Infantino y el debate por un Mundial más amplio: oportunidades y dudas sobre la credibilidad del torneo

Imagen gracias a: El País (América)

Infantino y el debate por un Mundial más amplio: oportunidades y dudas sobre la credibilidad del torneo

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El nuevo formato busca ampliar la participación y democratizar la competición, pero la relación de la cúpula de la FIFA con figuras políticas como Donald Trump y la presión del modelo comercial generan inquietud. En paralelo, crecen las tensiones con los aficionados y se reabre el debate sobre precios, continuidad y sentido del evento.

El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, junto al rey Guillermo y la reina Máxima de Holanda, presenció el partido de Países Bajos y Suecia durante el 20 de junio en Houston, Texas, EE UU.

El debate sobre el Mundial se intensifica en torno a dos ideas que conviven con dificultad. Por un lado, el nuevo formato impulsa una mayor democratización de la competición. Por otro, los vínculos de la cúpula de la FIFA con dirigentes políticos como Donald Trump y la lógica comercial que atraviesa el torneo comprometen, a juicio del autor, la credibilidad del evento y deterioran la relación con los aficionados.

El texto defiende que los grandes acontecimientos deportivos no solo se miden por lo que ocurre en el campo, sino también por el tipo de mundo que proyectan. En ese sentido, el autor recuerda experiencias personales relacionadas con el Mundial y con la forma en que los seguidores convierten la competición en un fenómeno social. Describe, por ejemplo, cómo los escoceses recorren ciudades con kilt y marchas al son de las gaitas, y cómo la Tartan Army empujó a su selección hacia la victoria contra Haití, su primer triunfo en un Mundial en 36 años.

Tras ese momento, el autor relata que los aficionados escoceses extendieron la celebración a un partido de béisbol, integrando el evento en la narrativa del Mundial. También menciona un testimonio de un vecino, conmovido hasta las lágrimas, que agradecía a los escoceses “el mejor momento” de su vida. A partir de ahí, sostiene que la afición de distintos países deja impresiones similares allí donde viaja y subraya la idea de “Unidos por el fútbol” como una práctica real.

Como director del torneo de la Eurocopa 2024, el autor afirma haber vivido esa conexión también con los escoceses: asegura que se ganaron en poco tiempo el corazón de los alemanes, que se forjaron amistades valoradas en ambos lados y que incluso conserva, a través de su hija, un pin entregado como recuerdo por un aficionado escocés.

Esa reflexión lo lleva a revisar su propia interpretación sobre el sentido de los grandes torneos. Señala que durante mucho tiempo atribuyó al Mundial de 2006 el papel más decisivo de su carrera por la experiencia de jugar para su país y por la apertura que, según él, el torneo mostró al mundo. Sin embargo, al relacionarse con los escoceses, concluye que los invitados —en este caso, los aficionados— terminan desempeñando un rol central.

A partir de esa mirada, el autor considera positivo que escocia participe en el torneo. Argumenta que con el antiguo formato de 32 equipos, probablemente no se habrían clasificado, y plantea que ese hecho serviría como razón para ampliar a 48. Aun así, reconoce que el nuevo esquema ha recibido críticas importantes: cita a Aleksander Ceferin, quien cuestionó la pérdida de calidad del torneo, y recuerda que trece países no europeos publicaron una carta abierta de protesta, entre ellos Marruecos, semifinalista en 2022.

El autor interpreta que las palabras del presidente de la UEFA reflejan intereses distintos a los del resto del mundo. En su análisis, Europa teme la pérdida de hegemonía ante una reducción de distancias y percibe que otros acortan el margen, mientras la FIFA, según el texto, tiene la misión de desarrollar el fútbol en todo el planeta. Para sostener ese objetivo, defiende la necesidad de participación y asume que las diferencias de nivel deben aceptarse.

