
Imagen gracias a: El País (América)
Del peón blanco a la incertidumbre: dudas sobre la lógica numérica en el fútbol
Una reflexión parte del gol de la selección de Curazao a Alemania y enlaza con la idea de que las contradicciones pueden tensionar la lógica matemática, especialmente cuando el deporte se intenta ordenar con cifras.
Todo comenzó con un peón blanco. Su movimiento es de los más simples, algo parecido al arranque de un partido de fútbol con un toque hacia delante, en diagonal o incluso fuera del campo si eres del equipo de Luis Enrique. En ajedrez, ese peón abre cada partida, bifurca caminos y multiplica opciones de juego. Quizá por eso, en los años 60, dio lugar a una herramienta que se acerca a lo que un deportista querría anticipar: el futuro. El físico Arpad Elo desarrolló un método matemático para medir las posibilidades de victoria de un jugador sobre otro. Incluso ajustaba las puntuaciones en función del resultado obtenido frente al esperado. La eficacia del sistema fue tal que hoy se utiliza para construir el ranking de los ajedrecistas.
Hay algo inapelable en los números: transmiten una confianza casi automática. Si una estadística asigna una puntuación numérica según victorias y derrotas, resulta tentador creer que ahí está definido el lugar de cada quien. No sorprende que ese enfoque matemático haya saltado del tablero de ajedrez a los estadios. La FIFA y también quienes apuestan se asoman a esos cálculos con la misma fascinación con la que, en Tolkien, se mira un ‘palantír’.
Pero surge una pregunta: ¿qué ocurre con aquello que no se puede cuantificar y que, aun así, define mucho más de lo que somos que nuestra propia intención? Las expectativas propias y ajenas, por ejemplo, ¿sumen o resten para alcanzar un resultado? ¿Puede un número reflejar la manera en que tiembla el labio del jugador que toca el balón tras el pitido inicial y abre un millón de posibilidades? ¿Qué papel cumple la edad si no eres Messi? ¿Qué cifra se asigna a debutar en un Mundial con tablas, o a la tensión que se instala cuando se hereda una ristra de derrotas y una estrella?
En el fondo, la cuestión es si lo que se suma o resta en el día a día de cada persona puede trasladarse con exactitud a un jugador de fútbol.
Esa duda aparece con el gol de la selección de Curazao a Alemania, que se compara con un jaque a Bobby Fisher, y con la inquietud de si este tipo de contradicciones no terminan rompiendo la lógica matemática. De hecho, el empate de España ante Cabo Verde ha impactado el escalafón numérico y reduce las opciones de llegar a la final. Aun así, la memoria emocional existe para compensar el larguero de Ferran o el rechace de Oyarzabal de este lunes. También se pueden enumerar episodios como aquel partido en Durban en el que se perdió el encuentro inicial contra Suiza y lo que ocurrió después. Con todo, por mucho que se intente ordenar el mundo con cifras y algoritmos, el deporte sigue siendo más salvaje: si los números son inapelables, en el juego lo único inapelable es la posibilidad de lo inesperado y la capacidad ambigua de los seres humanos para ser su mejor y peor versión a la vez.
La reflexión se amplía al Mundial y a la sombra proyectada sobre Atlanta, que deja la respuesta en el aire. No queda claro si se gana porque se cree en la victoria o si la lógica impone el desenlace. Si fuera así, nadie estaría haciendo cola en Mercadona el día que hay partido. Y si la matemática del fútbol moderno empezó con un peón blanco, quizá haya llegado el momento de actuar con una segunda equipación, mandando desde el propio terreno y no desde los designios.
Con Arabia Saudí se salió de rojo, pero si uno fuera Uruguay, estaría preocupado.
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