Romanticismo futbolero de otra época y el salto hacia el presente

Imagen gracias a: El Universo

Romanticismo futbolero de otra época y el salto hacia el presente

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La sencillez y el romanticismo que caracterizaban a los Mundiales de antaño resultan hoy difíciles de imaginar. Sin embargo, el fútbol de entonces tenía encanto propio, aunque el juego actual sea infinitamente mejor.

Para el Mundial 66, la televisión recién comenzaba a ocupar un lugar central: no transmitía los partidos de forma inmediata, sino que lo hacía hasta dos días después y no con todos los encuentros, reservando la cobertura para Argentina y algunos de los más importantes. En ese escenario, el diario era el rey de la noticia y la radio mantenía un rol tan determinante como Isabel II. El álbum de figuritas, con láminas, cromos o estampitas según cada país, era el marketing disponible para acompañar el torneo. Así se entraba en clima de competencia sin el peso de otros elementos: no había tanto periodismo estructurado como el de hoy, tampoco redes sociales, celulares, ni promociones que acercaran al Mundial mediante programas y pantallas durante todo el día.

La diferencia con el presente se vuelve aún más evidente al comparar aquel contexto con lo que hoy se ve en Qatar: estadios refrigerados, VAR, y partidos televisados con 42 cámaras, además de la posibilidad de observarlos en alta definición en aparatos de 100 pulgadas. Los Mundiales, en aquel entonces, se vivían con una sencillez que hoy casi no se entiende; todo era más elemental, y aun así tenía un encanto particular.

Un ejemplo de esa época lo aporta Nolo Ferreira, capitán argentino en Uruguay 1930. Jugó el debut ante Francia, tomó un barco y regresó a Buenos Aires para rendir el examen final que lo habilitaba como notario público. Tras obtener el diploma, volvió a Montevideo para enfrentar a Chile. Solo quedó fuera del partido del medio ante México. Una historia que refleja el ritmo de aquellos años.

En el fútbol de entonces también existían reglas que hoy ya no existen. Hasta 1970 no se utilizaban bancos de suplentes en las canchas: no existían los cambios de jugadores. Al campo ingresaban únicamente los once titulares; los demás quedaban en la tribuna. Si alguien se lesionaba, el equipo continuaba con diez. Para la final de 2022, Francia realizó siete sustituciones.

Ángel Berni, puntero derecho de la selección de Paraguay campeona de la Copa América de 1953 y goleador de San Lorenzo, contó detalles de aquellas camisetas. Donó su casaca número 7 de ese torneo al museo de la Conmebol. Al preguntarle si era la que había usado en la final frente a Brasil, respondió que no: era la de todo el campeonato. Explicó que a cada jugador le daban una sola y que debían lavarla después de los partidos, sin utilero.

Ya en Francia 98, la selección argentina llevó 1.315 camisetas: entre las de entrenamiento, partido y tiempo libre. Además, dispuso de cuatro utileros.

El Mundial de 1950 también muestra otra lógica de época. Estados Unidos acudió con una selección internacional, con un escocés, un inglés, un haitiano, un belga y un croata. En ese contexto, Luis Monti jugó la final de 1930 para Argentina y la de 1934 para Italia, con una flexibilidad que no generaba quejas.

Incluso la tecnología de los estadios era distinta. Un hombre, ubicado en la parte más alta del estadio, cambiaba manualmente las chapas del marcador. Esa tarea tuvo su momento más exigente en Hungría 10 - El Salvador 1, en España 82. Hoy los carteles electrónicos repiten el gol al instante y entregan datos como cambios y cantidad de público, pero el sabor de aquellos tableros es incomparable.

Antonio Ubaldo Rattin, capitán durante años de la selección argentina, describió cómo se vivían esas invitaciones y preparaciones. Contó que iban a debutar en el Mundial de Chile contra Bulgaria y no sabían siquiera de qué color era la camiseta de los búlgaros. También recordó que, en la Copa de las Naciones en Brasil, en 1964, fueron convocados a último momento: Italia desistió y llamaron a Argentina. Minella era el técnico, citó a los jugadores de urgencia y se reunieron por primera vez en el ómnibus rumbo al aeropuerto. La primera práctica la realizaron en Río de Janeiro. A pesar de ello, jugaron muy bien y fueron campeones venciendo a Inglaterra, Portugal y Brasil.

