
Imagen gracias a: El País (América)
De la “cancha infinita” a los primeros triunfos de México: una historia familiar y su eco futbolero
Más de 130 millones de almas han explotado en un milagro efímero pero interminable. Entre la cochera pintada para jugar y el arranque del equipo, la Selección Nacional de México suma dos victorias con golazos en el Azteca y un gesto de picardía en Guadalajara.
Compartir la infancia con Javier, con las mismas iniciales invertidas y los apellidos al revés, marcó una forma de entender el fútbol desde la casa de los abuelos. Con el inicio del Mundial México ’70, las cascaritas entre López Hernández y Hernández López se volvían míticas, pero la historia dio un salto cuando se pintó una cancha “infinita” sobre la mitad de la cochera.
Marica, conocida como “la Nana” de trenza hasta la cintura, y con sal de grano en la sazón para las tortillas, usaba zapatos blancos para dominguear sin medias. El juego se volvió aún más mágico cuando F.J. y J.F. descubrieron una botellita de betún blanco con tapa de esponjita con la que ella boleaba sus cacles. Desde ese momento, el espacio improvisado cambió para siempre el modo de jugar.
Se trazaron las bandas laterales y los fondos, la media cancha como una franja naranja sin reloj ni rebanadas, y se dibujaron las áreas con media lunas y el punto penal. En la pintura se incorporaron el nombre de Félix como portero de Brasil y Calderón del lado de México. Con el balón, las “nacionalidades” se inventaban en cada encuentro y se narraban las jugadas a ras de cancha, en una fiesta que no tenía pausas de hidratación ni tarjetas rojas o amarillas. Incluso los marcadores incluían “una y buena” como sustituto de penales, y no existían intercambios de camisetas ni de iniciales o apellidos. Aun así, los partidos terminaban hermanando más de lo que lo harían Gerson y Tostao, hasta que llegó el regaño adulto y la amenaza de borrar la cancha a manguerazos.
Los reclamos no sólo se debieron a la pintura, sino a que se habían usado dos botes de lustre blanco para los zapatos domingueros de Marica, y al parecer se afectó la estética de la cochera de la colonia Nápoles, en un hogar católico común. Sin embargo, el episodio también dejó un aprendizaje: sobre un espacio donde apenas cabía un Volkswagen, dos niños menores de diez años lograban coreografiar el derby de Kentucky a carrera limpia y acelerada por la acera izquierda, además de cuajar pases al hueco, autopases de fantasía y tiros de media distancia que parecían cañonazos de Gerd Müller o el intento de gol de media cancha de Pelé en Guadalajara, con la misma trayectoria y distancia.
La cancha de betún funcionaba como un Azteca y como la suma de campos reunidos: era el escenario de la repetición instantánea que apenas se ofrecía en las transmisiones en blanco y negro del Mundial ’70, aunque la final se vio a colores. La ilusión creció cuando México avanzó a la siguiente ronda para enfrentarse a Italia en la Bombonera de Toluca. En esa fecha, gran parte de la familia se quedó muda por las celebraciones alrededor del Ángel de la Independencia y a lo largo del Paseo de la Reforma: se mencionaba que los héroes que dieron Patria y sobrevivientes de Tlaltelolco habrían puesto un brassiere (40-copa D) a la estatua de la Diana Cazadora, que un genio anónimo colocó un balón de futbol sobre la mano extendida del hoy inexistente Cristóbal Colón y que incluso se hablaba de una supuesta violación de la urna con los restos de los sagrados héroes de la historia de bronce. Frente a aquello, la travesura de la cochera se veía como pecado venial.
Después, la tía Ana Rosa llevó a su hijo F.J. y a su sobrino J.F. a la Comercial Mexicana de Insurgentes, donde les compró dos muñecos de Topo Gigio con el uniforme verde de México como posible talismán. Ese amuleto no alcanzó para ganarle a Italia en Toluca. Desde entonces, ambos Hernández y López iniciaron una biografía compartida de casi-casis y ya meritos: jugaron como nunca y perdieron como siempre, hasta llegar al “feliz aguacero” de hoy, cuando con canas y medio siglo de recuerdos entrañables se despertó de una pesadilla.
Con mucho por corregir y aprender, y con la inclinación a jugar hacia atrás escatimando ofensivas, la cancha infinita sigue siendo una metáfora de lo que se busca: una Selección Nacional de México que, con todo y con el defecto de apoyarse demasiado en el nombre del portero que está pintado en la cochera, ha ganado sus dos primeros partidos. Los triunfos llegaron con dos golazos en el Azteca que es cochera y con una picardía cantinflesca en Guadalajara. A eso se suman gestos como el de salvar un gol en contra con una chilena al filo de meta, y la salvación con la mano extendida que se compara con Capilla Sixtina, donde el portero mexicano parecía sentarse sobre una nube.
Así, más de 130 millones de almas han explotado en un milagro efímero pero interminable. La FIFA y Trump se quedarán estupefactos al comprobar que allá también se juega de local y se habla con Eñe. Por ahora, se deja de lado todo absolutamente todo y se vuelve a intentar una bicicleta cuyo arco busque driblar al defensa por encima de su cabeza, para encarar muy lejos la puerta negra: la gloria de toda una vida, con el grito enloquecido que se canta corriendo, ojos cerrados en sonrisa, sacudiendo la melena como George y Paul, hasta abrazar en la nube a John o Ringo, o al mofletudo ratón italiano que fue testigo fiel de una ilusión imposible e instantánea, pero por lo visto jamás irrepetible.
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