Haaland, Thuram, Kluivert y Simeone: la continuidad de un sueño mundialista entre padres e hijos

Imagen gracias a: El País (América)

Haaland, Thuram, Kluivert y Simeone: la continuidad de un sueño mundialista entre padres e hijos

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Erik Thorstvedt, Gregg Berhalter y otros antiguos internacionalistas viven desde la distancia el Mundial de 2026, mientras sus hijos disputan la competición que ellos conocieron en carne propia. La Copa del Mundo vuelve a pesar, pero también a inspirar, en una nueva generación de futbolistas.

Varios futbolistas afrontan el Mundial de 2026 siguiendo el camino trazado por sus padres, antiguos internacionalistas que conocen de primera mano lo que implica una Copa del Mundo.

Cuando Erik Thorstvedt (Stavanger, Noruega, 63 años) escucha el himno noruego antes de un partido del Mundial 2026, entiende con precisión lo que experimenta su hijo Kristian. Sabe lo que significa llevar esa camiseta, cómo se acelera el corazón y cómo una jugada puede quedarse para siempre en la memoria. Hace 32 años, él estaba en el terreno. Fue portero de la Noruega que volvió a una Copa del Mundo en Estados Unidos 1994 tras más de medio siglo de ausencia. Hoy observa el torneo desde otra perspectiva: la grada emocional de los padres.

“Es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida”, rememora Erik sobre aquel Mundial. Noruega no había participado desde 1938. Aun así, el recuerdo conserva un matiz amargo: “Hacía muchísimo calor y, con un estilo de juego que exigía correr tanto, fue muy duro para nosotros. Aun así, fue terrible quedar eliminados en la fase de grupos con cuatro puntos. Era el auténtico grupo de la muerte”, explica el ahora comentarista.

Las sensaciones que describe Thorstvedt también resultan familiares para Gregg Berhalter. Internacional estadounidense en 2002 y 2006, y después seleccionador nacional, recuerda con claridad la intensidad del torneo: “Recuerdo a la afición, los himnos, la intensidad de los partidos. La alegría de ganar y el dolor de perder y ser eliminado. En un Mundial, todas las emociones se intensifican”, señala.

Las historias de los Thorstvedt o de los Berhalter forman parte de un universo que recorre el Mundial 2026 en silencio. Mientras conviven goles, favoritos y estrellas emergentes, existe otra competición paralela: la de los hijos que llegan a donde antes estuvieron sus padres. Hay apellidos que pesan, otros que protegen y algunos que abren puertas. Y en casos particulares, el legado hace más exigente el camino, porque obliga a convivir con una historia que parece demasiado grande para continuar.

Una generación completa creció viendo fotografías antiguas, cintas VHS o vídeos de YouTube de aquellos hombres que un día representaron a su país en la competición más importante del fútbol. Ahora, son ellos quienes escriben un nuevo capítulo. Noruega, por ejemplo, refleja con claridad esa continuidad. Además de Kristian Thorstvedt, forman parte de esta generación Erling Haaland, cuyo padre, Alf-Inge Haaland, disputó el Mundial de 1994, y Alexander Sorloth, hijo de Goran Sørloth, otro de los integrantes de aquella selección.

Erling Haaland controla el balón ante Iraq (Soccrates Images/Getty Images).

“Por supuesto, estoy orgulloso de que mi hijo forme parte de la selección de Noruega. Ha recorrido un largo camino y tiene una voluntad y una determinación increíbles. Se ha labrado una carrera realmente buena”, afirma Thorstvedt. Sin embargo, en su discurso aparece algo más que orgullo: también está la mirada de quien conoce los riesgos del escenario al que ha llegado su hijo. “Cuanto más alto llegas como futbolista, mayores son las recompensas. Pero también los riesgos. Si en un Mundial marcas un gol en propia puerta o cometes un penalti para el rival a falta de dos minutos para el final, pueden recordártelo durante el resto de tu vida”, advierte.

Esa continuidad no se limita a Noruega. Justin Kluivert viste la camiseta de Países Bajos casi tres décadas después de que Patrick aterrorizara defensas en toda Europa. Giovanni Reyna sigue los pasos de Claudio, capitán y símbolo de Estados Unidos durante años. Nico Paz lleva el apellido de Pablo, defensor de Argentina en Francia 98. Francisco Conceição continúa una historia portuguesa iniciada por Sergio. Giuliano Simeone prolonga el legado albiceleste de Diego. Marcus Thuram hace lo propio con Lilian en Francia.

Lilian Thuram, en 1997 en un partido ante España (Andreas Rentz/Bongarts/Getty Images).

También está Sebastian Berhalter, hijo de Gregg Berhalter. Durante años convivió con la etiqueta de ser “el hijo de”. Su presencia en este Mundial muestra que el camino fue propio hasta llegar al mismo escenario que conoció su padre. “Es una experiencia muy especial para un padre y un hijo. Participar en un Mundial es algo difícil de describir, así que es maravilloso poder compartir estos momentos con él. También representa la culminación de su arduo trabajo y dedicación a lo largo de su vida para llegar hasta aquí”, explica Gregg. Él conoce el peso emocional de una Copa del Mundo porque lo sintió sobre el césped: “El Mundial es el escenario más importante del mundo para un futbolista. Recuerdo sentir que el mundo entero se paralizaba para ver mi partido”, rememora.

Marcus Thuram, hijo de Lilian Thuram, en un partido con la selección francesa (Icon Sportswire via Getty Images).

Cada futbolista tiene una historia distinta y un recorrido diferente. Pero todos comparten la misma escena: la de un niño que descubrió que su padre no era solo su padre. Era un mundialista. Tal vez por eso estas narraciones resultan especialmente emotivas. El Mundial se construye sobre recuerdos: las selecciones cambian, los estadios se renuevan y las generaciones se suceden, pero hay imágenes que permanecen. Los padres de estos jugadores conocen esa sensación con exactitud: escuchar un himno con el corazón acelerado, sentir el peso de un país entero sobre los hombros y saber que millones de personas observan cada control, cada pase y cada error.

Thorstvedt lo resume en una idea: para él, disputar una Copa del Mundo fue “como ganar un trofeo muy especial”. Y añade que no se olvida: “Representar a tu país es un privilegio y algo por lo que debes sentirte agradecido. Y en un Mundial esa sensación se multiplica por diez”, valora.

Giuliano Simeone, hijo de Diego Simeone, calentando con la selección Argentina antes del partido ante Argelia (Reed Hoffmann/AP Photo/Reed Hoffmann).

El fútbol, a veces, parece escribir con demasiada perfección sus propios guiones. Pero detrás del romanticismo hay otra realidad. Ninguno de estos jugadores alcanzó ese punto únicamente por el apellido. Muchos, de hecho, tuvieron que demostrar más para escapar de una pregunta repetida: si estaban ahí por méritos propios o por la herencia que llevaban encima. Todos han tenido que responder en el mismo idioma: el del campo. Los apellidos pueden facilitar entrar en una conversación, pero nunca marcan un gol, nunca recuperan un balón y nunca deciden un partido.

Mientras el Mundial de 2026 continúa, en algún lugar de una grada, de un palco o frente a un televisor, antiguos mundialistas observan a sus hijos y recuerdan exactamente cómo se siente estar ahí abajo. No como exjugadores. No como leyendas. Simplemente como padres.

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