¿Y si el “sí” terminara imponiéndose?

Imagen gracias a: El País (América)

¿Y si el “sí” terminara imponiéndose?

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La idea de que lo imposible puede hacerse realidad se apoya en cambios concretos: ritmo, localía, el momento de Javier Aguirre, el relevo generacional, el sorteo, las ventajas del Azteca y la resistencia del fútbol a la lógica.

Aficionados de la Selección Mexicana en Ciudad de México, el 11 de junio de 2026.

¿Y si lo imposible fuera cierto? ¿Si fuera posible escribir un “sí” donde antes se decía “no”? ¿Y si sí?

Hay un cambio desde aquella tarde en que México derrotó inútilmente a Arabia Saudita: un día improbable en el que se ganó, pero también se perdió. Al cerrar 2022, Messi llevó a Argentina a conquistar la Copa de otro mundo, la Copa de un planeta distinto.

La predicción no nace de constantes inamovibles, sino de variables que se han modificado. Con ese punto de partida, la pregunta que meses antes se formuló Javier Cercas vuelve con fuerza: ¿Y si lo imposible fuera cierto? ¿Si fuera posible escribir un “sí” en donde antes decía “no”?

Se sostiene que lo imposible es posible. Que el “sí” terminará por imponerse al “no” y que México puede seguir avanzando rondas y rondas para alcanzar lo que antes no había logrado. La intención es que, en esta ocasión, el Mundial no tenga que concluir para México exactamente donde suele terminar.

El razonamiento se construye con premisas razonables, sin sentimentalismo ni intención de “mufa”.

Primero aparece la inevitabilidad del ritmo: la historia no se repite, pero rima. México no puede quedarse estancado en casa durante la fase de grupos. En los dos Mundiales celebrados en el país, la selección llegó a los cuartos de final.

La segunda razón es el Azteca. Si México logra terminar primero de grupo, continuará jugando en casa. De los 86 partidos oficiales disputados ahí, la selección solo ha perdido dos. La cifra, 97,7%, se plantea como un dato que no es fe vacía, sino aprendizaje de la experiencia.

La tercera causa lleva el nombre de Javier Aguirre. En su tercera etapa como técnico de la selección, se le presenta la oportunidad de vindicarse: desquitar la eliminación frente a Estados Unidos en 2002; compensar la derrota frente a Argentina en Sudáfrica; y resarcir el episodio de México 86, cuando fue expulsado como jugador contra Alemania. También se menciona el ajuste de la tanda de penales que terminó definiendo un Mundial que se considera el mejor. En esa lectura, “es su turno”: no por culpa, sino por su causa.

La cuarta razón se atribuye a la juventud de un grupo de futbolistas a los que se describe como poco conocidos: Gil Mora, Armando González, Bryan Gutiérrez, el Tala Rangel y Mateo Chávez.

En paralelo, se incorpora un equilibrio con un referente de mayor edad: Raúl Jiménez y lo que el fútbol le debe. Esa búsqueda de balance funciona como quinta razón.

La sexta argumentación es el sorteo. Se alude a ese componente de azar en el que México no comparte grupo con lo más complicado del torneo.

La séptima razón corresponde a la localía. Jugar en casa reduce la presión y añade tres ventajas: la altura, el calor y la hinchada. Se retoma una idea de Juan Villoro: México podría ser campeón del mundo en el mundial de aficiones.

El cierre insiste en una razón definitiva: la resistencia del fútbol a toda lógica. Se recuerda que las finales no se alcanzan por suerte sino por estadística y preparación, pero también que la cancha es un territorio ajeno a la razón, fértil para la coincidencia y el terreno impredecible de la eliminación directa. Ahí se ubica una narrativa extraordinaria y un corchete temporal de ocho partidos.

¿Y si sí?

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