Canallas y Balón de Oro: lo que pedimos a Lamine y Mbappé

Imagen gracias a: El País (América)

Canallas y Balón de Oro: lo que pedimos a Lamine y Mbappé

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El debate sobre el Balón de Oro, en lugar de centrarse en lo que hacen Lamine y Mbappé, refleja sobre todo lo que la afición española espera de ellos: ganar, callar y alinearse con las causas. La reflexión incluye la imagen de Mbappé y la idea de que, al final, el premio no ofrece tanta justicia como se pretende.

Quizá haya llegado el momento de dejar de exigir justicia al Balón de Oro y replantear el origen del conflicto. No sería tanto que Lamine o Mbappé deseen ese balón, sino lo que nosotros queremos que representen y hagan a partir de ahí.

No es intención negar a Mbappé el derecho a reclamar la condición de mejor futbolista de la temporada, especialmente si se tiene en cuenta que no existe una “corona” como tal: es un balón colocado sobre un soporte que se asemeja a una laxe. Y con Lamine Yamal la idea se refuerza todavía más, porque defiende los colores de mi equipo y logró algo considerado inédito por quienes miran el fútbol con atención: que mi padre se comprase una camiseta de la selección española y la luciera con orgullo durante todo el verano, mientras cuidaba los tomates de su huerta.

Hacen bien en pedir. De la misma manera, también sería lógico reclamar explicaciones sobre el significado de la palabra laxe. En gallego, se trata de una piedra más o menos grande, más o menos plana, más o menos lisa, que sobresale del terreno, aunque no demasiado; incluso a veces ni siquiera sobresale. Quién sabe si la laxe y su galleguismo extremo terminan explicando mejor el Balón de Oro que la propia pelota y el oro que la acompaña.

Es improbable que un trofeo individual que nunca ganaremos nos importe tanto como parece. Al menos, en el caso de los españoles, el interés por medir méritos y, peor aún, por señalar deméritos, consume tiempo y esfuerzo. Para aliviar esa intensidad, conviene recordar que se trata de un premio con carácter internacional, en el que votan personas de los cinco continentes. Si lo entregáramos nosotros en exclusiva, el galardón sería, como mínimo, tan malo como antipático, como si fuese un premio “canalla”.

“Todos somos canallas”, me pareció leer en la camiseta con la que Mbappé saltó al campo del Elche este martes. Iba tan plegada sobre el abdomen que no fue difícil interpretar lo de canallas allí donde decía caballas. En su derecho está, por cierto, y no debería haber reproche por no dejarse manipular por esta o aquella asociación de empresarios.

También conviene recordar cuándo empezó a tomarse el Balón de Oro con tanta seriedad, casi como si fuera un asunto de Estado en un país que solo reconoce a los clubes como “estado” en territorio ajeno. Una hipótesis es que el proceso arrancó con la comparación imposible entre Messi y Cristiano Ronaldo: un debate ficticio que aquí se alimentaba con gusto mientras el resto del planeta se entretenía comparando a Messi con Maradona.

Casi de forma inmediata, el premio al mejor futbolista del mundo se convirtió en una afrenta, un insulto a la inteligencia, hasta el punto de que media España se revolvió incómoda cuando tres futbolistas del Barça compartieron el podio en París. “¡Se lo merecía Xavi!”, se escuchó con furia, pese a que previamente se había defendido con la misma energía a Iker Casillas y Arjen Robben. Y cuando el trofeo acababa en manos de Cristiano Ronaldo, Modric o Benzema, la réplica llegaba casi al instante desde la otra mitad: “Debería ganarlo Messi todos los años, para eso es el mejor”.

Quizá haya llegado el momento de dejar de buscar justicia en el Balón de Oro: ni siquiera quienes lo organizan se atreven a prometerla. Y repetirnos que el problema no es que Lamine o Mbappé quieran el dichoso balón, sino lo que nosotros queremos de ellos. Que ganen sin presumir, que pierdan sin protestar y, si llega el caso, que se sumen a nuestras causas sin preguntar quién queda fuera de la pancarta. Aunque la causa sea Ceuta y en la fotografía no aparezcan quienes se juegan la vida por llegar a ella. Para repartir coronas ya estamos los demás, y para decidir quiénes son héroes y quiénes canallas, también. Como si debajo de tanto oro no terminase apareciendo siempre una laxe.

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