
Imagen gracias a: El País (América)
España ondea la bandera roja en el Mundial tras superar a Francia
La indecisión y el miedo a fallar quedaron atrás: España se transformó en una fuerza colectiva y terminó imponiéndose a Francia, demostrando solidez ofensiva y capacidad de sincronizarse en momentos clave del torneo.
En la playa de Liencres siempre hay olas. Allí, una larga flecha de arena culmina en punta justo donde se unen el río Pas y su agua dulce con el Cantábrico más rabioso. En esas condiciones, incluso cuando ondea la bandera verde, el mar no se comporta como un escenario tranquilo: el oleaje llega con ondulaciones en el “mantel” del agua. Cuando ocurre, en lugar de tablas de surf y cuerpos acostumbrados a leer el ritmo del mar, aparecen bañistas convencionales. Y en esa forma de meterse sin anticipar el movimiento, a veces basta con quedarse en la zona donde no cubre lo suficiente para sentirse seguro, pero tampoco permite sumergirse del todo. Entonces la ola crece y se impone, y todo termina por cerrarse con los ojos bien apretados.
La indecisión, en ese contexto, también se parece a lo que vivió Francia: venía a “dar un baño”, pero acabó llevándose un revolcón. Sin embargo, lo decisivo no fue solo la caída francesa, sino la manera en que España se volvió una fuerza de la naturaleza y logró que ondeara la bandera roja en el Mundial.
En el torneo, la Selección generó dudas sobre si llegaría a buen puerto con la misma intuición que muchos españoles sostenían, incluso en el momento de imaginar que el recorrido terminaba ahí, en Dallas. La cuestión se concentraba en lo que sucede en milésimas de segundo: qué hacen los jugadores con sus expectativas, con las ajenas y con el temor a fallar, cuando el pie se mueve, el pase se enfoca o se respira antes de tomar una decisión. Ferran Torres es un ejemplo de esa batalla íntima que se repite en el desarrollo del campeonato.
Con la Selección, sus primeros minutos levantaron cuestionamientos: había fallado varias ocasiones claras ante Cabo Verde. En el siguiente partido, contra Arabia Saudí, cargaba con el peso de la cruz que le atribuían parte de la afición y la prensa. Cuando le tocó salir, sus acciones parecían invitar al juicio, como en una parábola. Hasta que llegó el gol. La celebración tuvo un tono de alivio contundente. Entonces apareció el árbitro, que se llevó la mano a la oreja, y durante unos minutos el VAR condensó el desenlace. Las cámaras buscaron el primer plano de su cara mientras él movía los labios y parecía pedir clemencia, antes de que el desenlace se definiera a su favor.
A partir de ese punto, surgió la pregunta que el propio torneo dejó en el aire: una semana después de aquel episodio, el bloque ofensivo que mantuvo a Francia hundida pasó por sus botas. La respuesta estuvo en el funcionamiento colectivo: cada jugador se hizo cargo de sus propios demonios y la Selección sincronizó una marea de pases y coberturas, de huecos y líneas, que terminó ahogando a Francia.
España llegó con un equipo plagado de estrellas con la idea de imponerse, y aun así existía la duda, que es lo peor que uno puede hacer cuando hay olas. La Selección no dudó. De este modo, ahora que ondea la bandera roja en el Mundial, queda establecido el mensaje central del torneo: no se trata de bañarse si no se quiere acabar en la arena como Mbappé, Dembelé, Olise o Koundé.
Luis de la Fuente resumió la idea con una frase: “El mejor equipo ha ganado a la mejor selección”. La explicación encaja con lo ocurrido: no tumba una sola ola, sino cuando llegan todas seguidas, coordinadas e imparables. Y el “milagro” fue transformarse en una fuerza de la naturaleza en un momento en que parecía que la naturaleza del equipo era otra. La última incógnita queda para el futuro: si los rivales de la final serán buenos nadadores.
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