
Imagen gracias a: El País (América)
Recogepelotas del Mutua Madrid Open: la coordinación silenciosa que sostiene el tenis
Los 224 ball kids del Mutua Madrid Open, federados y con edades entre 11 y 16 años, trabajan en la pista durante las dos semanas del Masters 1000 en la capital y comparten espacio con los principales referentes del circuito.
En el Mutua Madrid Open, la escena se repite con precisión: la pelota sale despedida, golpea el fondo y, solo entonces, la atención se desplaza hacia quienes están listos para intervenir. Entre ellos está Sofía Huntanu, recogepelotas de 14 años, que una vez esquivó una bola tras el saque de Ben Shelton, uno de los servicios más potentes del circuito, cuya pelota alcanza aproximadamente los 200 kilómetros por hora. La niña, nacida en Getafe y de padres rumanos, forma parte de los 224 recogepelotas del torneo y comparte pista con sus ídolos durante las dos semanas que dura el Masters 1000 de la capital.
Un año después, Hutanu vuelve a aparecer con las piernas marcadas por el polvo de arcilla. En esta ocasión, la tarea fue recoger pelotas para Aryna Sabalenka, número uno del tenis femenino. Aunque tenía un examen de Historia, un justificante le permitió posponerlo y sumar una jornada más junto a sus referentes. Juega desde los cinco años; a los 11 se inscribió en su primer torneo, lo ganó y decidió continuar.
Los recogepelotas son niños de entre 11 y 16 años, federados de tenis. Han sido evaluados en la Caja Mágica por su habilidad, agilidad, puntería y velocidad. Los adultos cobran, mientras que los menores no. La selección llega tras un proceso en enero: de entre 600 postulantes se eligen a los participantes. Muchos profesionales empezaron de una forma similar; Roger Federer es uno de los nombres que se mencionan. Hutanu resume la diferencia entre verlo en televisión y vivirlo al lado de la pista, al afirmar que cuando lo ve en persona se siente muy cerca del jugador.
El trabajo se organiza por puestos. En cada esquina hay recogepelotas que coordinan el flujo de bolas para reducir al mínimo los segundos entre punto y punto, y en la red otros dos se encargan de seguir la puntuación, localizar las pelotas que se quedan ahí y conectar las dos mitades de la pista. Además de la agilidad, entrenan explosividad, arranques y frenazos, con una coreografía que combina lo acrobático con lo estrictamente funcional.
Adrián de la Cruz, profesor de tenis de 32 años, también forma parte del equipo de 30 recogepelotas adultos que intervienen en los encuentros más importantes. Explica que la tensión no depende tanto del “aura” del jugador como del contexto: en semifinales y final hay más público y, con ello, crece la presión. Para De la Cruz, la prioridad es el jugador.
El rol ha evolucionado con el tiempo. Antes, los jugadores buscaban sus propias pelotas, pero la profesionalización del deporte llevó a incorporar recogepelotas para agilizar el ritmo. El equipo ensaya semanas antes con partidos simulados para afinar detalles como que la pelota no rebote y que vaya lo más recta posible. En el fondo, el trabajo incluye asistir al jugador: ofrecer bolas para el saque, acercar la toalla y protegerlo del sol o de la lluvia con su sombrilla. En la red, el enfoque está en la puntuación y en mantener el juego fluido.
También se establecen normas claras. Los recogepelotas no pueden hacer ningún sonido, ni mostrar expresiones, ni celebrar o asombrarse. Si algo falla, el protocolo se impone: el pasado sábado se tuvo que repetir un punto porque el recogepelotas se acercó a la bola pensando que se iba fuera, antes de que el estadounidense Tommy Paul la devolviera. El manual que reciben incluye advertencias específicas, como la de no entregar al jugador la misma pelota con la que ha perdido el punto.
En años anteriores, la presencia de adultos había generado críticas por desconocimiento de reglas o por su vestimenta. Ahora, la formación se realiza durante las dos semanas previas al torneo y muchos de los participantes ya vienen del mundillo del tenis. Algunos también han sido recogepelotas desde pequeños y, al crecer, cambiaron de categoría para poder seguir participando. Entre ellos están César y Juan García, gemelos que colaboraron siete años seguidos cuando estaban en el colegio y que ahora continúan como mayores.
El hangar donde descansan se describe como un espacio de convivencia, con griterío y charlas en corrillo. El año pasado, allí les tocó un apagón y, para entretenerse mientras esperaban noticias, jugaron a rodar mandarinas. Coral Martínez coordina al grupo: además, es directora de la escuela de tenis y pádel Caral Ocio, en Getafe. Asegura que algunos chicos ni siquiera alcanzan a cubrir a otros de talla superior, como el italiano Jannik Sinner, y subraya que, aunque no parezca, se comportan mejor que en sus propias casas.
La dinámica diaria también está organizada: se mueven por el predio en grupos de seis, con un capitán elegido por ellos mismos. Pasan una hora en pista y una hora fuera. Martínez destaca que son autosuficientes, superresponsables y que suelen llegar siempre 10 minutos antes.
Para muchos, la experiencia se vive como un campamento. Luego se cruzan en ligas regionales o torneos y surge el reto de enfrentarse entre compañeros. Hutanu espera ese momento durante todo el año: en su primera participación, con apenas 12 años, se inscribió sin conocer a nadie y estaba nerviosísima, pero resume que, aunque el rol consiste en recoger pelotas, también permite vivir momentos “increíbles”. De la Cruz coincide con esa idea y anima a aprovechar la experiencia, planteando que, con el paso del tiempo, estos chicos pueden convertirse en glorias para ellos mismos y recordar el inicio como el primer paso en la primera fila.
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