El Mundial y la selección: fútbol como nacionalismo integrador

Imagen gracias a: El País (América)

El Mundial y la selección: fútbol como nacionalismo integrador

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El torneo destaca por mostrar cómo el equipo puede generar cohesión y representación, relativizando el peso de los orígenes frente a discursos excluyentes.

Una de las lecturas posibles del fútbol es que funciona como un espacio donde los choques políticos se canalizan de forma indirecta. En España esto se aprecia con claridad en las rivalidades históricas, como Madrid-Barça, donde a menudo aparece un componente de confrontación política soterrada. También influye la costumbre de algunos equipos vascos de formar plantillas con jugadores de su tierra, una manera eficaz de reforzar una identidad propia frente al resto. En esa línea, la idea de que el deporte es una guerra sin disparos sirve para entender cómo se hace política por otros medios, en este caso sin violencia explícita.

La dimensión política del fútbol se apoya en dos elementos centrales: la cohesión de grupo y la afirmación de un “nosotros”, junto con el componente de disputa que enfrenta a un “otro”, de modo que el antagonismo conduce a un resultado con ganador y perdedor. Además, al tratarse de un juego de equipo con un territorio y una estrategia, se acentúan rasgos que recuerdan a la lógica bélico-política. Incluso el término “estrategia”, de origen griego, remite a la conducción de ejércitos, aunque no siempre se repare en ese significado.

El punto hacia el que se quiere llegar es la forma en que la selección nacional puede actuar como representación simbólica de rasgos políticos distintos a los que suelen dominar la vida cotidiana. En primer lugar, porque este equipo ha logrado que muchas personas se sientan reconocidas en él: se percibe que “sí nos representa”. Ese liderazgo sereno y sin espectáculo del seleccionador, junto con la unidad y el espíritu colectivo que transmiten los jugadores, contrasta de manera positiva con las confrontaciones habituales en el debate político, marcadas por la polarización, los muros y la retórica incendiaria. En el entorno futbolístico, esa lógica da paso a una cohesión interna que incluso se mantiene cuando el equipo recibe críticas.

Esa integración se apoya en el hecho de enfrentarse a otros, a “extranjeros”, pero lo más relevante es que el combinado nacional incorpora también a personas con orígenes foráneos. No opera aquí una “prioridad nacional” entendida como no ser español de “pata negra”.

El seguimiento del Mundial refuerza, por un lado, la idea de que se vive en una sociedad global; y, por otro, que esa globalidad solo encuentra sentido pleno a partir de lo local, que afirma sus particularidades. Cada nación proyecta su identidad en un mercado que engloba a todos. Aun así, esta sociedad de tribus múltiples termina siendo trans-tribal: salvo excepciones puntuales, la mayoría de las selecciones reúnen jugadores con orígenes variados, unidos principalmente por la nacionalidad y no por la etnia. La globalización ya ha penetrado en el interior de esas estructuras. La paradoja de vender una marca con piezas de otros orígenes genera una dialéctica particular entre universalismo y particularismos que, según esta reflexión, acabará condicionando el futuro.

Por todo ello, este Mundial se considera ejemplar en dos sentidos: primero, porque subraya la importancia de las fuerzas que cohesionan frente a las que desagregan; y segundo, porque relativiza el peso de los orígenes, en contraste con los discursos supremacistas que circulan en la actualidad. Hay competencia, lucha y pasión, con ilusiones y decepciones, pero también es un escaparate para quienes, por su esfuerzo deportivo, aspiran a un reconocimiento global. Ese reconocimiento se extiende a quienes pertenecen o no a la “tribu” de cada cual, funcionando como una alternativa frente al fanatismo y como una manifestación de nacionalismo integrador.

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