
Imagen gracias a: El País (América)
Marruecos y Francia: la “petite différence” detrás del Mundial
El texto plantea que muchos futbolistas marroquíes que juegan en Marruecos y no en Francia lo hacen porque en Francia no tendrían lugar. En paralelo, reflexiona sobre el choque entre selecciones con historias migratorias cruzadas y el modo en que, en el campo, Mbappé, Dembélé y compañía marcaron diferencias.
Los muchachos que juegan en Marruecos y no en Francia lo hacen, de acuerdo con el planteo del artículo, porque en Marruecos sí tienen espacio mientras que en Francia no lo tendrían. Mbappé, Dembélé y el resto del equipo francés son presentados como el ejemplo que dejó ver esa “petite différence”.
El texto abre con una referencia a la conversación entre Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, que iniciaron un intercambio en torno a la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Cuatro años después, retoman esa serie titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’ para seguir, con la misma pasión, el día a día de este otro Mundial que organizan EEUU, México y Canadá.
En el desarrollo, el autor incluye una nota sobre Messi: se menciona que el futbolista, el más rico de los jugadores, nunca fue comprado ni vendido, y que no lo adquirieron el Barça, el PSG ni el Miami, como si solo hubiera sido aceptado regalado o sin precio. A partir de ahí, el artículo sostiene que Messi y Argentina jugaron mal contra Egipto: se afirma que el equipo estuvo muy por debajo durante el 85% del partido y que recién pudo ponerse cero a dos, momento en el que aparece el “efecto Francia” para describir una remontada que se compara con la final del Mundial anterior.
El texto critica la forma en que se interpreta esa reacción: señala que los medios y los cuartos convierten esos quince minutos en un triunfo épico e histórico, como si el equipo argentino hubiera recibido un tsunami, cuando el argumento central es que el verdadero golpe fue el mal desempeño acumulado durante gran parte del encuentro. También cuestiona que se atribuya la remontada al corazón, el fuego sagrado y el orgullo invencible, destacando que esos elementos habrían estado ausentes durante la mayor parte del partido y recién se verían cuando ya estaban “hechas” las cagadas.
La nota remarca que, para el autor, el equipo argentino todavía no funciona: se citan la debilidad defensiva, laterales desiertos, la tozudez de entrar tocando por el medio, la falta de gambeta y de desborde. En ese marco, se menciona que el entrenador se empecina en los mismos jugadores y que el “gran capitán y salvador” pierde casi todo lo que toca, con 27 bolas este martes. Se reconoce que el rescate llegó mediante pelotas en el aire, pero se afirma que haría falta algo más.
Luego, el artículo ubica el camino siguiente: Argentina jugará por los cuartos de final de la Copa del Mundo contra Suiza tras haberles ganado por los pelos a Egipto, Cabo Verde, Jordania, Austria y Argelia. También aparece una reflexión sobre la suerte y la continuidad del torneo.
A continuación, la pieza se detiene en una comparación sobre correr y caminar: el autor aclara que no está en contra de quienes caminan, y sostiene que, si se miran a los tres grandes goleadores del “circo” cuando no están cubriéndose de gloria, hay dos que “se pasan los partidos caminando”, mientras que el único que corre de aquí para allá sería Mbappé. En contraste, se afirma que Messi y Haaland van “pasito a pasito”, como quien recorre un centro comercial mirando las vidrieras.
El texto también aborda una idea de percepción pública: dice que ahora millones en el mundo creerán que la Argentina es el “mimado de la FIFA”, el “caballo del comisario” y el equipo del poder, y plantea la incomprensión de ese lugar para el país. En ese sentido, afirma que antes se tenía compasión por el gobierno de un tonto y que después se pasa a la detestación por la intención de favorecer a los malos.
En el tramo final, el artículo centra la atención en el cruce entre Francia y Marruecos. Se explica que Francia invadió Marruecos en la segunda mitad del siglo XIX y lo colonizó hasta 1956. Desde entonces, por diferencias económicas y represión de la monarquía, emigró una cantidad de magrebíes hacia Francia. El texto sostiene que allí viven unos 3 millones de marroquíes o descendientes, sobre todo en barriadas suburbanas, y que muchos se consideran muy poco franceses. Se afirma que, discriminados durante mucho tiempo, no desean integrarse y conservan sus lenguas y costumbres, con documentos franceses pero con la idea de que ganarle a Francia en el fútbol es un placer intenso, una revancha imaginaria contra el racismo concreto que sufren a diario.
El autor incluye una experiencia personal sobre racismo galo: relata que durante sus años de licenciatura en historia en París no tuvo los papeles en regla. Menciona que a fines de los ’70 todavía era posible por la burocracia estatal basada en carpetas en sótanos húmedos, y que vivía “felizmente ilegal”, temiendo controles policiales en razzias en la entrada del metro, a la salida de recitales. Señala que, al ser “jovencito” y “blancuzco”, lo dejaban pasar con simpatía mientras paraban por sistema a árabes y negros.
Con ese marco, el texto afirma que todo se jugó en un partido entre dos selecciones de orígenes simétricos. Se indica que solo siete de los 26 seleccionados marroquíes nacieron en Marruecos; el resto serían hijos de migrantes a Francia, España, Bélgica, Holanda, que eligieron no jugar por su país de nacimiento sino por el de sus padres. Del lado francés, se sostiene que solo tres de los 26 jugadores descienden de familias francofrancesas, mientras que los otros 23 son hijos de migrantes —mayormente africanos— que aplicaron el derecho de suelo y no el de sangre. El artículo resume ese duelo como un enfrentamiento entre hijos de inmigrantes más y menos integrados: unos jugaron a favor del país que recibió a sus padres y otros en su contra.
Para cerrar, se plantea que el equipo potente de Marruecos no existiría si los grandes países europeos trataran mejor a sus inmigrantes. También se remarca que, pese a camisetas distintas, casi todos los jugadores se formaron en el entorno y las escuelas europeas, y que se nota en el juego por técnicas comunes que sostienen el talento individual. Sin embargo, el autor sostiene que hoy el talento se ve “más francés que marroquí” por una razón futbolera: muchos de los muchachos que juegan en Marruecos y no en Francia, Alemania o España lo hacen porque en esos países no tendrían lugar, y por eso los marroquíes aguantaron lo que pudieron y se desmoronaron cuando Mbappé, Dembélé y compañía mostraron la “petite différence”.
El texto termina con una referencia al calendario del torneo: indica que España intentará volver a enfrentar a los gabachos el 14 de julio. Además, incluye una observación sobre la papa frita y la tortilla de patatas, con la idea de que las papas fritas serían torpeza frente a una tortilla bien ligada.
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