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Las explicaciones llegan tarde: el fútbol y el consuelo tras el pitido final

Imagen gracias a: El País (América)

Las explicaciones llegan tarde: el fútbol y el consuelo tras el pitido final

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En el fútbol, una derrota puede sentirse inevitable incluso cuando el equipo domina, y las explicaciones suelen acomodarse según el resultado. A los pocos minutos de terminar un partido, el relato parece cerrarse con respuestas que rara vez aclaran de verdad lo ocurrido.

Casi siempre, en los primeros minutos después de que termina un partido, todo el mundo cree tener las razones claras: por qué ganó un equipo y por qué perdió el otro. Las explicaciones suelen encajar, a veces con cierta coherencia, pero no necesariamente con la realidad. Hay quien atribuye la derrota al árbitro y, al mismo tiempo, sostiene la superioridad táctica del rival; otros destacan la fortaleza mental o el acierto de los delanteros. Si algo tiene de particular el fútbol es que ofrece un amplio repertorio de frases hechas que se pueden colocar según convenga al desenlace, intercambiables entre sí y, en el fondo, igual de vacías en cuanto arranca el siguiente partido.

También llama la atención la fortaleza financiera de las casas de apuestas: no todos son millonarios porque no quieren. Y, en ese mismo tono de certezas inmediatas, tras caer eliminado en el Metropolitano, parecía asumirse que al Barça no le alcanzaba para competir en Europa con esa plantilla, con esas edades y con centrales de cierto perfil, además de una línea defensiva tan adelantada que hasta el suicidio aparece entre las explicaciones. Es curioso cómo se combinan ciertas sentencias en el fútbol: se les concede valor casi de ley a expresiones ligeras que casi nunca explican gran cosa, pero que brindan satisfacción.

Que el campeón de la Liga española no llegue para competir en Europa, mientras que el cuarto clasificado de la misma sí lo haría, con casi veinte puntos de diferencia entre uno y otro, es una de esas incongruencias que el fútbol permite. Y la comparación se vuelve más dura: ante un juicio por asesinato, explicar que el campeón olímpico de los cien metros lisos nunca tuvo opción de alcanzar a la víctima, pero que su vecino, que perdió una pierna hace años por culpa de la diabetes, sí, obliga a imaginar cómo mira el jurado.

Pep Guardiola, que conoce el peso de las derrotas, habló esta semana de los pequeños detalles como factor diferenciador en una eliminatoria a doble partido. Son aspectos que en gran parte no se pueden controlar, porque el fútbol es un deporte tan cambiante que, ante el primer descuido, te deja sin margen. Dos centímetros arriba o abajo, o a la derecha o a la izquierda, pueden convertir o no en gol el mismo desarrollo de jugada. Un resbalón puede tumbarte en el peor instante, incluso cuando estás realizando el mejor partido de tu vida. Y un error de apreciación del colegiado puede pesar en el resultado final tanto como un gol por la escuadra o una parada decisiva del portero.

Ninguno de esos elementos se puede calcular de antemano, pero el fútbol encuentra una explicación mayor para todo: un designio fatal que se impone en cuanto el equipo cae. Al final, el fútbol seguirá siendo un juego que, con mucho trabajo y algo de fortuna, apenas permite reducir una parte de la incertidumbre. Un deporte en el que un equipo puede tirar cuarenta veces a puerta por ninguna del rival y aun así perder: para eso existe el gol en propia puerta, y para eso también se buscará una explicación razonada, aunque no siempre sea razonable. Porque a los cinco minutos de terminar el partido, el “misterio” queda resuelto para millones de entrenadores vocacionales que llevarán razón hasta el próximo saque inicial.

El relato llega tarde, pero llega con fuerza, como si en medio del caos existiera un plan perfectamente definido. Por eso, una y otra vez, se confunden las explicaciones con el consuelo: lo único que muchos necesitan cuando su equipo pierde, justo al terminar el partido.

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