Como ejemplo histórico, menciona que en las ocho primeras ediciones del Mundial solo participó un país africano: Egipto en 1934. Incluso en 1966, en plena descolonización, todas las naciones africanas boicotearon el torneo de Inglaterra por la falta de garantías de clasificación directa: explica que la FIFA no aseguraba ese acceso y obligaba a jugar repescas contra selecciones europeas y de Oceanía.

El autor sostiene que el fútbol, deporte con mayor popularidad en más de la mitad de los países del mundo, continúa expandiéndose. En esa línea, señala que el Mundial está dejando historias heroicas en distintos rincones del planeta: la República Democrática del Congo empató con el Portugal de Cristiano Ronaldo; la debutante Cabo Verde logró un empate ante la campeona de Europa, España; y por primera vez aparece una selección de Asia Central. También destaca el momento en que Fabio Cannavaro, seleccionador de Uzbekistán —campeón del mundo y Jugador Mundial de la FIFA en 2006— celebró el empate frente a Colombia junto a su goleador, Abbosbek Fayzullaev.

En los primeros compases del torneo, el autor afirma que figuras como Messi, Mbappé, Kane y Haaland comparten protagonismo con selecciones de menor peso, aunque anticipa que pronto volverán a concentrar la atención. Con el nuevo formato y la introducción de dieciseisavos de final, considera que la fase de grupos se asemeja cada vez más a una primera ronda de copa. Aunque entiende que ningún tradicionalista desearía eliminar esa estructura, afirma que a muchos les incomoda verla en un Mundial.

El texto también defiende que la FIFA, en varios aspectos, actúa correctamente. En particular, sostiene que el fomento del crecimiento económico —a menudo criticado— es necesario: afirma que incluso un club de pueblo comprende que un acontecimiento deportivo debe generar ingresos.

Sin embargo, marca que las críticas deben dirigirse a puntos concretos, como los precios de las entradas. En su planteamiento, la FIFA los empuja al alza al no ofrecer datos transparentes sobre la demanda real. También señala la incomodidad que provoca la propuesta reiterada de celebrar el Mundial cada dos años, al argumentar que un torneo necesita preparación y continuidad para dejar huella.

En esa misma preocupación, el autor critica el sobredimensionado Mundial de Clubes, que, según su visión, comprime aún más un calendario ya saturado. Advierte que un torneo adicional de varias semanas, a veces en condiciones de temperaturas extremas, incrementa la carga sobre los jugadores y se pregunta cuántos partidos más pueden soportar los profesionales.

El punto más preocupante del análisis vuelve a Gianni Infantino y a sus estrechos vínculos con figuras poderosas como Donald Trump. El autor expresa la sospecha de que podrían obtener beneficios personales de sus cargos y afirma que el Mundial corre el riesgo de diluirse como un producto, erosionando la credibilidad del fútbol. En consecuencia, sostiene que los aficionados se inquietan porque cada vez les resulta más difícil separar a la FIFA del propio torneo.

El autor recuerda que el fútbol es reglado y universal, y que ningún otro acontecimiento concentra durante un mes tanta atención global como un Mundial. Por eso, lo considera una herramienta privilegiada para que la humanidad dialogue sobre cómo desea convivir. Sin embargo, señala que el mismo fútbol puede verse arrastrado hacia agendas cuestionables.

Para contrarrestar ese rumbo, propone la necesidad de una Europa fuerte y de una UEFA fuerte. Celebra que Aleksander Ceferin haya anunciado precios bajos para la Eurocopa de 2028 y que quiera garantizar alojamientos y desplazamientos asequibles, defendiendo que el fútbol no puede ser un lujo reservado a una élite.

Finalmente, el texto concluye con lo que identifica como lo esencial: “Die Welt zu Gast bei Freunden” (“El mundo como invitado entre amigos”) fue el lema del Mundial de 2006. Afirma que así lo vivió en Sudáfrica y en Brasil, sus otros dos Mundiales como jugador, y sostiene que debería volver a ser.

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