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José Jacinto “Chinto” Vega: seis títulos con El Nacional y la mirada puesta en Ecuador rumbo al Mundial 2026
El exseleccionado ecuatoriano, radicado en Nueva Jersey desde hace dos décadas, dirige la JJV Soccer Academy y recuerda su etapa en El Nacional, incluyendo el tricampeonato de 1976, 1977 y 1978. Asegura que compró entradas para asistir con su familia al partido de Ecuador y Costa de Marfil en Filadelfia, y espera vivir el Mundial 2026 desde las gradas.
NUEVA YORK. José Jacinto Vega llegó a El Nacional con 15 años y encontró una puerta que terminó marcando su vida. Arribó para probarse como lo hacían muchos jóvenes ecuatorianos en busca de una oportunidad, pero el camino que se le abrió fue poco habitual para la época: fue incorporado de manera directa al equipo de reserva y, poco después, comenzó a disputar sus primeros partidos con el club que lo consolidaría como uno de sus futbolistas más recordados.
Con 65 años y afincado en Nueva Jersey, Vega observa el fútbol ecuatoriano desde Estados Unidos. Actualmente dirige la JJV Soccer Academy y se prepara para asistir al Mundial 2026, el primero que se jugará tan cerca de la comunidad ecuatoriana en ese país. En esta ocasión no estará dentro del campo: su lugar será en las gradas.
Antes de su etapa migrante, construyó una trayectoria que lo ubicó entre los futbolistas más exitosos de El Nacional, en el recordado equipo Bi-Tri del Ecuador. Formó parte de una generación identificada durante décadas con la idea de los “Puros Criollos”, en un club que se caracterizaba por alinear exclusivamente jugadores ecuatorianos. En su palmarés figuran seis campeonatos nacionales, con el tricampeonato histórico de 1976, 1977 y 1978. Además, vistió las camisetas de Barcelona, Liga Deportiva Universitaria y Deportivo Quito, y también integró la selección ecuatoriana en eliminatorias mundialistas y Copas América.
Vega repasa aquellos años con una precisión que llama la atención: recuerda fechas, rivales, entrenadores y alineaciones con el detalle de quien tuvo los partidos muy recientes. Cuando menciona campeonatos o convocatorias a la selección, la conversación toma un ritmo particular. El fútbol sigue ocupando buena parte de su vida cotidiana.
Desde esa memoria, también mantiene una postura crítica sobre el presente de El Nacional. “El Nacional era rico y a través del tiempo se fue convirtiendo en una pobreza. Hoy es una pena. No solamente va a desaparecer, sino también la historia de quienes hicimos parte de esa institución”, reflexiona. Para él, la crisis no solo afecta al club en el presente, sino que amenaza la memoria del fútbol ecuatoriano: una institución donde se formó como adolescente, ganó seis campeonatos y construyó gran parte de su carrera.
Las clasificaciones son el resultado de una evolución
Vega reconoce que su generación jugó en un contexto distinto al actual. “Ecuador todavía buscaba un lugar entre las grandes selecciones sudamericanas y clasificar a un Mundial parecía una meta remota. Antes solamente clasificaban dos selecciones. Brasil o Argentina muchas veces ya tenían asegurado su lugar por ser campeones del mundo y quedaban muy pocos cupos para el resto”, recuerda.
Insiste en que comparar el fútbol de los años setenta y ochenta con el presente requiere mirar el panorama completo. Explica que las eliminatorias eran más cortas, existían menos cupos mundialistas y las grandes selecciones sudamericanas concentraban a muchas de las mejores figuras del continente. “Son dos épocas difíciles, pero muy distintas”, resume.
Sin embargo, evita quedarse en la nostalgia y prefiere describir el proceso. “Los de antes abrimos el camino, los que vinieron después lo empedraron y los de hoy lo asfaltaron”, afirma, al sintetizar la evolución del fútbol ecuatoriano. Para él, las clasificaciones mundialistas no dependen de una sola generación, sino de décadas de construcción acumulada.
