Fútbol de Guayas en crisis: debate sobre el rol del periodismo y la pérdida de sentido crítico

Imagen gracias a: El Universo

Fútbol de Guayas en crisis: debate sobre el rol del periodismo y la pérdida de sentido crítico

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El deporte en Guayas atraviesa un escenario dramático. El texto plantea que, en lugar de crítica independiente y orientadora, hoy predominan la propaganda y las relaciones públicas, mientras el fútbol profesional se debilita y los clubes enfrentan problemas administrativos y deportivos.

El artículo sostiene que el deterioro no se limita al fútbol, sino que alcanza al deporte en general en Guayas. Recuerda que, hasta hace pocos años, la oferta de escenarios permitía elegir cada día: fútbol en los estadios Capwell, Modelo, Unamuno y también en ligas de novatos; béisbol en el Reed Park y luego en el Yeyo Úraga; básquet en el Huancavilca y después en el coliseo Voltaire Paladines; boxeo en el Huancavilca, LDE, River Oeste o en el Abel Jiménez.

También menciona otras disciplinas con escenarios específicos: ciclismo en el Modelo o en un circuito alrededor del Centenario; atletismo en la pista Víctor Emilio Estrada; lucha libre o pesas en el Huancavilca, la LDE o en la canchita de Puerto Liza con torneos del club Sevilla; hockey en patines en el Parque Infantil; natación en la Piscina Olímpica, la de Emelec, la del Tenis Club y hasta en la demolida Piscina del Malecón.

A partir de ese panorama, el texto afirma que todo ese entramado “murió” y que queda una estructura basada en un presupuesto millonario para invertir “en la nada”.

En el fútbol profesional, el autor califica la situación como dramática y propone revisar hemerotecas para encontrar el registro de grandes triunfos de Guayaquil y sus equipos, entre ellos Barcelona, Emelec, Everest, Norteamérica, Patria, 9 de Octubre, Panamá, Español, Chacarita Juniors, LDU de Guayaquil y Aduana.

Se describe un “día aciago” en el que todo se derrumbó y en el que, pese a que los equipos del Astillero sobrevivieron a un “tsunami” deportivo y siguieron triunfando y cayendo, la confianza en las plantillas que los representan se vuelve escasa. El texto atribuye parte del problema a “una mediocridad vergonzosa” en jugadores y a técnicos que, según el autor, no encuentran respuestas para futbolistas que tendrían dificultades para parar un balón.

Al mismo tiempo, se critica el manejo de recursos: el artículo señala que el derroche irresponsable sería la regla en dirigentes que no responden a nadie. En ese marco, recuerda dos auditorías en Barcelona. La primera, dada a conocer por la investigación de Diario EL UNIVERSO, provocó un escándalo en 2020. Luego se realizó una auditoría forense destinada a revelar quiénes y cuánto se derrochó, llevando al club a la quiebra, pero el texto indica que “no pasó nada”.

Sobre Emelec, el autor afirma que funciona como una “olla de presión”. Plantea que, tras una década brillante con cuatro campeonatos (tres de ellos consecutivos) y seis subtítulos, la reinauguración de su estadio y el ejemplo de administración eficiente, el club cayó en un pozo del que aún no puede salir luego del retiro de Nassib Neme.

El artículo también sostiene que los clubes del Astillero adoptaron una política equivocada al contratar futbolistas extranjeros y nacionales de oscura trayectoria, pero con sueldos comparables a los de “estrellas europeas”. En esa línea, critica que se entreguen camisetas a cualquiera que pase por el Capwell o el Monumental, cuando antes habrían estado cargadas de gloria. Según el texto, lo logrado en años previos habría sido malogrado por quienes no quieren jugar y no responderían al honor de ser profesionales, aunque se mantendría un espíritu amateur.

A partir de este diagnóstico, el autor plantea una pregunta central: “¿En qué medida es responsable de esta debacle técnica y moral el periodismo?”. Responde que, en gran medida, porque hoy se harían más relaciones públicas y propaganda que crítica independiente y orientadora. Una de las estrategias señaladas para elevar la imagen y maquillar lo mediocre sería desacreditar el pasado, denigrando a quienes la afición ya colocó en un pedestal.

