El secuestro de Di Stéfano en Venezuela y el papel de Paúl del Río y las FALN

Imagen gracias a: El País (América)

El secuestro de Di Stéfano en Venezuela y el papel de Paúl del Río y las FALN

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Un libro reconstruye las horas en que Alfredo Di Stéfano quedó en manos de una guerrilla revolucionaria en agosto de 1963, una acción que buscó repercusión internacional y movilizó a gobiernos de distintos signos.

El periodista Miguel Ángel Lara relata que, en 2004, cuando empezaba en la profesión, se acercó a Alfredo Di Stéfano con un grupo de periodistas. Di Stéfano estaba apartado de un grupo de veteranos, garrota en mano, y respondía con humor: “dándole toquecitos en el suelo como un patriarca gitano”. Al preguntarle cómo había visto el Madrid-Atleti del día anterior, contestó: “¡Sentado! ¿Cómo lo iba a ver?”.

Esa anécdota sirve de entrada a un episodio mucho más oscuro: el secuestro de Di Stéfano en Venezuela, en agosto de 1963, a manos de un comando guerrillero que se hizo llamar Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN). El grupo estaba comandado por Paúl del Río, conocido en la clandestinidad como Máximo Canales. Del Río acudió disfrazado de policía, acompañado por un compañero, y se llevaron a Di Stéfano “mansamente” para “hacerle unas preguntas”.

El libro de Jimeno Hernández Droulers traza un retrato periodístico de aquel acontecimiento, el secuestro del mejor jugador del mundo, que duró casi tres horas y tuvo repercusión en democracias y dictaduras. La obra, publicada por Pepitas de Calabaza bajo el título El secuestro de Di Stéfano, profundiza en la operación y en el contexto de la Venezuela de la época, la del país de Rómulo Betancourt.

Sobre Di Stéfano hay abundante material: Alfredo Relaño y Enrique Ortega publicaron su biografía y también detallaron el secuestro. En cambio, sobre Paúl del Río se ha escrito menos. Nacido en Cuba en 1943, hijo de republicanos españoles exiliados, llegó de niño a Venezuela y, todavía adolescente, se integró en movimientos armados vinculados al Partido Comunista Venezolano y al Movimiento de Izquierda Revolucionaria, en un periodo de intensa efervescencia latinoamericana tras la Revolución cubana.

La acción por la que más se le recuerda, según los obituarios cuando falleció, fue hacerse pasar por policía en el hotel donde se alojaba el Real Madrid durante la Pequeña Copa del Mundo. En el secuestro de 1963, Di Stéfano bajó creyendo que debía declarar y terminó retenido por las FALN. No hubo petición de rescate: el objetivo era propagandístico, llamar la atención mundial sobre la guerrilla venezolana.

La estrella fue liberada, y el episodio convirtió a Ríos en una figura menor pero legendaria dentro de la violencia política de los años sesenta. Con el tiempo dejó la guerrilla y se dedicó al dibujo y la escultura con cierto éxito. También mantuvo relaciones con el chavismo, sin ser un actor del régimen y, en ocasiones, en contra.

Durante el secuestro, Di Stéfano pudo describir parte de la faceta artística de Ríos cuando le quitaron la venda: “vio cuadros y más cuadros, todos propiedad de Ríos”.

Más adelante, como se recoge en el relato del libro y como escribió Ewald Scharfenberg en EL PAÍS tras su muerte, Del Río ocupó con exguerrilleros el Cuartel San Carlos de Caracas. Se trataba de un viejo fortín colonial que durante el siglo XX funcionó como cárcel para prisioneros políticos y militares, también para él y también para Chávez.

Schafrenberg explicó que la ocupación buscaba denunciar “irregularidades administrativas y exabruptos históricos en la remodelación del Cuartel San Carlos”. Añadió que el gesto tuvo un éxito “mediano”, pero que Del Río logró instalar un campamento permanente en el cuartel, donde vivió y despachó a nombre de su fundación de exprisioneros políticos y como gerente de facto del lugar, hasta el domingo en que murió.

De acuerdo con el texto de Hernández Droulers, allí, en el sitio donde estuvo encarcelado por secuestrar a Di Stéfano, Del Río decidió poner fin a su vida “de película” con un disparo al corazón. El mismo pasaje indica que su cadáver fue hallado ese domingo con su pistola al lado, tendido sobre un charco de sangre, con los ojos abiertos y el rostro apacible, casi sonriendo, en un cierre narrativo que lo liga para siempre a los calabozos del Cuartel San Carlos, “frente a la tumba del Libertador”.

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