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José Zambrano: del colchón inflable y las estaciones de tren a dirigir Worlds Soccer Referees y vender encebollados en Nueva Jersey
José Zambrano, exárbitro ecuatoriano, llegó a Nueva York en 2018 con una visa de tres meses y pasó por trabajos en construcción, noches en estaciones de tren y dificultades económicas. Hoy encabeza Worlds Soccer Referees, una academia con 35 árbitros, y complementa sus ingresos vendiendo encebollados en Nueva Jersey y zonas de Nueva York.
La primera noche de José Zambrano en Estados Unidos no tuvo nada que ver con el relato del “sueño americano”. Al llegar a Nueva York en 2018, con 35 años, no encontró una vivienda propia ni un empleo estable, ni personas esperando con facilidad para integrarlo. Compartió un cuarto pequeño con otras seis personas y durmió en un colchón inflable; por ese lugar pagaba USD 400.
Zambrano había sido árbitro durante 13 años, dirigiendo partidos de Serie A y B en Ecuador. Sin embargo, su carrera terminó antes de lo previsto. Su visa le permitía permanecer tres meses en Estados Unidos y su plan era temporal: conocer, trabajar un poco y regresar. Pero lo que encontró al llegar cambió el rumbo de su vida.
Al poco tiempo apareció una oportunidad inesperada. Dos amigos que también eran árbitros, Daniel Espinosa y Jorge García, se enteraron de que ya no estaba en actividad profesional y lo contactaron desde Nueva York. Al día siguiente de su llegada ya estaba dirigiendo partidos.
Sus primeros pasos en el fútbol estadounidense los dio en Flushing, Queens, una zona con instalaciones deportivas y ligas de fútbol. Los encuentros de los fines de semana le permitieron generar sus primeros ingresos y recuperar parte de la identidad que había perdido al salir del arbitraje profesional. Aun así, el dinero no alcanzaba y necesitaba un trabajo adicional.
La construcción se convirtió en su siguiente ocupación. Aprendió el oficio y trabajó en jornadas exigentes, soportando el calor del verano en la espalda y el invierno de Nueva York como prueba constante de resistencia. Permaneció cuatro años en esa actividad. En ese contexto, la decisión no pasaba por preguntarse si era demasiado duro: era necesario hacerlo.
A esa exigencia se sumaba otra dificultad, menos visible para quienes no han vivido la migración: lograr que los horarios, las distancias y el transporte encajaran con una vida marcada por el trabajo y por la dirección de partidos. En más de una ocasión, los tiempos del tren no coincidían con el final de los encuentros. Si el partido terminaba después de la última salida, no tenía cómo regresar. “A veces me tocaba dormir en la estación”.
Con el tiempo, Nueva York no fue suficiente para sostener su proyecto. Zambrano se trasladó a Nueva Jersey, donde encontró más amistades, nuevas oportunidades laborales y un entorno que le permitía combinar su oficio con su pasión por el fútbol. Lo que comenzó como una estadía de tres meses terminó convirtiéndose en un proyecto de vida.
Una academia consolidada
En Estados Unidos, Zambrano no se limitó a arbitrar. También impulsó equipos de trabajo y construyó una estructura propia. Primero se vinculó a un grupo llamado Hudson Referees, pero se separó de sus socios por diferencias relacionadas con la disciplina y con la manera de gestionar el arbitraje.
En 2024 creó Worlds Soccer Referees. Actualmente, la organización reúne a unos 35 árbitros, en su mayoría ecuatorianos, aunque también participan peruanos, colombianos, venezolanos y centroamericanos. La academia trabaja con ligas amateurs hispanas y participa en competiciones de distintas categorías, incluidas las de niños. Su actividad no queda restringida a Nueva Jersey: se extiende por Nueva York, Pensilvania y otras zonas del noreste estadounidense, con desplazamientos incluso hasta Massachusetts y Virginia.
Zambrano supervisa a sus compañeros, acompaña a quienes recién empiezan y transmite los conocimientos adquiridos durante su carrera. La diferencia con su etapa anterior es que ahora no trabaja solo para sostener su trayectoria personal: también asume la responsabilidad por quienes dependen de la organización. “Me gusta la disciplina”. Esa idea resume su separación del grupo anterior y su forma de entender la academia: para él, formar árbitros no es únicamente enseñar reglas, sino exigir responsabilidad y asumir que cada oportunidad debe aprovecharse.