Entre los recuerdos de la selección, hay uno que sigue apareciendo en conversaciones de aficionados: el empate frente a Argentina en Quito y el gol que marcó para el 2-2 definitivo. “Creo que fue el mejor gol que hice en mi vida deportiva”, sostiene. Con el paso de los años, aún hay jóvenes que buscan videos de aquel partido y le comentan su impacto, lo que mantiene viva la actuación en la memoria de muchos hinchas ecuatorianos.
Una vida migrante después del retiro del fútbol
Tras colgar los botines, Vega buscó mantenerse vinculado al fútbol. Viajó a Barcelona, España, para formarse como director técnico, y regresó a Ecuador con expectativas de iniciar una nueva etapa profesional, aunque la experiencia no resultó como esperaba. Dirigió selecciones juveniles y algunos clubes, pero terminó desencantado del medio. “No me sentí un fracasado, me sentí traicionado por la falta de confianza en el profesional ecuatoriano”, recuerda.
En 2006, junto a su esposa, tomó una decisión que volvió a cambiar su vida: emigrar a Estados Unidos. Un amigo le abrió las puertas de su casa y le permitió trabajar con niños en una escuela de fútbol. Lo que comenzó como una oportunidad temporal se transformó en un proyecto de largo plazo. Hoy dirige la JJV Soccer Academy, una academia que lleva sus iniciales y que ha formado durante casi dos décadas a jóvenes futbolistas en Newark, Nueva Jersey. “Para mí, el proyecto se convirtió en una forma de transmitir la experiencia acumulada durante décadas dentro de una cancha”.
Además, actualmente cuenta con una filial en Nueva York. La academia participa de manera regular en torneos juveniles y, durante este verano, varios de sus jugadores viajarán a España para competir en la Donosti Cup, una de las competencias internacionales de fútbol base más reconocidas de Europa. Vega sostiene su participación en los entrenamientos y el seguimiento de cada grupo, y también habla con orgullo de exalumnos que alcanzaron becas universitarias o se graduaron después de pasar por sus canchas. “Hoy son verdaderos profesionales”, dice al recordar a las primeras generaciones que formó en Estados Unidos.
Para Vega, la escuela es una manera de devolver al fútbol parte de lo recibido durante su carrera. A diferencia de otros migrantes que tuvieron que reinventarse por completo, él no se alejó totalmente del balompié: continúa entrenando niños, organiza equipos para torneos internacionales y todavía juega en ligas para mayores de 50 y 60 años. Entre sonrisas, comenta que ya no ocupa el puesto que defendió durante gran parte de su trayectoria: volante defensivo. “Ahora soy más creativo, juego de 10”, afirma.
Con entradas para ver a Ecuador en el Mundial
El Mundial de 2026 tendrá para él un significado especial. Ya compró entradas para asistir junto a su hija, su yerno y su nieta al partido entre Ecuador y Costa de Marfil en Filadelfia. Señala que será una vivencia distinta a las que tuvo durante décadas: “Antes uno estaba en la cancha y los demás en las gradas. Ahora voy a estar en las gradas y los muchachos en la cancha”.
Como exseleccionado, asegura que pocas cosas se comparan con la energía que se siente desde las tribunas. Recuerda los cánticos, el ruido previo a los partidos y la sensación que se genera cuando miles de personas alientan al mismo tiempo. “Uno se contagia. Hay pasión, hay amor a lo que uno hace y a lo que uno defiende. Esa adrenalina llega al jugador y lo empuja a dar más”, explica.
Cuando suene el himno ecuatoriano en Filadelfia, anticipa que la emoción será distinta. Durante años lo escuchó desde el campo, con la camiseta de la selección puesta. Esta vez estará con su familia en las gradas. “A lo mejor se me vayan las lágrimas”, admite. Luego hace una pausa y sonríe: asegura que, por unos segundos, volverá a aquellos años en los que representaba al país dentro de la cancha, cerrará los ojos y dejará que los recuerdos completen la escena: el ruido de las tribunas, la voz de miles de ecuatorianos cantando y la sensación única de defender la camiseta nacional frente a todo un estadio.
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