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El Balón de Oro del Mundial: el camino de la “trilogía” y sus grandes protagonistas
La distinción al mejor futbolista de un Mundial comenzó a entregarse en 1978 y tuvo un caso destacado: Mario Kempes logró el triplete dorado de campeón, goleador y Balón de Oro. El texto recorre además a otros nombres que marcaron distintas ediciones, hasta completar el listado de figuras que hubieran podido quedarse con el premio de haber existido.
El 25 de junio de 2020 se cumplía un nuevo aniversario del primer título mundial de Argentina, y en esa fecha Mario Kempes fue el centro de una nota evocativa, realizada desde su casa de Hartford, Connecticut, por el programa Torneos y Competencias.
Kempes abordó el tema con franqueza y cierta incomodidad, al referirse a la manera en que el periodismo lo ubica frente a otras figuras: “¿Te sentás futbolísticamente en la misma mesa que Maradona y que Messi…?”. Luego, en su respuesta, dejó en claro su postura: el periodismo debería ponerlo donde considere, y sostuvo que no tenía obligación de compartir “mesa” con Messi y Maradona; destacó que, con el perdón del periodismo, ellos fueron monstruos, pero afirmó que el único argentino campeón del mundo, goleador y mejor jugador de un mundial era él. También señaló que no le gusta agrandarse y que no lo quería decir, aunque aseguró que “como me han jodido demasiado, lo tengo que decir”, agregando que a veces duele el olvido.
A partir de ese disparador, la columna se enfocó en la historia del premio: el Balón de Oro al mejor jugador del mundial comenzó a entregarse en 1978. En esa primera etapa, Mario Kempes alcanzó el triplete dorado: campeón, goleador y balón de oro.
En 1982, Paolo Rossi igualó el logro y también se llevó la santísima trinidad, con una particularidad: ninguno de los dos había convertido en la primera ronda de esos torneos. Los goles y las actuaciones decisivas aparecieron a partir de la segunda fase. Kempes anotó dos a Polonia, dos a Perú y dos a Holanda. Paolo Rossi marcó tres a Brasil, dos a Polonia y uno a Alemania.
Después se disputaron diez mundiales más, pero nadie volvió a conseguir la gloriosa trilogía de ser campeón, goleador y mejor jugador. De esos diez mundiales anteriores se conoce al goleador, pero no a la estrella máxima, y la nota plantea la pregunta de quiénes fueron.
En 1930 sobresale la figura del Mariscal José Nasazzi, descrito como el más grande capitán de la historia, comparable con Alejandro Magno en el fútbol. Se remarca que tuvo una influencia decisiva en aquel torneo primerizo, como guía espiritual que infundía respeto, confianza y valor.
A su liderazgo se sumó su paso invicto: campeón sin derrotas en los dos Juegos Olímpicos en los que participó (1924 y 1928), campeón del primer Mundial de Fútbol (1930), el único que disputó, y además cuatro veces vencedor de América (1923-24-26 y 35). Se lo recuerda como zaguero fuerte y veloz, figura cumbre del gran fútbol rioplatense y responsable supremo de la gloria que bañó desde los albores la camiseta uruguaya; jugaba en Bella Vista cuando se coronó en 1930.
Otro nombre local es Giuseppe Meazza, crack y goleador del Inter de Milán, emergente de 1934. Fue considerado uno de los más grandes prodigios italianos, combinando técnica, inteligencia y gol. Se describía como delantero centro de profesión, pero mediapunta por necesidad. Su control se caracterizaba por ser delicado y preciso, lo que le permitía desempeñarse también como creador de juego ofensivo; sin embargo, su talento natural era marcar goles con izquierda o con derecha. A 99 años de su debut, se mantiene como máximo goleador del Inter. Meazza volvió a ser campeón mundial —y ahora capitán— en 1938, aunque en Francia quedó la sensación de que la luminaria de esa copa fue Leónidas, el brasileño, que incluso no llegó a jugar la final. El crack de Flamengo se quedó con el título de goleador y se lo asocia con la “bicicleta”, conocida en otros países como chilena.
