
Imagen gracias a: El País (América)
El legado de los Mundiales compartidos: más allá de métricas y titulares
La FIFA ha ido refinando el concepto de legado con indicadores financieros, uso posterior de infraestructuras, desarrollo del fútbol y, en torneos recientes, sostenibilidad e impacto social. Sin embargo, antes de una nueva etapa de Mundiales compartidos, aparece una pregunta clave: ¿quién evaluará si la convivencia entre sociedades mejora de verdad?
La FIFA ha dedicado años a ajustar el lenguaje sobre el legado. Desde Brasil 2014 lo ha ligado a partidas concretas, al aprovechamiento posterior de las infraestructuras, al impulso del fútbol y, en los torneos más recientes, también a la sostenibilidad y al impacto social. En Qatar 2022 incluso se mencionó llevar “el concepto de legado al siguiente nivel”. No obstante, en esa forma de medir el éxito todavía quedan fuera los elementos que permitirían conectar el legado con su propio lema.
Esta carencia se vuelve más visible de cara a una nueva etapa de Mundiales compartidos. El avance hacia sedes repartidas tiene explicaciones claras: el crecimiento del torneo ha hecho que cada vez haya menos países con capacidad para asumirlo de manera individual. Al dividir sedes se reparten costes, riesgos y exigencias logísticas, y además se abren mercados para reforzar la presencia global del fútbol. Todo eso tiene sentido, pero no garantiza una traducción automática en términos de convivencia. Compartir un Mundial no supone necesariamente compartir una misma mirada.
El punto central está en que el Mundial, como espejo del mundo, concentra tanto la celebración, el orgullo y la emoción colectiva como también las fracturas, los resentimientos y los prejuicios. Cuando el torneo se comparte, la complejidad se multiplica: ya no se presenta una sola comunidad nacional, sino países con historias, lenguas, religiones, tradiciones y sensibilidades sociales diferentes. La cuestión es si esa convivencia tendrá continuidad y se transformará en una experiencia común duradera, o si quedará reducida a una suma breve de relatos que no terminan de encontrarse.
El termómetro real no debería buscarse en eslóganes, discursos oficiales o protocolos antirracismo, sino en la percepción de los aficionados. ¿Qué pensarán los mexicanos al organizar el Mundial 2026 junto con Estados Unidos en un contexto político y migratorio como el actual? ¿Lo vivirán como un orgullo compartido o como un torneo que se percibe desequilibrado? ¿Cómo mirará el aficionado estadounidense a un socio para el que el fútbol no es un producto más en expansión, sino una parte central de la cultura popular? Y el mismo tipo de interrogante se trasladará al Mundial de 2030: cómo se observarán entre sí españoles, marroquíes y portugueses. La diferencia estará en si existe curiosidad real, voluntad de entendimiento y empatía, o si solo se produce una coexistencia correcta, provisional y superficial.
Ahí es donde la noción de legado se queda corta. No sería una responsabilidad exclusiva de la FIFA: también federaciones y gobiernos nacionales deberían implicarse. La FIFA define el marco y el relato del torneo; estas instituciones tendrían que convertirlo en cooperación efectiva, pedagogía pública y experiencias compartidas entre sociedades. Además, deberían dar un ejemplo de colaboración institucional acorde al tamaño del evento: si las instituciones no son capaces de ir más allá de la logística, resulta difícil exigir a las sociedades que hagan algo distinto. Sin embargo, ninguna de esas instituciones parece interesada en medir una huella más profunda de estos Mundiales: si contribuyen a desmontar prejuicios o si simplemente los gestionan durante algunas semanas.
En ese enfoque se priorizarán audiencias, ingresos, ocupación hotelera y retorno económico. Pero, tras compartir un Mundial, queda abierta la pregunta de fondo: ¿quién se encargará de medir si las sociedades anfitrionas se entienden mejor?
Ese debería ser el examen decisivo. En un contexto marcado por la desconfianza, la polarización y el repliegue identitario, el fútbol solo estará a la altura de su propia leyenda si se atreve a ir más allá de organizar espectáculos globales. Un Mundial compartido debería servir para acercar países, no únicamente para repartir partidos. Si la FIFA quiere hablar de legado, debería empezar por ahí: un torneo que acerca a quienes lo comparten puede ser un éxito en organización y métricas, pero también una oportunidad para construir entendimiento.
Marian Otamendi, CEO de World Football Summit
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