Caparrós y Villoro reanudan su cruce futbolero en torno al Mundial y la figura de Messi

Imagen gracias a: El País (América)

Caparrós y Villoro reanudan su cruce futbolero en torno al Mundial y la figura de Messi

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Martín Caparrós y Juan Villoro retomaron su conversación literaria iniciada por el Mundial de Qatar 2022 para seguir, con la misma pasión, el día a día del Mundial que disputan EEUU, México y Canadá. En el texto, la pregunta sobre “cómo será ser Messi” se enlaza con el papel del VAR, el dominio futbolístico y el avance de la igualdad en el torneo.

Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, habían comenzado una conversación íntima y pública con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Cuatro años después, vuelven sobre esa misma serie, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para acompañar con idéntico entusiasmo el desarrollo de este otro Mundial, que disputan EEUU, México y Canadá.

Seguro que lo viste, Granjuán, y quizá te preguntaste lo mismo que yo. El partido había terminado, él ya había sido reemplazado y, aun así, allí estaba: sentado en el césped, mascando y escupiendo alguna cosa, con la mirada perdida. Se repetía el gesto de siempre, como si no pensara nada, mientras la duda aparecía una y otra vez: cómo será saber que los ojos del mundo están en vos, que en media hora la mitad de los medios del mundo habrá de celebrarte como descomunal maravilloso extraordinario, que dirán que lo has hecho de nuevo, que si el hat trick, que si el mayor goleador de los mundiales. ¿Qué tipo de satisfacción produce una calma así? ¿Qué sensación queda cuando se instala la imagen de la abuela una vez más y se convierte en otra confirmación de que sos único? ¿Qué ocurre con la sorpresa de que se sorprendan, y qué va a decir Mateo? En el fondo, vuelve la pregunta: cómo será vivir con todo eso. Cómo será ser Messi.

El encuentro había arrancado una hora antes con un choque entre hombres y máquinas. A los siete minutos, los hombres ya habían marcado dos goles, pero las máquinas intervinieron y dijeron que no: el VAR anuló por un hombro de más y un tobillo de menos. Se plantea entonces una idea: el offside debería depender de lo que alcanza a ver un humano, cuando el delantero que comete la falta puede percibirla; la máquina, en cambio, tendría que aprender a mirar como humana, precaria, aproximada.

Sin embargo, no lo hace. Así, el marcador se mantenía en 2-0 y los hombres se dieron por vencidos por un rato, hasta que Messi volvió a exhibir lo que todos saben: que es la mejor máquina de jugar al fútbol que hayan armado unos humanos. Lo hizo, es cierto, aprovechando su estatura. Messi, por el interés del espectáculo o por el peso de su historia, tiene derecho a ciertos privilegios. En este caso, por ejemplo, que el equipo rival jugara sin arquero. Por eso, los argelinos debieron reemplazar esa situación con lo que parecía un supuesto hijo de Zidane enmascarado, y allí se terminó de definir el partido: dos de los tres goles del prodigio fueron presentes del hijo pródigo, y sus dos manos menos.

El resultado pareció mucho, fue mucho, en un partido que no ofrecía tantos aspavientos. Buena parte del mejor fútbol actual consiste en no hacer alardes: hacerse el tonto hasta que el rival cometa una tontería. Pasarse la pelota en la zona neutral, tomala vos dámela a mí; acechar al contrario mientras hace lo propio; esperar que un error de manejo o de colocación abra el juego y entonces aparezca el golpe rápido, pim pam pum. Esa fue la lógica que se vio esta noche, aunque los argentinos lo hicieron con más seriedad y con Messi mediante sus privilegios. Los argelinos, en cambio, intentaron jugar como argentinos y gambetear, mientras que los argentinos, argelinos, se conformaban con los pases precisos. En un mundo donde todo es inversión, los papeles se invierten.

El texto conecta ese momento con lo que está ocurriendo en el plano más amplio. Granjuán, lo estamos consiguiendo: se creyó que sería tan difícil, que exigiría levantamientos, sacrificios y un recorrido hercúleo, pero se logró poco a poco, con un cambio lento de las mentalidades y la intervención paradojal de la Santa Madre Plata. La idea es que, quizá dentro de décadas, se recuerde que este Mundial fue el que marcó el principio del fin de la desigualdad.

Durante más de un siglo, el poder en el fútbol estuvo más que claro; ya no tanto. Eso no significa, todavía, que el Mundial vaya a ser ganado por alguien sin fuerza: solo marca un inicio. Por ahora, lo que se ve es que Cabo Verde puede aguantar a España, Arabia a Uruguay, Japón a Holanda, Marruecos a Brasil, y que el torneo ofrece ese monumento a la igualdad que es el empate. (O, como lo sintetizó un analista: “En el fútbol, lo que de verdad importa es meter más goles que el rival. Si no lo haces, pierdes. O, en el mejor de los casos, empatas. España fue incapaz de hacer un gol, tampoco recibió ninguno y, por eso, el resultado fue de 0-0”.)

La igualdad, en síntesis, era el asunto que preocupaba antes del partido. Tú, yo y tantos han estado en contra de la desigualdad, humillados por la gran potencia global y por los poderosos de entrecasa. Ahora, en cambio, toca mirar desde la posición del dueño amenazado: cómo es perder parte de ese poder y tolerar que otros, que nunca fueron nada, pretendan ser sus iguales. La Copa del Mundo siempre funcionó como un club exclusivo: Brasil, Alemania, Argentina, Francia, Italia, Uruguay y, como parvenus, Inglaterra y España. Su superioridad no solo consistía en ganar copas, sino en que, salvo cataclismo, ningún Cabo podía molestarlos.

Se anticipa una objeción: siempre hubo casos sueltos, derrotas sorpresivas, pero no la sensación de que un equipo de los nuestros teme jugar contra un africano, o que un europeo tema a ciertos asiáticos. Se plantea entonces una lectura: la venganza del capital contra sí mismo. De tanto comprar africanos para clubes ricos, los dueños del fútbol han fogueado a esos señores en las mejores competencias, los han vuelto temibles.

Así, la igualdad se va imponiendo, aunque todavía le falta un poco. Mientras exista un rey como este rey, será complicado. “Leo Primero, gran señor de las clases y las desigualdades, un desclasado te saluda”, se dice, o, como dirían los amigos colombianos: “un igualado te saluda”.

Y a ti, Granjuán, con un abrazo a tu medida,

m.

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