Messi se despide de la Albiceleste: una trayectoria marcada por ambición, talento y el legado que deja en Argentina

Imagen gracias a: El País (América)

Messi se despide de la Albiceleste: una trayectoria marcada por ambición, talento y el legado que deja en Argentina

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Tras su despedida en el Monumental, Leo Messi cerró una etapa con la Albiceleste después de alimentarse de una competitividad y ambición sin límites. Su recorrido, atravesado por Barcelona y Argentina, culminó con un adiós multitudinario y un impacto decisivo en el 3-0.

No será sencillo mirar a Messi y reconocer al futbolista por la camiseta rosa del Inter de Miami. Ya sin los colores del Barcelona y también despedido de la albiceleste tras su despedida en el Monumental, el triunfal adiós en el estadio de River marca un contraste con otros momentos de su carrera, como la dolorosa salida del Barça que lo llevó al PSG.

La historia de Messi ha discurrido por Barcelona y Argentina como dos líneas paralelas: se prolongan, pero no llegan a cruzarse del todo, y a menudo resultan difíciles de entender incluso para su entorno. Partida entre Rosario y Barcelona desde el año 2000, su familia vivió una etapa marcada por la separación geográfica: la madre y la hermana regresaron a su país, mientras el padre se ocupó del hijo y los hermanos desde que se hospedaron provisionalmente en el hotel Plaza.

Desde muy joven, Messi tenía la convicción de que sería futbolista del Barça. La decisión del club azulgrana de financiar el tratamiento por la hormona del crecimiento, que no habían asumido ni River ni Newell’s, fue el punto de partida. Con esa seguridad, cuando en la Masia le prepararon un plan de estudios a su medida, con profesores que le gustaban, respondió recién cumplidos los 14 años: “No se preocupen por mis estudios porque seré jugador del FC Barcelona”.

El debut llegó con rapidez. Con 16 años jugó en un amistoso en Oporto y, al cumplir 17, se estrenó oficialmente en un derbi contra el Espanyol en Montjuïc. Aun así, la imagen que más impacto generó fue la del Gamper de 2005, cuando Fabio Capello lo describió como “un pequeño diablo que me gustaría llevarme a la Juve”. Ya por entonces, Messi había decidido competir con su país en el Mundial sub-20. En el Camp Nou, el crecimiento profesional no chocó con el sueño infantil de representar a la Albiceleste: la cabeza estaba en el Camp Nou, pero el corazón latía en Rosario.

Cuando llegó el momento de elegir, Messi optó por Argentina. Fue en 2008, en el contexto de la tercera fase previa de la Champions del Barça, cuando el club pidió que pudiera acudir a los Juegos Olímpicos. Guardiola ganó la estima del jugador al aceptar que viajara para buscar la medalla de oro en Pekín. Ese título, sin embargo, quedó pronto en el olvido para la hinchada del país campeón, mientras el éxito individual de Messi se expandía con el Barcelona.

Como azulgrana, el 10 acumuló 10 Ligas y cuatro Champions hasta 2021. Ese mismo año llegó, finalmente, la Copa América para Argentina, después de perder cuatro finales, incluyendo una de la Copa del Mundo en 2014.

Uno de los golpes más duros para Messi en la selección llegó en 2016. “Me duele no ser campeón con Argentina. Ya está, lo intenté mucho, es increíble, pero no se da. Se terminó para mí la selección”, anunció. En ese momento, fue pitado por los radicales que coreaban “no tiene huevos, no tiene alma”, con un clima de rechazo que conectaba con la idea de un “pecho frío” y con la distancia emocional que algunos le atribuían: un culé sin raíces argentinas ni hinchada propia en su casa, incapaz de cantar el himno de su país, nada que ver con Maradona. Mientras la figura de Diego crecía, la de Leo parecía empequeñecerse ante sectores que lo veían demasiado neutro para merecer el 10 y demasiado limitado para defender con fuerza la cinta de la Albiceleste.

El giro llegó en 2021, cuando Argentina ganó la Copa América en el Maracaná contra Brasil. La vida de Messi cambió en un doble sentido: al mismo tiempo, su inicio victorioso con la Albiceleste contrastó con un despido sorprendente en el Barcelona. En 2020, Messi había comunicado mediante un burofax su intención de abandonar el club azulgrana presidido por Bartomeu. El llanto del 10 estremeció el Camp Nou. La alegría pasó a concentrarse en los argentinos tras el desencuentro con Leo, y la Albiceleste terminó ganando dos Copas América y el Mundial 2022.

La coincidencia entre el mejor jugador y la mejor selección llegó en Qatar. Allí, Messi y Argentina vivieron una nueva final: perdieron después, en 2026, la final con España. Incluso con el último borrón, Messi jugó incluso mejor que en 2022. Aun así, el recorrido del rosarino encontró su cierre con el anuncio de su despedida a los 39 años, cuando se esperaba que pudiera seguir combinando su juego con la selección y con el Inter de Miami.

La muerte de su padre y la abdicación deportiva tras la selección española afectaron a un futbolista poderoso, pero emocionalmente frágil, sin fuerzas para capitanear a Argentina. En su despedida, Messi estuvo emocionado junto a Julián Alvarez y Lisandro Martínez. Juan Ignacio Roncoroni (EFE).

La grandilocuencia del adiós en el Monumental avala el momento de la renuncia: Argentina se presentó con una despedida que hizo que la hinchada se volcara como pocas veces, incluso con un rival como Benín, distinto a la lógica de homenajes de los 80. La respuesta del público acompañó la decisión de Leo. Las decisiones vitales que tomó siguieron un ritmo similar al de sus jugadas: no fue necesario desafiar a nadie con gestos de clase, aunque sí mantuvo orgullo y una actitud amable con quienes mandan, muy alejada del estilo de Maradona.

Messi se construyó desde una competitividad y ambición sin límites para sobrevivir al carismático Diego. Aunque sabía disimular y era respetuoso con la pelota y las leyes del juego, no toleraba perder. Para algunos compañeros, su exigencia resultaba difícil de llevar porque la prioridad era ser el número 1.

En el plano futbolístico, no hubo un jugador en el mundo con una continuidad tan constante en la victoria. Messi fue pionero en una forma de leer y deconstruir la jugada para entender cada paso y cada regate, con una manera particular de explicar el gol: alcanzar, caminar y llegar con naturalidad, solo al alcance de Messi. Su fútbol, tan preciso, pudo parecer memorizado o automatizado por repetido, pero lo que lo sostenía era el talento y la virtuosidad de un jugador de calle, con el carácter canchero de los argentinos y la educación de la academia del Barça.

El legado quedó plasmado en la identidad futbolística ganada por la Albiceleste, tal como reconoció Scaloni. Messi dejó un tango como último baile: desbordó la emoción de 85.000 espectadores que entregaron su idolatría al protagonista. En el partido, Messi fue autor de un gol y dos asistencias que explican el 3-0. “No venir más va a ser un dolor muy grande”, resolvió el futbolista de los seis mundiales tras 21 años.

A partir de ahora, quedan por verse sus goles con el Inter de Miami, al menos hasta 2028, y habrá que esperar cuándo se den las circunstancias para su reencuentro con el Barça. Cuando ya no vista ninguna camiseta, se verá que su piel refleja la verdad de un jugador elegido para reinar a la altura y un poco más de Pelé, Di Stéfano, Cruyff y Maradona.

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