Además del arbitraje, Zambrano se ha dedicado a la venta de encebollados, un plato típico que se ofrece en restaurantes ecuatorianos en Queens y en otras localidades de Nueva York y Nueva Jersey. Para él representa otra vía de ingresos y, al mismo tiempo, una forma de mantener un vínculo con el país.
Su plan es retirarse del arbitraje a los 50 años y regresar a Calceta, su tierra natal. Allí tuvo una escuela de árbitros antes de migrar y no descarta volver a levantar un proyecto similar. Sin embargo, reconoce que la situación que atraviesa Ecuador le hace pensarlo dos veces. “Tengo a toda mi familia acá y ellos no quierne que regrese a Ecuador. Pero esta no es mi tierra, no es mi país. Yo quiero morir en mi país, no en tierra ajena”.
La crisis del arbitraje, entre la crisis económica y las amenazas por apuestas
Zambrano dejó el arbitraje profesional ecuatoriano a los 35 años, cuando la edad fue el argumento que recibió dentro de un proceso de renovación impulsado por la Comisión Nacional de Arbitraje. Otros seis árbitros también salieron en esa etapa. Aun así, la explicación no terminó de convencerlo: consideraba que todavía tenía una década de carrera por delante, tomando como referencia el límite de 45 años en esta actividad. “Verdaderamente sí, me retiraron”.
Su salida fue un golpe tanto profesional como personal. Había invertido gran parte de su vida en una tarea que exige preparación física, conocimiento reglamentario, concentración y fortaleza mental, cualidades que suelen reconocerse poco fuera de la cancha.
Para Zambrano, los problemas del arbitraje ecuatoriano no se explican únicamente por errores visibles cada fin de semana. Tampoco cree que la tecnología, por sí sola, pueda resolverlos. Aunque el VAR ha ampliado las herramientas disponibles, continúan existiendo decisiones que generan controversia y alimentan la desconfianza de los aficionados.
Su diagnóstico combina varios elementos: dificultades económicas, falta de respaldo dirigencial, decisiones cuestionables en la administración arbitral y la presión que introducen las amenazas y las apuestas deportivas. El primer problema es, para él, básico: un árbitro que no cobra a tiempo tiene que buscar cómo pagar el alquiler, el automóvil, los estudios de sus hijos y otras obligaciones familiares. En ese escenario, dedicarse por completo al arbitraje se vuelve un privilegio difícil de sostener.
“Tú no vas a ir a un partido bien sabiendo que tienes que pagar renta, sabiendo que tienes que pagar la colegiatura de tu hijo, sabiendo que tienes que pagar el mes del carro”.
El efecto puede convertirse en un círculo vicioso: se exige un arbitraje de alto nivel, pero no están garantizadas las condiciones para sostenerlo. Los errores derivan en críticas; las críticas elevan la presión; y esa presión se suma a los problemas económicos y profesionales que el gremio ya arrastra.
A esto se agrega un factor que Zambrano considera especialmente delicado: la influencia de las apuestas deportivas y las posibles presiones externas sobre quienes dirigen los encuentros. Menciona amenazas, llamadas e intentos de soborno como riesgos que los árbitros pueden enfrentar. Su preocupación se centra en la dificultad de conocer lo que ocurre detrás de cada partido y en el temor que puede frenar a una persona para denunciar.
Volver para quedarse
Por ahora, el futuro de Zambrano se concentra en Nueva Jersey. Calcula que necesita alrededor de cinco años más para consolidar sus planes y regresar a Ecuador con un respaldo económico que le permita vivir con mayor tranquilidad. No descarta reconstruir la escuela de árbitros que tuvo en Calceta antes de migrar, pero admite sus dudas: la inseguridad, la incertidumbre económica y el panorama del arbitraje lo llevan a preguntarse si podrá desarrollar ese proyecto en las condiciones con las que antes soñaba.
Su familia prefiere permanecer en Estados Unidos. Él, en cambio, ve el retorno como una meta personal, no como una obligación. Quiere volver cuando tenga la posibilidad de elegir cómo vivir y en qué invertir.
Para Zambrano, además, no todo lo construido se mide en dinero. También están los reconocimientos, los vínculos que ha formado y la oportunidad de ayudar a alguien que llega sin conocer a nadie. Esa experiencia le permitió reconocer en otros migrantes la misma incertidumbre que sintió al inicio.
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