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Richard Parnell detalla el trabajo de los encordadores en el Masters de Madrid: precisión, constancia y técnica

Imagen gracias a: El País (América)

Richard Parnell detalla el trabajo de los encordadores en el Masters de Madrid: precisión, constancia y técnica

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Richard Parnell, presidente de la Asociación Global de Encordadores de Raquetas, explica el oficio que ejerce desde los ocho años y que combina artesanía e ingeniería, con manías de los jugadores y los detalles que marcan la diferencia en el rendimiento.

Richard Parnell, presidente de la Asociación Global de Encordadores de Raquetas y principal responsable del circuito, describe el papel de los encordadores: un trabajo esencial para el tenis de élite que, pese a su importancia, suele pasar desapercibido. “Muchos jugadores al ganar un partido o un título, agradecen a los masajistas, recogepelotas, ayudantes... Pero nunca a nosotros, los encordadores. Les he dicho a un par de ellos que, para variar, nos incluyan en sus agradecimientos cuando ganen algún trofeo”, comenta.

Originario de Inglaterra y residente en Málaga, Parnell encorda raquetas desde los ocho años y acumula más de medio siglo de experiencia, la mayor parte en el circuito ATP. Aunque en la actualidad dedica más tiempo a impartir cursos como presidente de la GRSA, su trayectoria incluye trabajo desde los años 90 en torneos como Wimbledon, Roland Garros y París-Bercy, además de supervisar los servicios de encordado de torneos actuales, entre ellos el Masters de Madrid.

Para él, la base del oficio es la constancia: “Da igual si es la primera raqueta a las siete de la mañana que la última a las once de la noche: tiene que ser exactamente lo mismo”. En el alto nivel, incluso pequeñas variaciones pueden influir. “Un jugador profesional puede notar variaciones mínimas en la tensión de las cuerdas. Si es medio kilo por debajo, lo van a sentir. No se trata solo de cumplir con una cifra, sino de reproducir exactamente las condiciones que el jugador espera. Los profesionales necesitan un servicio perfecto para rendir al máximo nivel”, añade.

En los grandes torneos, la carga de trabajo es especialmente intensa al comienzo. Parnell recuerda que en el periodo previo al inicio del cuadro principal se encordaron más de 500 raquetas entre 18 personas. En esas jornadas, cada encordador se encarga de entre 20 y 40 raquetas y debe mantener el mismo nivel de precisión durante días que pueden alcanzar las 15 horas. El esfuerzo físico también es notable: “Muchas veces he tenido que sumergir los dedos en agua con hielo para combatir el dolor”, señala.

El tiempo de respuesta suele rondar los 20 minutos por raqueta, pero existen situaciones excepcionales. “Si un jugador que está en pleno partido quiere volver a tener su raqueta recién encordada, debe estar lista en un máximo de 15 minutos, y ahí te entran los sudores”, explica. Parnell pone un ejemplo concreto: “Zverev (número tres del mundo) siempre suele querer una raqueta recién encordada nada más terminar un set. Para eso, hay un encordador en pista con una máquina que es sólo para él”.

En cuanto al material, la mayoría de los profesionales utiliza cuerdas de monofilamento, generalmente de poliéster, por su capacidad para generar efecto y control. “Cogen más efecto y pueden soltar más el brazo”, afirma. Aun así, el verdadero reto está en garantizar el resultado final con exactitud. Para ello, se emplean herramientas que miden la tensión real del cordaje, como la ERT 300, una máquina suiza que mide la tensión dinámica una vez terminado el encordado.

Aunque algunos jugadores cuentan con encordadores personales, Parnell subraya que es minoría: “Sólo nueve jugadores en todo el circuito utilizan personas fuera del servicio oficial para tener sus raquetas a punto”. La gran mayoría confía en los encordadores oficiales de los torneos, donde el nivel ha aumentado en los últimos años gracias a “más formación” y “más certificaciones”, lo que ha hecho el servicio “mucho más profesional que antes”.

Manías y control del detalle

La estandarización no elimina las preferencias individuales. Parnell resume la diversidad: “Cada jugador es un mundo”. Algunos solicitan tensiones extremadamente bajas, cercanas a los 10 kilos; otros piden tensiones que superan los 30 o incluso los 40. “No es lo mismo encordar a baja tensión que a alta, las bajas son más difíciles de controlar”. Además del cuánto, también importa el cuándo: “Algunos te piden que encuerdes la raqueta a una hora exacta”, explica.

El motivo es que la tensión comienza a caer desde el mismo momento en que termina el encordado. Si la raqueta se encuerda justo antes del partido, pierde tensión de forma inmediata; si se realiza con antelación, esa caída ya se ha estabilizado. “Es una lucha constante contra el tiempo”, resume.

Incluso el pintado del logotipo en las cuerdas puede tener consecuencias. Parnell advierte que si el pintado es excesivo y las cuerdas quedan pegadas entre sí, se mueven menos y generan menos efecto. Por ello, algunos jugadores piden una pintura casi imperceptible.

Para el encordado, el equipo utiliza máquinas de última generación, como HEAD TE-3600, que permiten ajustar la tensión en incrementos mínimos. Estas máquinas pesan alrededor de 50 kilos y tienen un coste cercano a los 6000 euros.

Artesanía e ingeniería

A pesar de la tecnología, Parnell insiste en que el resultado no depende solo de la máquina: “La máquina ayuda, pero al final todo depende de la técnica del encordador”. En su visión, el oficio vive en el equilibrio entre la artesanía y la ingeniería: encordadores invisibles para el gran público, pero imprescindibles para que el jugador reciba una raqueta lista y coherente con lo que espera. Como concluye Parnell, “el jugador tiene que coger la raqueta y no pensar en nada. Si piensa, es que algo no está bien”.

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