
Imagen gracias a: El País (América)
Una final de Mundial no se parece a ningún otro partido
Antes de que suene el himno, la sensación de que todo se decide llega con fuerza. En ese instante se entiende que una final de un Mundial es un momento irrepetible, donde el fútbol deja de ser rutina y se convierte en vivir una cita histórica.
Hay una frase que se repite antes de cada final: “Es un partido más”. Se escucha durante toda la semana: entrenador, staff, compañeros, televisión. Y, por un momento, parece que tiene sentido. El balón conserva el mismo peso, las porterías mantienen sus medidas, son once contra once y, en esencia, se trata de jugar al fútbol.
Sin embargo, el día de la final todo cambia. Es cuando se distingue entre los partidos que se juegan y los que se viven. Los jugadores intentan sostener los rituales como si fueran idénticos: desayunar a la misma hora, realizar la misma activación, escuchar la misma música, repetir esa partida de cartas de siempre, tomarse el mismo café. Pequeñas rutinas que buscan convencer a la mente de que no hay diferencia respecto a cualquier otro encuentro. Pero el cuerpo lo sabe: las horas avanzan con lentitud, con ganas de que llegue el momento y, a la vez, con el deseo de que la experiencia se prolongue unos minutos más.
Cuando comienza a sonar el himno, no hay marcha atrás. En ese instante aparece la idea de que quizá esa sensación, ese día, no vuelva a repetirse. El fútbol no hace promesas, y por eso una final de un Mundial no se parece a nada que se pueda planear. Puedes tener una carrera extraordinaria, pero no es habitual encontrarte con un partido de tal magnitud. Cada minuto, por tanto, se siente distinto.
También se comprende que se pisa un escenario soñado por millones de niños y niñas, aunque solo una minoría llegue hasta aquí. La responsabilidad no se limita al jugador: es para un país entero. Lejos de pesar, ese pensamiento impulsa. Se piensa en la gente reunida frente a la televisión, en los niños y niñas que llevan la camiseta y, en muchos casos, en quienes quizá no habían visto un partido de este nivel antes, pero que ese día sienten que forman parte del equipo.
Representar a tu país en una final de un Mundial no es solo una carga adicional: es un momento que cualquier futbolista imagina desde que empieza a jugar con un balón. Es un privilegio enorme, de esos que se quedan para siempre. Por eso España transmite sensaciones muy positivas. Más allá del rendimiento futbolístico, aparece un equipo que parece comprender con precisión el tipo de partido que está viviendo.
Las finales no se resuelven únicamente con las piernas o con el corazón; también interviene la cabeza. España ha encontrado un equilibrio difícil: la valentía de quien juega sin miedo y la serenidad de quien ya conoce lo que significan partidos como este. Una jugada contra Bélgica resume esa idea: cuando Cubarsí rompe líneas con una conducción valiente, de esas que solo se atreven a hacer quienes todavía creen que todo es posible, y pocos segundos después es Mikel Merino quien aparece para marcar el gol. En una misma acción se unen la frescura de uno y la experiencia de otro. No se contradicen, se complementan. En un Mundial, eso vale mucho: el talento te lleva hasta una final, pero con frecuencia son la calma, el equilibrio y la forma de gestionar cada instante lo que termina acercándote a levantar la copa.
El rival será Argentina, una selección acostumbrada a la presión de las grandes citas y al impulso de competir hasta el final. El desafío será enorme, pero llegado el momento en que el balón empiece a rodar, lo dicho durante la semana deja de importar. Por mucho que se intente convencer de lo contrario, una final de un Mundial nunca es un partido más.
Mariona Caldentey es futbolista y campeona del mundo con España en el Mundial de 2023.
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