Por qué Barcelona y Emelec siguen moviendo a su gente pese a la caída

Imagen gracias a: El Universo

Por qué Barcelona y Emelec siguen moviendo a su gente pese a la caída

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Barcelona y Emelec no se sostienen solo por la tradición deportiva: para muchos hinchas, el sufrimiento se vuelve una forma de resistencia. El texto también acusa a directivos negligentes y plantea que futbolistas y entorno han degradado la mística de los clubes.

La tragedia de Barcelona y Emelec, junto con la muerte del deporte guayaquileño, remite a un episodio de la historia porteña de los años 50: la novela Camay.

A las 20:00, la ciudad se detenía para sintonizar radio América, cuyos micrófonos daban vida al drama escrito por el cubano Félix B. Caignet, con un elenco de actores del medio: Delia Garcés, Concha Pascual, Antonio Hanna, Luis Patiño, Paquita Ocaña, Carlos Cortez, Leonel Sarmiento y otros nombres que se vuelven difíciles de recordar.

¿Qué llevaba a que Guayaquil entera se reuniera alrededor de un receptor para acompañar el sufrimiento de las peripecias de mamá Dolores y Albertico Limonta en El derecho de nacer, o de Renzo el gitano y el conde Rodolfo Farnesio en El violín del gitano? Ricardo Piña Menéndez, amigo y hermano piscinero, doctor en Psicología y especialista en adicciones, ofreció una explicación larga cuando se le consultó por qué una parte del público continúa siguiendo a Barcelona y Emelec sin atender a sus fracasos prolongados y estruendosos: los canarios, fuera de la Copa Libertadores, y los azules, eliminados de la Copa Ecuador por un equipo desconocido.

Piña Menéndez plantea una paradoja del comportamiento humano: el placer de buscar el dolor. Lo describe como un fenómeno visible en el consumo nocturno de telenovelas, donde el espectador se sumerge en dramas intensos, llora con las tragedias de los protagonistas y encuentra una satisfacción difícil de explicar en ese sufrimiento elegido. La psicología lo nombra como “masoquismo benigno” o “paradoja de la tragedia”: se busca el drama porque la catarsis, protegida por la distancia de saber que es solo una pantalla, hace sentir vivos y a salvo.

Sin embargo, el doctor señala un espacio donde esa distancia estética se desvanece y el dolor se vuelve real, crónico y destructivo: las tribunas de un estadio de fútbol.

A partir de notas manuscritas, explica que cuando el gigante que dominó los altares del deporte navega a la deriva, el hincha contemporáneo de un club histórico en decadencia queda atrapado en el mismo ciclo de sufrimiento masoquista, pero sin la garantía de un final feliz. Semana tras semana, el público asiste al estadio o se sienta frente al televisor para presenciar una tragedia repetitiva: directivas negligentes que administran el patrimonio con los pies, planteles de jugadores mediocres que arrastran la camiseta sin comprender su peso y un vestuario donde el amor propio y el respeto por los colores parecen haberse perdido en el mercado de fichajes.

El razonamiento continúa: al igual que el adicto al melodrama, el hincha sufre la humillación de la derrota, aunque no se marcha. La pasión no disminuye con el fracaso; se transforma en un lazo de lealtad inquebrantable sustentado en la nostalgia de lo que fue y en la esperanza de lo que podría volver a ser. En esa lectura, el fútbol de élite habría convertido la fidelidad deportiva en una adicción al sufrimiento: alentar a un grande caído sería la forma más pura —y dolorosa— de resistencia humana.

Ante el presente desolador de dos equipos porteños que alguna vez representaron grandeza, el refugio del hincha se ubica en la memoria, donde el equipo todavía se percibe invencible. Evocar los años gloriosos funciona como supervivencia: recordar el rugido de un estadio repleto, las tardes en que la camiseta imponía respeto solo por pisar la cancha y los ídolos que se entregaban con el corazón.

El derrumbe de esos gigantes no se limita a despachos con aire acondicionado. También aparece en el césped. En el fútbol de antaño, vestir la camiseta de un club histórico implicaba un compromiso serio: una combinación de talento y un respeto casi sagrado por los colores. Esa mística, apreciada desde niños en las graderías del estadio Capwell o en el Modelo, habría sido reemplazada por apatía. El camerino se llenó de futbolistas mediocres, descritos como actores de reparto sin carisma, que recorren la cancha sin comprender la dimensión del templo que habitan.

El texto sostiene que el futbolista actual —con excepciones— prioriza la comodidad por encima del compromiso. Protegido por contratos inflados y por un periodismo alcahuete, transita los 90 minutos con falta de amor propio. En esa visión, el club deja de ser un destino de gloria para convertirse en un trampolín financiero. La derrota no se sufre como tal: se procesa como un trámite más, mientras la tribuna se desangra en llanto. Ver la indiferencia vestida con los colores que antes defendieron héroes transforma el dolor en humillación cotidiana, y la contradicción de la tribuna se completa al obligar a un público con memoria de oro a alentar a ídolos fabricados con lodo.

La mayoría de los dirigentes, según el planteamiento, habría olvidado que gestiona sentimientos de generaciones enteras, tratando la historia del club como una marca comercial en liquidación. Con negligencia y soberbia, habrían convertido el legado de los antecesores en un inventario de deudas, promesas rotas y proyectos sin alma que naufragan antes de nacer.

También se afirma que en Barcelona y Emelec se destruye en pocos años lo que tardó décadas en construirse: se reemplaza la mística de las viejas glorias por comunicados oficiales y ruedas de prensa que esquivan la realidad. Para el seguidor fiel, que el escudo esté en manos de mercaderes representa la peor de las traiciones: no se trata solo del golpe de la derrota, sino de la certeza de que el club está huérfano de líderes que lo amen.

Al final, cuando las luces del estadio se apagan y la multitud se dispersa cabizbaja, queda al descubierto la verdad más profunda de esa adicción al sufrimiento. Alentar a un gigante caído no sería un acto lógico, sino un testamento de fe y resistencia humana.

El hincha, según el texto, no se queda por la directiva indolente, ni por jugadores que no merecen la camiseta, ni por “analistas” que justifican todo con el “error táctico”. Se queda porque el club es identidad, infancia y un lazo invisible que lo une a sus antepasados, incluso si el “periodismo moderno” niega el valor de ese sentimiento. Aunque el presente se vista de derrota y olvido, el seguidor fiel continuaría acudiendo a la cita con su dolor, custodiando las cenizas desprendidas de ese fuego que alguna vez fue eterno, con la esperanza constante y nostálgica de que la grandeza, tarde o temprano, recupere el lugar que la historia le reservó. (D)

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