
Imagen gracias a: El País (América)
Sangre, sudor y lágrimas en la batalla de Inglaterra
Martín Caparrós y Juan Villoro retoman su conversación futbolera y analizan el Mundial de EEUU, México y Canadá, tomando como eje la batalla entre Inglaterra y Argentina, donde Thomas Tuchel exigió un esfuerzo extremo mientras Scaloni encontró respuestas tácticas.
Esto es, querido lector, una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación íntima y pública con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Cuatro años después, vuelven a esa serie, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con la misma pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.
Martín querido:
Celebro tu euforia tanto como celebro haber salido del hospital. La remontada argentina fue tan extraordinaria que, veinticuatro horas después, casi nadie vuelve sobre lo ocurrido en el primer tiempo, el más desalentador del Mundial. Ese tramo de infamia terminó siendo un argumento a favor del fútbol femenino, última reserva del juego limpio, incapaz de confundir el deporte con los excesos de la testosterona.
Inglaterra y Argentina protagonizaron una bravata en la que sobraba la pelota. Scaloni tomó la decisión de prescindir del esforzado Rodrigo de Paul para colocar a Giuliano Simeone por la banda. El atacante, que desquició a los ingleses con sus carreras y forcejeos, ayudó a neutralizar a Gordon y acumuló cinco faltas en poco más de media hora sin recibir tarjeta. Quien no haya visto a Simeone no sabrá si se trataba de un buen jugador o no, porque no se ocupó del balón. Lo cierto es que su bravura desbordada contribuyó al marasmo del que solo salían patadas: un partido para usar espinillas de platino.
De ese desorden se pasó a un segundo tiempo que invita al psicoanálisis. Gordon abrió el marcador con un gesto propio de la Premier League: el primer tiro al arco de Inglaterra terminó en la red, tras tres toques decisivos. En la orilla del campo, Thomas Tuchel pareció aferrarse a otras ideas. Es difícil saber qué pasaba por su mente y por el rostro atribulado de Nosferatu. Estamos ante un técnico de primer nivel: ganó la Champions con el Chelsea y supo armar una Inglaterra difusa. Sin embargo, después del gol, cayó en una especie de pavor y buscó conservar lo poco que había logrado.
Desde los tiempos de Osvaldo Zubeldía, legendario entrenador de Estudiantes de La Plata, no se veía algo así: un gol a favor y todos atrás. La diferencia es que Zubeldía creía en el contraataque y eso lo llevó a ganar tres veces consecutivas la Copa Libertadores. En cambio, Tuchel sacó a Gordon, que había caído en pecado de éxito, para sustituirlo por un defensa y transformó al equipo en un búnker, donde incluso Harry Kane actuó como sargento. La intención era ganar a costa del sufrimiento. En la batalla de Inglaterra, Churchill pidió un esfuerzo de “sangre, sudor y lágrimas”. Tuchel reclamaba lo mismo, pero su dolor era autoinfligido.
La táctica de madriguera se presta para la agonía del juego: Tuchel la aplicó cuando faltaban cuarenta minutos de partido. A partir de allí, Argentina cambió el guion y ejerció la magia.
Una ventaja de ver partidos en México es contar con los comentarios de Jorge Valdano. Pocos minutos después de que Inglaterra se pusiera en ventaja, dijo: “Argentina ha salido muy bien del gol”. Antes de que los hechos lo confirmaran, Valdano ya tenía razón. Messi manejaba el balón en medio campo y empezaban a aparecer variantes ofensivas.
Todo eso funcionaba como advertencia para Inglaterra, pero Tuchel no movía ficha. En el banco tenía a Rashford, Saka y O’Reilly; aun así, el equipo se parecía a un Mini Cooper sin gasolina, mientras en la cochera quedaban un Land Rover, un Jaguar y un Aston Martin. Tuchel solo los utilizó cuando dejó de ser una propuesta y se volvió apenas un gesto de que hacía algo.
Como suele ocurrir, Scaloni acertó con sus decisiones. Nico González, Lautaro y De Paul entraron para reconstruir lo que se había desarmado en la primera parte: el equipo dejó de ser un rompecabezas y se convirtió en un modelo creativo durante el segundo tiempo. De no haber sido por los postes y por el portero Pickford, habrían caído cinco goles.
Mención especial merece el capitán albiceleste. Messi no solo entregó las dos asistencias para los goles: también fue un estratega incontrolable fuera del área, con pases que parecían tener dedicatoria. Si en otros partidos caminaba como quien juega fútbol playa, en este disputó hasta el último minuto en cada palmo del terreno.
Se mencionó lo que le dijo un amigo italiano sobre la manera en que la FIFA favorece a Argentina. Hay muchas tesis sobre el tema, construidas con datos precisos: la albiceleste tuvo el grupo más cómodo y llegó a la semifinal sin haber enfrentado a ninguno de los quince equipos mejor situados en el ranking de la FIFA. Además, no se desgastó con desplazamientos, cometió faltas sin recibir tarjetas y se benefició de decisiones dudosas del VAR. A eso se suman las “causas del delito”: Messi es la principal mercancía del campeonato y juega en Estados Unidos con el respaldo multimillonario de Adidas y el padrinazgo de Trump.
Ese entramado es real y transparente en cuanto a los manejos cuestionables del fútbol. Pero en la cancha, Argentina demostró ser superior a todos sus rivales, y Messi refrenda, jugada a jugada, que es el mejor del mundo. De esas contradicciones está hecha la pasión.
El rey viejo del fútbol está en forma y ya se anticipa el lance con su posible heredero: Lamine Yamal, a quien bañó hace 19 años para un anuncio de la UNICEF. El gesto adquiere rango de leyenda bíblica: un favorito de los dioses ungió a otro con el agua sagrada.
No deja de sorprender la manera en que el fútbol imita a la mitología. En la antología Tiro libre, Francisco Hinojosa recuerda los tiempos en que jugaba como simple aficionado. En un campo sin gloria, un amigo común, Héctor, sufrió una lesión que lo alejó para siempre del fútbol. Lo interesante es que su verdugo se llamaba Aquiles.
La Ilíada está en todas las canchas.
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