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Barcelona Sporting Club y el plan SAD: la conversión no elimina las deudas
La transformación a Sociedad Anónima Deportiva no borra obligaciones ni garantiza un “cero” en el pasivo. Antes de cambiar el modelo, se debe establecer con claridad el valor real del club y el monto exacto de lo que debe Barcelona.
Barcelona Sporting Club atraviesa uno de los momentos más oscuros de su historia, en un escenario marcado por inestabilidad institucional y una situación económica que sigue sin quedar completamente esclarecida. La conducción del club quedó en manos de un vicepresidente encargado tras la salida de su presidente, mientras Miguel Montalvo tomó una decisión relevante: no convocar de inmediato a elecciones.
El 12 de agosto, Montalvo anunció que permanecerá al menos hasta el final de la temporada y que, en los siguientes 60 días, buscará impulsar una reestructuración institucional con la llegada de un director general. En paralelo, se declaró partidario de transformar a Barcelona en una Sociedad Anónima Deportiva (SAD).
El debate alrededor de la SAD ha ganado impulso en radios y canales, con apoyo de personas que, según el planteamiento del texto, no conocen con precisión qué implica este modelo ni qué ocurre con las obligaciones existentes. La idea que circula es que, al convertirse en SAD, desaparecerían las deudas y el club podría volver a contratar jugadores de la dimensión de Moacir, Toninho Vieira, Marcelo Trobbiani o Víctor Epanhor.
Sin embargo, una Sociedad Anónima Deportiva es, jurídicamente, una empresa cuyo capital se divide en acciones. En este esquema, los socios actuales dejan de operar bajo la lógica tradicional de “un socio, un voto” propia de las asociaciones, y el poder pasa a depender de la participación accionaria. La legislación ecuatoriana ya contempla esta posibilidad: el reglamento de la Superintendencia de Compañías fue expedido el 23 de junio y publicado el 24 de junio de 2026.
El punto central es que la transformación no borra las deudas ni elimina los compromisos del club. La SAD es la continuadora jurídica de Barcelona y hereda derechos y obligaciones: contratos y reconocimientos deportivos. Por ello, si Barcelona adeuda $ 60 millones o $ 72 millones, Barcelona SAD no nacería automáticamente con un pasivo en cero. Antes de avanzar, el texto sostiene que debe explicarse con claridad el volumen real del pasivo.
En Barcelona no se ha conocido con exactitud el monto verdadero del pasivo, salvo en una excepción. Durante la presidencia de José Francisco Cevallos, cuando la situación se agravó, Juan Alfredo Cuentas se desempeñaba como vicepresidente financiero. Consultado por las deudas en un diario, dio una cifra cercana a $ 23 millones y luego aclaró que ese valor no correspondía al total, que alcanzaba los $ 38 millones. Posteriormente, con una auditoría externa pagada en 2019 por expresidentes y socios distinguidos, se determinó que el club se encaminaba hacia una catástrofe con una deuda de casi $ 52 millones, incluyendo préstamos a privados no bancarizados.
La cifra vuelve a aparecer como un eje del debate. En febrero, cuando Montalvo ya había mencionado convertir a Barcelona en empresa, El Comercio publicó que el club mantenía una deuda acumulada de aproximadamente $ 60 millones. A partir de allí, el texto plantea la necesidad de responder si el monto es $ 60 millones, $ 72 millones u otro valor, y sobre todo qué contiene exactamente ese pasivo.
No sería lo mismo deber $ 72 millones a bancos que deber esa suma sumando obligaciones tributarias, jugadores, exjugadores, proveedores, intereses, juicios, compromisos contingentes, anticipos de derechos comerciales, obligaciones con empresas relacionadas, deudas con terceros vinculados a dirigentes, entre otros rubros. Un inversionista serio, según el planteamiento del artículo, pediría balances auditados, estado de resultados, detalle de acreedores y antigüedad de cada deuda, además de obligaciones tributarias y laborales, deudas con futbolistas y agentes, litigios pendientes, sanciones o reclamaciones deportivas, préstamos bancarios y garantías otorgadas, contratos que comprometan ingresos futuros, activos reales del club, derechos comerciales sobre jugadores y de nombre y marca, ingresos por televisión, patrocinadores y taquillas, situación jurídica del estadio y demás bienes, y especialmente operaciones con empresas o personas vinculadas a distintas administraciones.
Además, el propio marco ecuatoriano exige que los estados financieros auditados sean la base para determinar el patrimonio neto y el capital social inicial de la futura SAD. Por eso, el texto insiste en que primero hay que conocer cuánto vale realmente Barcelona.
El artículo también plantea un escenario hipotético: si aparece un empresario con intención de comprar acciones, su primera pregunta sería cuánto vale el club; la segunda, cuánto debe; la tercera, qué está comprando exactamente; y la cuarta, cuánto tendría que aportar después para que vuelva a ser viable. Invertir $ 20 millones para adquirir acciones de una empresa que debe $ 72 millones, advierte el texto, no resuelve por sí mismo el problema: el inversionista podría necesitar otros $ 30, $ 40 o $ 50 millones para capitalizarla, pagar acreedores, reforzar el equipo, financiar operaciones y recuperar competitividad.
En ese contexto, el texto menciona una conversación con Víctor Hugo Alcívar, con trayectoria bancaria y comercial. La discusión se centró principalmente en Emelec, pero el autor considera que la postura sería la misma respecto a Barcelona. El modelo de SAD, según lo explicado, puede aportar lo que el club necesita: gobierno corporativo y responsabilidad económica. La SAD quedaría bajo la supervisión de la Superintendencia de Compañías, con mayores exigencias contables, auditoría y controles financieros. También se abre la posibilidad de dividir el capital en acciones e incorporar inversionistas.
Así, bien diseñada, una SAD podría reemplazar el viejo sistema de favores presidenciales, negocios con amigos, decisiones improvisadas y errores técnicos, por un manejo basado en accionistas, resoluciones de un directorio y una administración profesional, sujeta a presupuesto, auditorías periódicas, controles y responsabilidad.
No obstante, el texto cierra con una advertencia: la transformación jurídica no genera dinero por sí misma. Una SAD puede facilitar la entrada de capital, pero alguien tiene que ponerlo. Ese aporte puede llegar mediante aumento de capital, venta de acciones, inversión de un grupo empresarial, venta de activos, explotación comercial, patrocinadores, emisión de acciones, acuerdos con acreedores o una combinación de todo ello.
En consecuencia, cambiar de asociación a sociedad anónima no produce por sí solo un solo dólar. El artículo sostiene que sería un error vender la SAD como si fuera una medicina o una solución mágica.
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