
Imagen gracias a: El País (América)
La ceremonia y la conciencia del capitán: un sueño sobre el poder y sus sombras
Un relato onírico conecta la entrega del trofeo en el MetLife Stadium con gestos históricos de resistencia, y culmina en la decisión del capitán de dejar de representar al fútbol y a la nación para enfrentar una realidad incómoda.
Anoche tuve un sueño.
El capitán de la selección campeona del Mundial subía al escenario central del MetLife Stadium de Nueva Jersey para la ceremonia de entrega del trofeo. Observaba la Copa del Mundo y repasaba a sus predecesores, en la gloria que otorga ese instante breve: los cinco segundos en los que aún perviven Obdulio Varela en Maracaná, Bobby Moore en Wembley, Carlos Alberto en el Azteca, Beckenbauer en el Olímpico de Múnich, Dino Zoff en el Bernabéu, Matthaüs en el Olímpico de Roma, Zidane en el Stade de France o Casillas en el Soccer City de Johannesburgo.
Tras quedar deslumbrado por la copa dorada, miraba al hombre que iba a entregarla, Donald Trump, como un reflejo pálido de Mussolini o Videla en sus Mundiales. En ese instante, el capitán también evocaba a otros deportistas que algún día dijeron no. Recordaba al futbolista chileno Carlos Caszely, cuando escondió las manos detrás de la espalda y se negó a saludar a Pinochet. Rememoraba al capitán brasileño Sócrates y sus camisetas a favor de la democracia durante la dictadura militar en su país. Traía a la memoria el puño en alto del delantero carioca Reinaldo, a quien describen como “a lo pantera negra”, en el Mundial de Argentina 78, un certamen manchado por el bigote del dictador.
El sueño seguía con el capitán austriaco Matthias Sindelar y su baile provocador frente a los jerarcas nazis que ocupaban la tribuna después de que Hitler se anexionara Austria. Incluso aparecía un recuerdo del otoño del 75: un día después de que el régimen de Franco ejecutara sus últimos cinco fusilamientos a miembros del FRAP y de ETA, los futbolistas del Racing de Santander Aitor Aguirre y Sergio Manzanera saltaron al césped del Sardinero con brazaletes negros improvisados con los cordones de sus botas de repuesto.
En la escena, el capitán, abanderado del deporte mundial, representaba a una comunidad profesional y amateur sostenida por el lema citius, altius, fortius. Al mismo tiempo, se sumaban otros momentos legendarios en situaciones parecidas. Entre ellos, el recuerdo de los velocistas americanos John Carlos y Tommie Smith en los Juegos de México 68, con los puños recubiertos de negro y la cabeza gacha mientras sonaba el himno del país que segregaba a otros negros como ellos. También aparecía Luz Long, atleta alemán descrito como un “perfecto ario”, que en la final de salto de longitud de Berlín 36 ayudó, abrazó y celebró con Jesse Owens su medalla de oro ante Hitler. Y estaba la gimnasta checoslovaca Vera Caslavska, que meses después de que los tanques soviéticos invadieran Praga se subió al podio para la entrega de medallas y, al sonar el himno soviético, miró hacia abajo apartando la cabeza de las banderas, entendiendo lo que significaba aquella afrenta.
En mi sueño, el capitán se enfrentaba a la disyuntiva de su vida: qué hacer.
Toda su trayectoria había estado orientada a llegar hasta allí. Era la ilusión de su familia desde pequeño, su sueño de cada noche antes de dormir. Había detrás de él esfuerzos, sacrificios y renuncias, y el orgullo de un país entero en medio del entusiasmo colectivo. En ese punto, el propio capitán se repetía que no estaba allí para cambiar el mundo; solo era un futbolista, un capitán, el representante de un equipo de fútbol que al día siguiente se marcharía de festejos y pasado mañana de vacaciones para que la nueva competición empezara en un mes y la rueda siguiera girando: the show must go on.
Por eso, en el sueño, la lógica parecía reducirse a saludar, tomar la copa y levantarla hacia el cielo americano, el cielo aguijoneado de Nueva York que Federico García Lorca retrató en su poema “Ciudad sin sueño (Nocturno del Brooklyn Bridge)”. Ese texto habla de niños muertos y de muchachos que lloran, y concluye con la idea de abrir los escotillones para que se vean, bajo la luna, las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.
Entonces, al evocar el poema, el capitán lo veía todo con claridad. La alienación deshumanizada y el “musgo” en cabezas adormecidas exigían abrir los ojos ante la realidad que, en el sueño, se esconde tras el teatro de la compañía Trump & Infantino. La desfachatez, según esa misma lógica, obligaba a mirar qué hay detrás de las copas falsas, del veneno autodestructor para el fútbol y de la muerte segura —la calavera— que aguarda cuando se complace al diablo siempre y en todo, para que no se enfurezca.
Con esa conclusión, el capitán tomaba la decisión. No imaginaba las consecuencias para su vida ni para su salud, ni los debates encendidos que su elección provocaría en su país y en el mundo entero. Tampoco alcanzaba a prever que la misma secuencia audiovisual se repetiría generación tras generación, ni que su nombre, toda su carrera e incluso toda su existencia quedarían atados a ese gesto y a lo que el gesto era capaz de despertar.
En el sueño, simplemente decide mientras se quita el brazalete. Ya no era el capitán de un equipo, ni el timón de una nación. Era solo él: una conciencia frente al silencio. Y los sueños, sueños son.
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