En 1950, las crónicas destacan a Zizinho y lo describen como “posiblemente” el mejor jugador de aquella edición mundialista, aun cuando no se trataba de un campeón. La nota marca un criterio: un jugador que no fue campeón ni goleador, que perdió una final ignominiosa como la de Brasil en esa ocasión y que no anotó en ese partido crucial no puede ser elegido “el mejor del mundial”. Por ese motivo, el título le corresponde a Juan Alberto Schiaffino: estratega uruguayo, jugador fino y contundente, autor del gol del empate en el célebre Maracanazo.
Helmut Rahn, el tanque goleador de Alemania, aparece como el factótum esencial del Milagro de Berna en 1954, el golpe que dio Alemania en la final ante la célebre Hungría de Puskas. Se resalta su capacidad goleadora en el duelo definitorio, con dos golazos, y se lo compara con un delantero similar a Kempes por potencia, disparo y gol. Se lo describe como un indomable que contagiaba a compañeros y achicaba rivales, y que metía los goles cuando había que meterlos. En Alemania, se afirma que no hay dudas: Rahn fue el héroe de la victoria.
En 1958, Pelé no dejó dudas: comenzó como suplente, pero se impuso por calidad. Con solo 17 años mostró toda su clase y además marcó seis goles, todos importantes. Fue el centro de la admiración mundial y, en ese momento, la prensa francesa le dio el apodo de O Rei, con el que lo acompañaría de por vida.
Lesionado el genio en 1962 —solo pudo jugar un partido y marcar un gol—, en Chile 1962 tomó la posta Garrincha. La nota recuerda que el fútbol internacional ya conocía en 1958 su habilidad, su potencia y su gambeta impredecible, aunque aun así no pudieron con él. Se afirma que Garrincha se hizo cargo de llevar a Brasil hacia el título: fenomenal, genio, y que nadie dudaba de que fue “el mundial de Garrincha”.
Tampoco en 1966 hubo dudas: Bobby Charlton, que ya había descollado en 1962. En cuatro años después, el Mundial de Inglaterra confirmó su condición de superclase internacional. Marcó los dos tantos del 2-1 a Portugal para llevar a su selección a la final. Se subraya una característica asociada a Messi: daba muchos pases gol y también anotaba seguido. Se mencionan, además, dos aspectos: como Leo, arrancaba muy de atrás, desde el medio campo, con una gambeta larga y elegante, yendo en eslalon, cambiando la dirección en carrera, siempre erguido. Se lo describe como uno de los ambidiestros más célebres: llevaba la pelota con la izquierda, pero sacaba cañonazos teledirigidos con la diestra. Se recuerda un gol ante México en el Mundial 66 que estremeció a Wembley: arrancó cinco o seis metros detrás del círculo central, avanzó amagando para crearse espacio y, ocho metros antes de llegar al área rival, sacó su bomba de derecha.
En 1970, la nota sostiene que Pelé hubiese ganado su segundo Balón de Oro, por sus goles, su calidad de monstruo sagrado, por ser goleador y, ahora, conductor. Se lo vincula con su inolvidable gol de cabeza en la final ante Italia, el pase magistral a Carlos Alberto en la última conquista, su aura, el impacto en los rivales y la confianza que transmitía a sus compañeros, y su técnica excepcional.
En 1974, en cambio, se plantea que lo hubiese ganado Beckenbauer. Se describe el cruce del 7 de julio de 1974 entre Johan Cruyff y Beckenbauer para dirimir el título mundial, como un juego de ajedrez: se afirma que ganó el segundo por mayor inteligencia para diseñar la batalla y por ponerse al frente de su tropa. Se lo retrata como uno de los futbolistas más elegantes de la historia, que pasaba por el costado de los rivales casi ignorándolos.
Se destaca su personalidad colosal y su dominio mental del escenario: compañeros, rivales, árbitros y público. No gritaba ni hacía demagogia; no iba al choque contra nadie, daba pasos y anticipaba, luego salía jugando. Se lo señala como especialista en el juego aéreo, un tiempista notable del salto y el cabezazo, con un don de mando y tranquilidad bajo toda presión en el área.
La conclusión del texto es que todos esos futbolistas hubiesen ganado el Balón de Oro mundialista de haber existido entonces.
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