Francia, la selección de la diversidad… y el reflejo de una fractura social

Imagen gracias a: El País (América)

Francia, la selección de la diversidad… y el reflejo de una fractura social

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La trayectoria de la selección francesa, marcada por la multiculturalidad que la llevó a un primer título mundial en 1998, contrasta con las tensiones que siguen sacudiendo al país. La evolución social, visible en los barrios periféricos y en el talento que alimenta al equipo, convive con una división que aún no encuentra cierre.

La selección francesa ha funcionado durante años como un indicio de la evolución de un país dividido y enfrentado a cambios culturales. Esa diversidad, lejos de ser un rasgo menor, aparece como una de las principales riquezas de una de las selecciones con más talento en este Mundial.

El 12 de julio de 1998, Francia, con Zinedine Zidane y Thierry Henry, derrotó a Brasil, con Ronaldo Nazario, por 3-0 y conquistó su primer Mundial. Aquella victoria significó más que un trofeo: también representó a un país que buscaba integrar a los hijos de su inmigración, convertidos en campeones. En aquel equipo coincidían jugadores con raíces en África, el Caribe, Armenia o el País Vasco, un espejo del propio país. Tras el triunfo, más de un millón y medio de personas se congregaron en los Campos Elíseos, celebrando una Francia que, por fin, se mostraba abiertamente multicultural.

Sin embargo, la historia posterior no fue una línea recta. La semana pasada, veintiocho años después, el PSG logró su segunda Champions League y, en paralelo, la policía detuvo a 890 personas, con 219 heridos. También hubo disparos de mortero, pillajes en supermercados, atropellos y agresiones sexuales, mientras los ultras estaban en Budapest siguiendo la final. No fue solo fútbol.

El debate sobre la integración y sus límites reaparece en el presente. El 19 de abril, si Francia gana, el país “arderá” y nadie podrá evitarlo; si no, también podría ocurrir. En muchas celebraciones existe una inclinación hacia el asalto al centro de la ciudad, de fuera a adentro. Ese patrón expresa una cristalización de la fractura social y del fracaso de una integración que, en el terreno de juego, parecía asegurada en 1998 en el estadio de Saint-Denis, epicentro de la banlieue parisina. Allí, hoy, gobierna por primera vez un alcalde negro y musulmán.

La banlieue, además, se presenta como un vivero constante de talento. Desde Lyon hasta París y pasando por Grenoble, la periferia alimenta a Francia. Solo los suburbios de Île-de-France, la región de París, aportan en este Mundial ocho jugadores. Todos crecieron entendiendo, desde el otro lado del boulevard périphérique (la M-30 parisina), lo lejos que estaban de todo, aun estando a solo 12 kilómetros del centro. También aprendieron en un contexto donde el discurso del odio atravesaba con dificultad esa frontera urbana, social y mental.

Mbappé, nacido en Bondy, igual que William Saliba, defensa del Arsenal y jugador de la selección francesa, es su hijo más ilustre. Tendrá sus propias contradicciones, como ocurre con todos, pero no tolera ciertos comportamientos: el delantero del Real Madrid llamó a sublevarse en la pasada Eurocopa contra la ultraderecha. Los jóvenes que se manifestaban en la calle hace 15 años, ahora tienen entre 30, 35 o 40 años. En lugar de una radicalización, como auguraba el estigma del lepenismo, la mayoría ha vivido un cierto aburguesamiento. Con el tiempo, llegaron la vida familiar, los trabajos y la exigencia de reconocimiento: normalidad. Algo similar podría verse sobre el terreno de juego en EE UU.

El equipo dirigido por Didier Deschamps, que fue jugador de aquella campeona de 1998, refleja una sociedad a dos velocidades: una que se ha transformado y otra que aún no lo ha aceptado. Jean-Luc Mélenchon, líder de La Francia Insumisa (LFI), habla de “la nueva Francia” y busca cabalgar los márgenes para llegar al Palacio Elíseo. Frente a ella aparece “la vieja Francia”, que desea volver atrás, expulsar y cerrar. Son dos países que, tras el Mundial, volverán a enfrentarse en un año electoral en el que, por primera vez, la ultraderecha tiene buenas cartas para alcanzar la jefatura del estado.

Ese día, si alguien decide seguir sin escuchar a los vecinos que crecieron junto a los jugadores de la selección, el país arderá de verdad.

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