
Imagen gracias a: El Universo
Barcelona SC y Emelec evalúan el giro legal: el impacto de una SAD sobre la memoria del club
La eventual adopción de la figura de sociedad anónima deportiva abre un debate sobre cómo cambiaría la administración, la propiedad y la forma de evaluar el rendimiento de Barcelona y Emelec. Los socios deben analizar consecuencias antes de resolverlo.
Pronto Barcelona y Emelec podrían dejar de ser tratadas como clubes y pasar a hablarse de ellas como empresas, con reportes asociados al balance general o estado de situación financiera, estado de resultados, flujo de caja y rendimiento de acciones. En ese escenario, el foco ya no estaría en el directorio del club, sino en la junta general de accionistas, encargada de recibir el informe de auditoría externa, el reporte del comisario, el estado de depreciación y amortización y el retorno de la inversión.
La discusión aparece en medio de un panorama económico que deja dudas sobre el uso del dinero: qué se hizo con la plata, en qué se invirtió, quién la derrochó o se la llevó. En 2020, el presidente vitalicio, expresidentes y socios distinguidos de Barcelona pagaron el valor de una auditoría independiente a la deuda crecida del club. Ese informe señaló, con nombres y apellidos, a los autores del desastre. El texto recuerda que, en cualquier entidad del mundo, se habría acudido a las autoridades judiciales para acusar a quienes abusaron del patrimonio.
También se cita un antecedente: en 1999, en Argentina, el caso de Racing de Avellaneda derivó en una acción judicial que terminó con el arresto del presidente en funciones y de sus dos antecesores. En Barcelona, en cambio, no habría ocurrido nada. Los responsables de la administración fraudulenta se pasean por las instalaciones del club y uno de ellos incluso intentó volver a postularse a la presidencia.
Barcelona y Emelec, por su condición popular, fueron históricamente símbolos de interés político y se vieron intervenidos por partidos o agrupaciones que buscaban convertirlos en centros depositarios de votos. José Francisco Cevallos, en una entrevista con el diario El Comercio en noviembre de 2018, mientras era presidente canario y analizaba su posible candidatura a la Prefectura del Guayas, sostuvo que la popularidad del club daba proyección pública a sus dirigentes y usó la expresión “Barcelona es una marca política dentro del país.”. Mario Canessa, periodista y columnista de EL UNIVERSO en ese momento, criticó esa postura y afirmó que Cevallos cometió “una gran confusión conceptual”.
Más allá de si se trata de confusión o realidad, el artículo plantea que Barcelona es un reducto político, al igual que Emelec, y que el desastroso panorama económico de ambas entidades ha llevado a directivos y socios a considerar abandonar la ficción contenida en la Ley del Deporte, que define: “Las organizaciones deportivas son entidades de derecho privado sin fines de lucro, con finalidad social y pública”, para adoptar la figura de las sociedades anónimas deportivas.
La deuda de Barcelona se describe como uno de los misterios del deporte ecuatoriano. Hasta cuando se realizó la auditoría, alcanzaba los $ 52 millones, aproximadamente; además, se mencionan versiones sin confirmar que indican que hoy llegaría a $ 70 millones. En el caso de Emelec, se afirma que su deuda sería de $ 35,8 millones.
Ante la gravedad de estas cifras, la necesidad de atraer inversionistas y capital fresco, y la búsqueda de un modelo de administración más estable y profesional a largo plazo, en la asamblea extraordinaria de socios del 23 de julio de 2026, la dirigencia de Emelec anunció la creación de una comisión jurídica para estudiar la transformación del club en una sociedad anónima deportiva (SAD). En Barcelona, el texto indica que hasta el momento no se ha anunciado nada, aunque menciona informaciones de periodistas con credibilidad que señalan que socios muy importantes estarían pensando en plantear el tema.
