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Madrid y Barcelona: el estruendo urbano tras los goles en la Eurocopa y otros partidos

Imagen gracias a: El País (América)

Madrid y Barcelona: el estruendo urbano tras los goles en la Eurocopa y otros partidos

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El autor describe cómo, con un retraso al seguir partidos, escucha primero el canto de los goles y cómo ese fenómeno se conecta con mediciones científicas sobre vibraciones registradas en Madrid y Barcelona, incluyendo la final de la Eurocopa 2024 y la remontada del Barça frente al PSG.

El seguimiento de partidos desde casa puede venir con desfases: compartir una cuenta de fútbol con el padre y los hermanos y ver solo algunos encuentros por ordenador implica que las jugadas llegan con alrededor de 30 segundos de diferencia respecto a la realidad. Con el tiempo, ese inconveniente se transforma en una rutina particular, marcada por el placer de oír cómo los vecinos de calle cantan los goles antes de poder verlos. En ese breve margen, la imaginación completa lo que aún no se ha comprobado en pantalla.

Desde el punto de vista del autor, existe un componente casi lírico en el sonido de una ciudad cuando se activa durante los goles de los partidos importantes: un clamor extendido, visceral y difícil de ubicar en un único punto, como si el estruendo naciera del asfalto y se propagara por fachadas hasta atravesar puertas y paredes. Vivir en un séptimo piso de Madrid intensifica el efecto, sobre todo en ocasiones excepcionales como el gol de una eliminatoria decisiva, una final o una manifestación masiva, cuando la ciudad funciona como una caja de resonancia y la unión de muchas individualidades se convierte en una señal acústica capaz de mover el suelo.

La observación literaria se apoya en datos del CSIC. Madrid y Barcelona registraron temblores asociados a momentos futbolísticos concretos: cuando Nico Williams rompió el marcador en la final de la Eurocopa 2024 y, después, cuando Mikel Oyarzabal sentenció el partido en el minuto 86 frente a Inglaterra. El sismólogo Jordi Díaz analizó ese pulso común y describió dos picos de energía brutales, uno pasadas las 22.00 y otro sobre las 22.45.

No era la primera vez que ocurría algo similar. Siete años antes, un sismómetro del Instituto de Ciencias de la Tierra Jaume Almera captó señales vinculadas a los seis goles de la remontada del Barça frente al PSG. En aquella jornada, los temblores se asociaron a una magnitud de uno en la escala de Richter y Barcelona vivió un clamor de inverosimilitud reflejado en los registros geológicos de la ciudad.

El autor cuenta que incorporó estos “spoilers” sonoros a su rutina y que, hace un mes, le pasó algo que considera ridículo en Balaídos. Cuando el Celta anotó un gol frente al Real Madrid, se quedó inmóvil en su asiento durante microsegundos, esperando el retraso habitual y la reacción de la ciudad desde fuera del estadio. Por puro hábito, aguardó a que el entorno se adelantase en la celebración, como si la señal urbana viniera primero. A su juicio, el fútbol moderno termina “hackeando” el cerebro y lleva a desconfiar de la propia vista si no existe una confirmación externa.

En ese contexto, el autor menciona una idea del escritor Hernán Casciari: su padre le decía que, si durante la transmisión aparece un edificio o una autopista detrás de la tribuna, no es un partido serio. El motivo no queda del todo claro para el autor, pero sugiere que en estadios imponentes las gradas superan la altura de los edificios y la acústica del recinto puede anular el sonido exterior, convirtiendo el estadio en una burbuja. Aun así, prefiere estadios como Vallecas, donde se percibe el perfil de los edificios de ladrillo y se ven personas asomadas en balcones y ventanas. Le atraen los recintos que no temen mezclarse con el barrio que los rodea y valora especialmente el momento en que una ciudad entera ruge y pierde el equilibrio por una alegría compartida durante los minutos de un gol.

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