
Imagen gracias a: El País (América)
Burela celebra el España-Cabo Verde con una fiesta afrogallega por su comunidad caboverdiana
El municipio de Lugo, que alberga tras Madrid la mayor comunidad caboverdiana de España, organizará actividades con motivo del primer partido del Mundial de Fútbol de las selecciones española y caboverdiana.
La caboverdiana Antonina Semedo llegó a Burela (Lugo) a finales de los setenta y aún recuerda la curiosidad de algunos niños, que la tocaban para comprobar si su piel manchaba. Con el paso del tiempo, aquel pequeño municipio marinero ha ido convirtiéndose en un referente de multiculturalidad en Galicia: conviven más de 50 nacionalidades y, por circunstancias históricas, los oriundos de Cabo Verde son hoy mayoría.
El 15 de junio, Burela vivirá una jornada especial coincidiendo con el Mundial de Fútbol. Las selecciones española y caboverdiana disputarán su primer partido en la competición, y será además la primera vez en la historia que el combinado del archipiélago africano logra participar en el torneo. El encuentro del estadio de Atlanta se replicará en Burela con una gran fiesta afrogallega.
El festival De Cabo a Cabo tomará el municipio durante el día del partido del Mundial. El programa incluye una retransmisión en pantalla gigante, música con Baiuca como estrella, fútbol playa y 3x3, además de una instalación artística de Alicia Alonso que engalanará distintos espacios con redes de pesca y tejidos de Cabo Verde. Anxo R. Ferreira, músico y organizador de esta cita sin ánimo de lucro junto al Ayuntamiento y la Diputación, subraya que “Diversión y diversidad tienen la misma raíz etimológica”. Ferreira, guitarrista de la desaparecida banda Novedades Carminha, destaca que el objetivo de la iniciativa es “fomentar y levantar debate sobre la riqueza inmaterial de la multiculturalidad en el territorio y las sociedades”, y define Burela como “un caso excepcional y de estudio” para reflexionar sobre el fenómeno de las migraciones.
La historia migratoria de la zona se remonta a la construcción de la planta de Alcoa en San Cibrao. Cuando la fábrica de aluminio empezó a funcionar, los empleos mejor pagados quedaron en manos de los locales, mientras que los trabajadores inmigrantes fueron cubriendo vacantes en las tripulaciones de los barcos pesqueros, otro pilar de la economía comarcal. En un primer momento llegaron sobre todo hombres, pero pronto se incorporaron sus esposas y las familias crecieron gracias al boca a boca. Hoy, la cuarta generación de esta diáspora africana inicia sus pasos en Burela, donde, en proporción a la población, existe la mayor comunidad caboverdiana de España después de la de Madrid.
Según la Concejalía de Inmigración, casi 500 personas figuran en el censo de extranjeros, pero sumando descendientes la cifra ronda el millar en una localidad que no alcanza los 10.000 habitantes. Antonina, que se ha ganado el sustento recolectando algas y erizos, plantando eucaliptos, limpiando el chapapote del Prestige y cuidando a mayores, afirma que los caboverdianos que llegan “no quieren marchar de lo bien que están”. Explica que, cuando ella llegó, “todo el mundo abrió los brazos” pese a que entonces sus nuevos vecinos no sabían que existía un país llamado Cabo Verde.
Sin embargo, su testimonio llega en medio de un episodio reciente: en la tumba de su esposo apareció una pintada de “fóra, fóra” (“fuera, fuera”). El ataque provocó una concentración en Burela contra el racismo. “Por lo que haga uno no voy a acusar a todos”, defiende Antonina.
En el municipio, Antonina es una figura muy conocida. Su rostro protagoniza un mural junto con el grupo Batuko Tabanka, una formación de música caboverdiana nacida en 1999. Sobre la convivencia, su postura es directa: “No hace falta mucho, solo aceptar a la gente. Nosotros no vinimos a robar nada, porque nuestros trabajos son los peores”. Aun así, Bernardo Penabade, profesor de Secundaria ya jubilado, señala que en Burela no hay “conflictividad civil”, pero tampoco igualdad de oportunidades. Penabade, que eligió destino en las aulas atraído por la “interesante interculturalidad”, impulsó desde 1990 actividades y acciones de integración en el instituto.
El profesor apunta que, aunque la educación y el Ayuntamiento han realizado un trabajo relevante, es insuficiente. Sostiene que una familia caboverdiana que quiera ofrecer a sus hijos una educación integral lo tiene peor ahora que hace 20 años, y propone reforzar la cohesión interna y la inclusión recuperando “conquistas” de los primeros en llegar que se han perdido, como un centro social que ya no existe. También considera necesaria una entidad mutualista para asistir a quienes sufren la precariedad laboral y un servicio municipal de mediación que ayude a los escolares a avanzar en sus estudios.
La antropóloga Luzia Oca, que ha estudiado el fenómeno, considera que la integración plena entre burelenses de origen caboverdiano y gallego es “un mito” explotado política y mediáticamente. Relata que, cuando llegó al municipio, detectó brechas como mujeres que trabajaban sin contrato, niños apátridas y fracaso escolar. Aun reconociendo avances logrados a través de sus actuaciones, advierte que las diferencias que perjudican a la comunidad caboverdiana persisten y echa en falta una estructura asociativa que luche por la igualdad de oportunidades. “El racismo existe aquí como en cualquier sitio, porque es estructural en la sociedad. Sin embargo, en Burela es un tabú. Mientras los inmigrantes estén en el lugar que les otorga la sociedad, se dice que todo está bien”, sostiene Oca.
Artemisa Semedo, socióloga, poeta y actriz de origen caboverdiano que llegó a Burela siendo una niña, interpreta lo ocurrido a Antonina como una demostración de que la lucha contra la discriminación y el racismo no puede detenerse. Al mismo tiempo, destaca un avance en la “diversificación de empleos”: gracias al “esfuerzo” de quienes llegaron y a la “voluntad” de sus descendientes por estudiar, hoy hay trabajadores de sangre caboverdiana en la docencia, en la enfermería y en talleres mecánicos. “La influencia caboverdiana en el desarrollo de Burela es innegable”, concluye.
De cara al partido del Mundial, Antonina asegura que tendrá el “corazón dividido”: se siente de “allá y de acá”. En estos años, la mezcla entre Cabo Verde y Galicia ha echado raíces en Burela, incluso en los huertos. Las mujeres caboverdianas han probado semillas traídas del archipiélago africano y, al decepcionarse con el sabor del boniato del supermercado, lo han plantado en suelo gallego. Antonina remata con una idea clara: el boniato plantado en Galicia “sí sabe como el de su otro país”.
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