El artículo se pregunta cuáles serían las consecuencias de adoptar la figura legal de una sociedad anónima deportiva y sostiene que los socios de ambos clubes del Astillero deberían conocerlas antes de resolver. Las implicaciones se describen como profundas: el club dejaría de operar como una asociación civil sin fines de lucro para convertirse en una sociedad con accionistas.
Entre las principales derivaciones, los socios dejarían de ser propietarios del club. Actualmente, Barcelona y Emelec pertenecen a sus socios, quienes eligen al presidente y a la directiva. En una SAD, la propiedad se representa mediante acciones: quien tenga la mayoría de las acciones tendría el control de las decisiones estratégicas, y los nuevos dueños serían los inversionistas, como ocurre en cualquier empresa.
Asimismo, la gestión de la SAD quedaría orientada por criterios de rentabilidad, sostenibilidad financiera y gobierno corporativo, con directorios, auditorías y un mayor control contable.
El texto incorpora una reflexión personal sobre los recuerdos futboleros y retoma una frase atribuida a Gabriel García Márquez: “Los recuerdos son la forma en que nos aferramos a las cosas que amamos, las cosas que somos y las cosas que no queremos perder jamás”. A partir de ello, evoca la general del viejo estadio Capwell y pasajes vinculados a tribuna y afición, incluyendo camisetas encharcadas tras 90 minutos de competencia, goles memorables de Chuchuca o Carlos Raffo, cabriolas de Pajarito Cantos, carruseles del Loco Balseca y sus duelos con Luciano Macías, la maestría de Pelusa Vargas y del Pibe de Oro Bolaños, la calidad del Quinteto de Oro y de los Cinco Reyes Magos, la salida elegante del Mariscal Gonzabay, la exquisitez de Carmelo Galarza y cientos de nombres y sucesos. Todo ese patrimonio emocional se presenta como parte de la memoria de miles de aficionados.
Sin embargo, el artículo advierte que cuando un club se convierte en SAD corre el riesgo de que la memoria ceda ante el balance financiero. Los recuerdos del barrio, las tardes de tribuna heredadas de padres a hijos, las glorias compartidas y también las derrotas que forjaron el carácter institucional podrían empezar a valorarse no por su significado histórico, sino por su rentabilidad. En esa lógica, el hincha dejaría de sentirse copropietario de un legado para convertirse en cliente de una marca.
Se plantea que una sociedad anónima deportiva puede ayudar a ordenar las cuentas, pero también puede hipotecar el alma del club. Donde antes gobernaban la memoria, la identidad y el sentido de pertenencia, pasarían a imponerse los estados financieros, las utilidades y el retorno de la inversión. En ese contexto, el escudo dejaría de ser solo un símbolo de afectos para transformarse también en un activo empresarial.
El texto sostiene que las SAD podrían borrar para siempre nombres ligados a la historia del viejo barrio del Astillero, como George Capwell, Eutimio Pérez, Gallo Ronco Murillo Moya, Pan de Dulce Aguirre, Ruffo López, Victoriano Arteaga, Eloy Carrillo, Enrique Baquerizo Valenzuela, Miguel Salem Dibo, Wilfrido Rumbea o Rulimán Guerrero. Advierte que un tsunami de cifras, cálculos y rendimientos financieros podría arrasar los cimientos sentimentales del Astillero, acercando el paso de una comunidad de pertenencia a una comunidad de inversión. En esa transición, el club podría dejar de ser patrimonio sentimental de varias generaciones para convertirse, en alguna medida, en un activo económico.
Por último, el artículo agrega un escenario adicional: si el inversionista principal no logra sostenerse financieramente, el club quedaría expuesto a una nueva crisis. Un grupo económico podría concentrar el control y reducir la participación de los antiguos socios, y la búsqueda de utilidades podría llevar a priorizar decisiones comerciales sobre las deportivas.
Con ese panorama, concluye que este es el marco sobre el que deben decidir los socios de los clubes del Astillero. (O)
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