volvió útil para un discurso político de unidad con muchos valedores en la política y los medios. El segundo es que la selección ganaba, lo que dejaba en la marginalidad a quienes quisieran descargar prejuicios contra ella. “Veníamos de años de lo que yo llamo la narrativa de la furia y el fracaso. Teníamos mucha pasión, sí, pero perdíamos. Y de repente, en 2008 y 2010 [ganando la Eurocopa y el Mundial, respectivamente] nos sacudimos todo aquello y se quedó una selección victoriosa sobre la que era muy fácil hacer proyecciones simbólicas”, expone.
Ginesta, profesor de Comunicación y Deporte en la Universidad Central de Catalunya, ve en la selección española actual un ejemplo de cómo un equipo puede ser más que un vehículo para la exaltación patriótica y albergar significados complejos. Para explicarlo plantea la hipótesis de que España gane con un gol de Lamine Yamal. En ese escenario, determinados partidos que rechazan la inmigración de manera sistemática aplaudirían a un jugador de origen marroquí capaz de dar una final y convertirlo en sustituto de Leo Messi. Ginesta lo recalca con una formulación directa: “España puede ganar el Mundial con un gol de un musulmán de ascendencia afro”.
Si ese desenlace ocurriera, quedaría abierta la lectura política del triunfo y, también, la crónica de Rajoy.
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