Imagen gracias a: El País (América)
Crítica al parón de selecciones: el fútbol se queda sin su “sonido”
Tres semanas sin saber nada del equipo: el parón de selecciones detiene el ritmo de la Liga y deja un vacío que contrasta con la inmortalidad que, para el aficionado, solo aportan los goles.
Hace tres semanas que el protagonista asegura no saber quién es. El 20 de septiembre, tras el pitido final del árbitro, llegó también el final de la Liga “hasta nueva orden”, y desde entonces comenzó lo que describe como un vacío. Durante este tiempo ha seguido una rutina marcada por la monotonía de los actos cotidianos que se consideran correctos: trabajar, comer y dormir, sin que eso le permita estar bien ni mal.
El texto plantea que la monotonía funciona como un arnés para un funambulista: da seguridad para no caer, pero no enseña nada sobre uno mismo. En esa idea, la verdadera razón de ser aparece solo en la posibilidad de caer al vacío. Mientras el mundo exterior avanzaba con rapidez —menciona Maricarmen, Sol, decretos, elecciones, huelga general y, nuevamente, Maricarmen esta vez muerta—, en paralelo el protagonista afirma que hace tres semanas no tiene noticias de su equipo. Incluso dice que ya no recuerda el resultado del último partido ni si se jugó en casa o a domicilio.
En su reflexión, sostiene que ha vivido con un “arnés impuesto” por el calendario de la FIFA y que se siente desahuciado a la fuerza de lo que más le importa: la victoria o la derrota de sus jugadores, a quienes presenta como algo propio. Para él, la inmortalidad que le proporciona el fútbol existe en los momentos en los que el tiempo se detiene, y esos instantes son los goles de tu equipo. A su juicio, buscar una vida para volverse inmortal una vez muerto es una farsa.
El artículo sitúa además un punto de quiebre: para él, el parón de selecciones pierde la gracia poco después de que termine el desfile de los jugadores franceses a su llegada a Clairefontaine. Desde ese momento, describe que todo se vuelve vacío. También afirma que ha intentado sumarse a la prioridad nacional de la Selección española, pero no le encaja, y llega a la conclusión de que una pachanga entre los suplentes de su equipo en el metaverso le importa más que casi cualquier partido de La Roja. Aclara que no se trata de antipatriotismo ni de animadversión hacia la bandera, sino de que elegir un equipo es una decisión personal, casi espiritual, que nace de las propias entrañas y no de una imposición por el lugar de nacimiento.
El texto compara el parón con un guitarrista al que le silencian las cuerdas: la emoción no está en el movimiento, sino en el sonido que produce. Defiende que en el fútbol la emoción va de dentro hacia fuera, y que la felicidad o la tristeza, el fracaso o la gloria, parten de lo que un día se eligió ser. Sostiene que la UEFA y la FIFA ofrecen partidos en cantidad, pero que muchos quedan vacíos y no llegan a emocionar. En esa metáfora, las cuerdas siguen moviéndose, aunque quedan mudas.
Como parte de su crítica, menciona a Aleksander Ceferin y a Gianni Infantino, a quienes acusa de inventar cada año nuevas competiciones de las que incluso los jugadores que las disputan no saben el nombre. Para el protagonista, la travesía por el desierto del parón de selecciones se alarga cada vez más y se vuelve más insufrible, hasta el punto de que ahora da tiempo a jugar dos veces contra el mismo equipo.
El artículo concluye con una idea general: aunque el fútbol “no sirve para nada”, la banda sonora que lo acompaña desde siempre continúa sonando en el salón de la vida. Describe al equipo como la monotonía interrumpida y como la ilusión de quitarse el arnés para abandonar la posibilidad de caer al vacío o conquistar de nuevo la inmortalidad con los suyos. En los goles, según el texto, tanto el aficionado como quienes marcan “creen saber quiénes son”. Finalmente, afirma que todo eso y más es lo que les roba el parón de selecciones, con tres semanas encadenadas dentro de un ciclo marcado por Ceferin e Infantino.
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