El texto rememora su adolescencia como etapa en la que el público iba al estadio para disfrutar el fútbol. Se mencionan elementos estéticos y culturales del espectáculo, además de nombres ligados a jugadas y estilo: los túneles y sombreros; las cabriolas de Loco Balseca y Tiriza; la picardía de Enrique Cantos y Daniel Pinto; los golazos de Chuchuca, el Maestrito Raymondi y Raffo; los cañonazos del Chanfle Muñoz; las voladas de Alfredo Bonnard, Cipriano Yulee y Pablo Ansaldo; y la creatividad e inteligencia de Jorge Bolaños, Pelusa Vargas, Gerardo Layedra, Humberto Barreno, Colón Merizalde o el Chamo Flores.

El autor sostiene que existía deleite en la cancha con actores que “ganaban unos pocos sucr es” pero dejaban todo en el campo de juego, y que las órdenes tácticas no parecían importar tanto como el rendimiento mostrado. En contraste, afirma que hoy ocurre igual o peor: le atribuye al público desinterés por la numerología táctica —línea de tres, carrileros, doble cinco, segunda punta y zona de gestación— y describe que los aficionados acuden con cornetas, vuvuzelas, matracas, tambores, banderas gigantes, camaretas y bengalas, de modo que se observa menos el partido por la intensidad de los saltos y los cantos.

Luego, el artículo indica que al día siguiente los ‘sabios tacticistas’ explicarían lo ocurrido en el campo con una mezcla de invención y comedia, apoyándose en geometría, matemáticas, trigonometría y física cuántica.

También se menciona un cambio en la actitud de los futbolistas: el texto afirma que han alcanzado un nivel de engreimiento que los lleva a verse como vedettes intocables. En esa descripción, se plantea que quien intenta avanzar se enreda y termina “patas arriba”, mientras se dispondría de una escuadra de tres custodios para evitar el contacto con el público.

El autor contrasta el presente con el pasado en el modo de llegar y presentarse: se habla de uniformes lavados en máquinas especiales, botines lustrados y coches de último modelo, con egoísmo y soberbia. Se señala que ya no harían falta maletines porque “todo está en el vestuario”. En cambio, se describe que antes los futbolistas llegaban a pie, en bus o en bicicleta, saludaban al público y llevaban el maletín con botines, camisa, pantaloneta y polines lavados por la mamá, las abuelas o incluso la novia.

El artículo concluye que antes eran futbolistas “monumentos de lucha” y de entrega, mientras que hoy serían “millonarios precoces” y hombres de negocios severos.

Para ilustrar esa diferencia, el texto afirma que una foto hallada en el archivo retrata a los jugadores del Barcelona en 1965 en el estadio Modelo: a pleno sol, en un banco de madera, con el presidente Sabino Hernández Martínez junto a ellos. El autor contrasta esa imagen con una actualidad en la que los jugadores no estarían en un palco refrigerado degustando champán, sino en una cabina techada y sentados en asientos más sofisticados, comparados con los first class de una compañía de aviación árabe, como consecuencia de una modernidad que, según el texto, no siempre significa avanzar.

Finalmente, el autor explica que incluyó la palabra “sueños” en el título para referirse a lo que vio en el partido de ida entre PSG y Bayern Munich, considerado por él como uno de los dos mejores partidos que ha visto en su vida. Señala que el otro ocurrió el 29 de noviembre de 2010 en el Camp Nou, cuando el FC Barcelona goleó por 5-0 al Real Madrid, y que la crítica lo catalogó como “el partido perfecto”.

Se cita a Jorge Valdano para describir cómo ciertos encuentros se convierten en un motivo para que “crezca el césped como Dios manda” y para que el fútbol sea un espacio verde para ser libres, donde al balón hay que sacarle música y un estadio lleno funciona como un teatro de ópera que, cuando es de calidad, provoca “bravos” y explosiones de alegría.

El artículo cierra indicando que el autor vio el partido en el canal oficial de la Liga de Campeones, con Valdano de comentarista, y que un campeón del mundo como él no habría usado expresiones usuales de la “generación idiota”.

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