En ese marco, la improvisación invita a pensar en proezas, aunque no era solo un rasgo de un equipo: los demás también improvisaban. El juego se desarrollaba más lento, con espacios amplios; se marcaba de lejos y los habilidosos tenían margen para lucirse. Con el paso del tiempo, ese fútbol parece hermoso y “muy superior al actual”, aunque la valoración responde a la sublimación del ayer. Como ocurre con las fotos antiguas, pocas cosas resultan tan atrapantes.

Las camisetas sin publicidades, la emoción que transmitía la radio y que no se discutía por falta de imagen, y la cercanía de los futbolistas con el hincha, no como semidioses, eran parte del atractivo. Aun así, al mirar videos de hace sesenta o setenta años, aparece también el desencanto: un fútbol más cándido y permisivo, más alejado de las proezas técnicas y goleadoras del presente, incluso considerando que el nivel de oposición es mayor. En definitiva, toda la vida evolucionó, y el fútbol también.

Jorge Brown aparece como un antecedente en la Argentina, descrito como el Maradona de la prehistoria: fue zaguero y a veces centrodelantero. Jugó entre 1890 y 1911. Años después, en 1929, se disputó la Copa América en Argentina y don Jorge, figura prominente de la comunidad británica de Buenos Aires, fue invitado a dar el puntapié inicial en la antigua y famosa cancha de San Lorenzo. En la revista El Gráfico lo entrevistaron y le preguntaron si seguía yendo a ver partidos. Respondió que no: “fútbol era el de antes”.

Emilio Lafferranderie, El Veco, periodista reconocido, también aportó su mirada: calificó como “un lindo Mundial el del 62”, con grandes estrellas como Bobby Charlton, Sekularac, Puskas y Garrincha. Remarcó que no había presiones de ninguna naturaleza y que el que era bueno lo demostraba jugando tranquilo. Además, sostuvo que antes se marcaba mucho menos, lo que permitía que esos monstruos realizaran cosas asombrosas.

Bobby Charlton, por su parte, recordaba sus gustos de niño: cuando era chico iba los domingos a ver a su tío Jackie Milburn, ídolo del Newcastle. Pero no vivía aferrado al pasado. En una entrevista para FIFA.com en 2008, afirmó que hoy todo es mejor, excepto la emoción, que era la misma en sus tiempos. Explicó que la pelota es más ligera y suave ahora, lo que permite imprimir mejor efecto y dar una opción extra a los jugadores cuando se acercan a la portería. También señaló que la técnica individual es mejor, y que al observar entrenar al Manchester (United) le resulta placentero ver pases instintivos con ambos pies y el control del balón. En esa misma línea, evitó mencionar la velocidad y la dificultad actuales, que son mayores.

El relato sobre Pelé en el Mundial de 1958 muestra otra diferencia: se lo asombra por sus 17 años, aunque también se lo ve enfrentando marcas de rivales que parecían mayores, no tan atléticos, con pantalones enormes. Se trataba de un fútbol bastante básico, posicional e inocente, con baja intensidad, sustentado en el libre albedrío. No había información sobre los rivales. La tarde del debut de Garrincha ante la Unión Soviética, los “rusos” no tenían idea de quién era Manuel Francisco Dos Santos, y él los arrasó. La marca de Reyna o de Gentile a Maradona ni siquiera se soñaba. El juego estaba en una etapa más elemental, con tácticas que recién comenzaban. Aun así, el fútbol cándido y sin especulaciones gustaba y divertía.

La conclusión es clara: se cree con tozudez que aquello era mejor, pero no se trata de una comparación real. La sencillez y el romanticismo de antes eran bellísimos y, lamentablemente, no volverán. Lo que se extraña no es el juego de entonces, porque el juego es infinitamente mejor ahora. Desde el fútbol, se espera un Mundial fantástico, con diez o doce equipos que podrían ser campeones, incluyendo incluso Bélgica, Senegal, Japón, Marruecos, Costa de Marfil y Noruega. Antes, esa idea ni se soñaba.

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