
Imagen gracias a: El País (América)
Países Bajos y Alemania: el contraste entre identidad de juego y obsesión por el resultado
La idea de atacar y buscar la victoria como parte esencial del proceso se ha ido diluyendo en Países Bajos. Con el tiempo, el enfoque ha cambiado hacia el resultadismo, mientras Alemania y Holanda siguen sin encajar el papel que históricamente les correspondía en la Copa del Mundo.
Había un fondo común innegociable que se fue desvaneciendo con el paso del tiempo: atacar, ir a por la victoria y asumir la derrota como un componente inevitable del aprendizaje, no como un mérito del rival. Con los años, ese planteamiento cedió terreno al resultadismo.
Países Bajos, conocida durante décadas como la selección oranje y bautizada como “Naranja Mecánica” para los nostálgicos, hoy arrastra una historia reciente marcada por la dificultad para sostener su identidad. Tras mudarse de nombre y abrir el camino hacia la Copa del Mundo de 2026, el proceso terminó con la dimisión de Koeman, quien claudicó después de la derrota contra Marruecos en el partido de dieciseisavos de final celebrado en Monterrey. La tanda de penaltis suele castigar a Países Bajos, y la selección no encuentra una forma de revertir su mala suerte en los momentos decisivos, con independencia de los futbolistas que integren la nómina.
El historial no acompaña en las grandes citas: ninguna de las victorias parciales ha tenido la resonancia de la derrota de la final de 1974 ante Alemania. Después llegaron nuevos tropiezos en las finales de 1978 y 2010, y en 2014 fue tercera. Ese último gran año llegó cuando ya no quedaba rastro del campeón de la Eurocopa 1988, un equipo célebre por el 2-0 ante la Unión Soviética de Dassaev, logrado con una volea de Van Basten. En aquella etapa formaban Koeman, Gullit, Rijkaard y Van Basten.
Koeman, que mantenía una línea trazada desde el título de Múnich, dejó el cargo tras el revés ante Marruecos. La generación que lideró Van Basten y después el Big Four —Robben, Van der Vaart, Sneijder y Van Persie— limitó su influencia al plano europeo. Con el paso del tiempo, el Mundial se ha resistido a Holanda y ha menguado su peso futbolístico, en parte por la falta de impacto individual y colectivo si se toma como referencia el Ajax, campeón continental en los años setenta y hoy quinto clasificado en la última Liga.
En el Ajax, el director deportivo es Jordi Cruyff, hijo de Johan Cruyff, responsable de construir el Dream Team. El entrenador será Michel, el técnico que llevó al Girona hasta la Liga de campeones y que abandonó Montilivi tras el descenso a Segunda. La idea del Ajax es inspirarse en el juego del Girona y en el estilo del Barça, del mismo modo que el Barcelona se edificó a partir de Cruyff y el Ajax.
En este contexto, el gegenpressing —la presión tras perder la pelota, muy propia de la escuela alemana— ha ido sustituyendo al fútbol total que caracterizó al Ajax y a la selección de Holanda de Rinus Michels. Incluso Koeman, figura fetiche de Cruyff junto con Van Basten, no ha logrado evolucionar el juego holandés y del Barça. La meta fue la final de la Liga de las Naciones en 2019. El plan de Koeman, con frecuencia, fue reactivo, condicionado por el rival y por el marcador, como se evidenció en la confrontación más reciente con Marruecos.
La ausencia de un ariete goleador, y la dependencia de distintas referencias ofensivas como Brobbey, Malen o Summerville —además del menguado Memphis— ha llevado a la selección a apoyarse en Van Dijk, un central con origen de juego, al igual que en su día fue Koeman. Aun así, no alcanzó para levantar la Copa: por más empeño que se puso, jugadores como Gapko o De Jong y un portero como Verbruggen —en momentos evocador de la figura de Van der Sar— no fueron suficientes. En los hechos, las decisiones de Koeman fueron seguidas por los propios futbolistas después de vaciar el medio campo y llenar las dos áreas mediante un dispositivo 5-2-3.
Países Bajos es, además, un país especialmente autocrítico en el fútbol, acostumbrado a auscultarse y a opinar, y también a convivir con pleitos internos, ya sea entre clubes o incluso raciales. Sin embargo, existía un fondo común innegociable que se diluyó con el tiempo: atacar y buscar la victoria sin desfallecer ni miedo, hasta el punto de asumir la derrota como un servicio a la colectividad. La creatividad, el ingenio y el disfrute del fútbol puro, con y sin extremos, se imponían al resultadismo representado por Alemania.
Alemania ha dejado de ganar y Holanda no para de perder en la Copa del Mundo. El reto ya no consiste únicamente en encontrar un entrenador que ofrezca la respuesta que no hallaron Koeman, Van Gaal ni Advocaat. Hay nombres solventes en la lista como Bosz y Sloot. La cuestión de fondo es recuperar una identidad que se ha perdido, a partir de un mayor cuidado de la cantera y de una menor selección de jugadores muy competitivos en campeonatos como la Premier, donde solo dos internacionales de la última lista juegan en la Eredivisie. Tal vez sea necesario volver a definir qué significa ser jugador de la selección de Holanda.
Por el momento, el resultadismo no funciona en un equipo que antes era admirado por su forma de jugar y no por el marcador, como si el objetivo fuera enseñar a jugar en lugar de ganar.
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